Cuando empieces a escuchar, el cosmos te hablará

Otra manera de contemplar la búsqueda de vida extraterrestre.

La guía del zoólogo galáctico. Arik Kershenbaum

 

LA GUÍA DEL ZOÓLOGO GALÁCTICO
LO QUE LA FAUNA TERRESTRE REVELA SOBRE LA VIDA EXTRATERRESTRE
Arik Kershenbaum
Debate, 2021
368 págs.

Las fábulas de Esopo presentan antagonismos y conflictos entre sus personajes. Se trata de animales con la capacidad de hablar y que se ven implicados en situaciones apuradas de las que se destila alguna moraleja. Entroncando con esta tradición clásica, con eslabones intermedios como La Fontaine o Samaniego, más de 2000 años después Rudyard Kipling planteó a Mowgli una máxima universal en El libro de la selva (1894): cuando empieces a escuchar, la selva te hablará.

En la actualidad, biólogos, físicos, ingenieros y lingüistas escudriñan la naturaleza intentando comprender los sistemas de comunicación que se desparraman en la biosfera. La vida se comunica masivamente en la Tierra, pero apenas entendemos un ápice de lo que se transmiten entre sí el resto de las especies con las que cohabitamos. La destrucción de ecosistemas implica una irreparable pérdida de biodiversidad. Siendo egoístas, desaparecen remedios naturales a las patologías que aquejan a la humanidad. Pero también organismos cuyos ignotos sistemas de comunicación podrían tener la clave para crear vida sintética o, también, para descifrar una potencial señal inteligente de origen extraterrestre.

Como niños salvajes abandonados en la selva cósmica, justo ahora hemos empezado a escuchar. En este contexto, La guía del zoólogo galáctico, de Arik Kershenbaum, intenta inferir cómo podrían ser las formas de vida extraterrestre partiendo de las características fundamentales de los seres vivos que conocemos.

Siguiendo la aproximación biosemiótica de Jakob Von Uexküll [véase «Los signos y el significado en la naturaleza», por Jon Umerez; Investigación y Ciencia, septiembre de 2021], Kershenbaum, zoólogo de la Universidad de Cambridge, ahonda en la comprensión de la Umwelt, de cómo el entorno biofísico configura los rasgos de los seres vivos y de cómo estos se relacionan en sus respectivos ecosistemas. Porque de la observación de la vida terrestre y de la aplicación de las leyes naturales emerge un universo de posibilidades exobiológicas de base científica.

El subtítulo de la obra, «lo que la fauna terrestre revela sobre la vida extraterrestre», es delimitador. Como zoólogo experto en comunicación animal, Kershenbaum propone una perspectiva zoocéntrica con la que huir del lastre del antropocentrismo, para así especular sobre la vida extraterrestre con desparpajo, conocimiento y todo el rigor que permite la prosa divulgativa. Abandona otros terrenos, como la comunicación de las plantas o el análisis de señales microbiológicas, los cuales hubiesen resultado inabordables en pocas páginas por más que a priori fuesen sugerentes y fructíferos para la reflexión. Y quizá lo hace porque, en el fondo de su ser, lo que Kershenbaum busca es cómo detectar vida inteligente fuera de la Tierra, tal y como demuestra su pertenencia al grupo de expertos en comunicación extraterrestre del proyecto METI (Envío de Mensajes a Inteligencia Extraterrestre).

Si algunas de las breves fábulas de Esopo tenían por objeto explicar el origen de algún fenómeno natural, como la existencia de seres voladores sin plumas (caso del murciélago, que sorprendía en la Antigüedad), Kershenbaum realiza también en su Guía una progresión etiológica ordenada, evolutiva, de los rasgos definitorios de la vida. No es baladí que empiece dedicando un capítulo al debate forma-función, que sugiere ecos a obras como La rebelión de las formas de Jorge Wagensberg (Tusquets, 2004), para progresar indagando en la distinción entre la vida animal y la extraterrestre. Se replantean luego las nociones de movimiento e inteligencia social, esenciales en la complejidad de la vida.

Aunque las elucubraciones sobre civilizaciones alienígenas se vienen dando desde la ruptura del geocentrismo que supuso el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo de Galileo, los múltiples descubrimientos de exoplanetas en los últimos años han destapado la fiebre astrobiológica y han vuelto a poner de moda la célebre paradoja de Fermi: si los extraterrestres existen, ¿dónde están?

Más allá de los cálculos estadísticos de la ecuación de Drake y sus variaciones, aumentar la probabilidad de detectar una señal proveniente de una civilización alienígena implica comprender muy bien las leyes lingüísticas y su base matemática [véase «Hacia una teoría matemática de la comunicación», por Antoni Hernández-Fernández; Investigación y Ciencia, abril de 2021], algo que Kershenbaum apunta en dos capítulos dedicados a la información y al lenguaje. Muy consciente de que para entender lo alienígena necesita liberarse de lo humano, Kershenbaum arriesga en los capítulos finales atacando el problema de la inteligencia artificial y el concepto de humanidad; es decir, qué significa ser humano. Todo un reto.

Kershenbaum ha escrito un volumen único y actualizado, divertido pero científicamente serio, que los lectores en español disfrutarán. Complementa perfectamente a obras generalistas anteriores como Astrobiología: Un puente entre el Big Bang y la vida, de Bartolo Luque, Fernando Ballesteros, Álvaro Márquez, María González, Aida Agea y Luisa Lara (Akal, 2009); al compendio más técnico que recientemente coordinó Andrea Butturini en (In)habitabilidad planetaria: Fundamentos de astrogeobiología (Marcombo, 2020); y también a Gramáticas extraterrestres, de Fernando Ballesteros (Publicacions de la Universitat de València, 2008), un libro ameno que trata específicamente la comunicación con civilizaciones interestelares.

Si hay dos características definitorias de la especie humana son el lenguaje y la tecnología. La Guía de Kershenbaum no puede con todo: se centra en la biología y descarta la tecnología, que menciona solo de pasada. No obstante, ¿no es la tecnología un rasgo esencial para una civilización que pretenda comunicarse a través del cosmos? ¿A los requisitos tecnológicos no se añade la necesidad previa del desarrollo de la ciencia? Las prototecnologías de otros primates, o el uso de elementos naturales como herramientas por parte de córvidos, cetáceos y otras especies distan mucho de la tecnología humana. El salto tecnológico humano se hace evidente con solo mirar a nuestro alrededor. ¿Cómo sería entonces una Guía del tecnólogo galáctico? ¿Nos unirá la tecnología a otras civilizaciones, más allá del lenguaje? Un capítulo sobre tecnología en el mundo animal hubiese sido la guinda del pastel de esta fabulosa Guía.

Si la ciencia ficción de Poul Anderson en El avatar (1978) ya nos había imbuido, por ejemplo, de cómo se sienten y viven un abedul, una oruga, un salmón o un cuervo, las revelaciones del zoológico de Kershenbaum sobrepasan la narrativa fantástica y anidan en la imaginación científica del lector. Estimulan los sueños a la luz de los hallazgos y liberan nuestros sentidos para, al final, descubrir que nosotros también somos capaces de escuchar al cosmos. Lejos y dentro.

Quizás antes de otear la lontananza estelar y de analizar espectrográficamente las señales químicas en las atmósferas de distantes exoplanetas, debamos esforzarnos más en salvaguardar la vida próxima y entender sus reglas. Elucubremos cómo será la vida de otros mundos mientras los observamos con nuestros potentes telescopios. Restemos alerta a las señales que captan los radiotelescopios. Pero preservemos los ecosistemas terrestres que pueden albergar las llaves de la astrobiología y la respuesta a la eterna pregunta de si estamos solos en el universo. En la Tierra no lo estamos.

La selva le ha hablado a Kershenbaum durante muchos años, y él ha tenido la deferencia de traducírnoslo ahora, de manera deliciosa, en esta Guía. Aprovechemos el regalo del libro, del árbol del que vino y de nuestro planeta.

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