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1 de Mayo de 2019
Historia de la biología

Entre Darwin y Huxley

Sobre cómo fue recibida la teoría de la evolución de las especies.

THOMAS HENRY HUXLEY (1825-1895). Fotografía de W. & D. Downey. [COLECCIÓN WELLCOME/CC BY 4.0 (creativecommons.org/licenses/by/4.0/legalcode.es)]

Para comprender cabalmente el desarrollo de la ciencia es preciso ahondar en diferentes apartados. Hay que ocuparse, por supuesto, de los científicos que participaron en el asunto del que se trate y de cuáles fueron sus aportaciones, teóricas o experimentales (en cuyo caso habrá que estudiar los instrumentos que utilizaron). También hay que fijarse en cómo llegaron a ellas, lo que conlleva indagar en la historia anterior, esto es, en sus precursores —si los hubo— y en los investigadores de su tiempo con los que se relacionaban. Es necesario, asimismo, reparar en las instituciones a las que estuvieron vinculados. Y, dado que las aportaciones dependen también del modo en que son recibidas, no se debe pasar por alto la acogida que tuvieron.

Por sus implicaciones sociales y religiosas, un caso particularmente interesante en ese sentido es el del libro (puesto a la venta el 24 de noviembre de 1859) en el que Charles Darwin presentó su teoría de la evolución de las especies: On the origin of species by means of natural selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life («Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de especies favorecidas en la lucha por la vida»).

La aparición de esta obra suscitó de inmediato grandes pasiones, en las que los argumentos científicos se mezclaban con consideraciones de índole religiosa o, incluso, política. Abundan los ejemplos y los protagonistas de tales discusiones tempranas. Entre los principales opositores recordaré a Richard Owen, especialista en anatomía comparada que había ayudado a Darwin en la clasificación de los fósiles que trajo de su viaje de cinco años en el Beagle; el zoólogo y geólogo suizo afincado en Estados Unidos Louis Agassiz, y dos viejos conocidos de Darwin: el geólogo Adam Sedgwick, que fue profesor suyo en Cambridge, y Robert FitzRoy, el capitán del Beagle. Aunque se esgrimían razones científicas, con frecuencia se insistía en (o subyacían con fuerza) los argumentos teológico-religiosos.

Pero hubo un acontecimiento particularmente notorio: el célebre, casi mítico, debate que tuvo lugar en Oxford el sábado 30 de junio de 1860, durante una de las sesiones de la reunión anual, a la que asistían siempre cientos de personas, científicos al igual que ciudadanos interesados en la ciencia, de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia. (Esta organización había sido establecida en 1831 siguiendo el modelo de la Sociedad Alemana de Ciencias Naturales y Medicina, fundada en 1822 en Leipzig a instancias sobre todo del biólogo Lorenz Oken. Más tarde llegaron otras similares, como la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en 1848, la Sociedad Italiana para el Progreso de la Ciencia en 1907 y la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en 1908.) En aquella ocasión se enfrentaron el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce (1805-1873), y Thomas Henry Huxley (1825-1895).

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