El cerebro eléctrico

La estimulación del tejido cerebral mediante electrodos revela la topografía de la experiencia consciente.

ZARA PICKEN

En síntesis

La estimulación cerebral intracraneal mediante impulsos eléctricos es una herramienta útil en neurocirugía y para tratar ciertas dolencias.

También ha servido para identificar las áreas de la corteza cerebral implicadas en la percepción consciente, que no coinciden con las que procesan el pensamiento y otras funciones cognitivas superiores.

Esos hallazgos se están poniendo en práctica en «interfaces cerebro-máquina» que podrían ayudar a pacientes con deficiencias visuales a percibir la luz o a aquellos con discapacidades físicas a desarrollar acciones con la mente.

 

Considere las siguientes experiencias:

— Se dirige usted hacia una tormenta situada a un par de kilómetros y debe atravesar una colina. Se pregunta: «¿Cómo voy a lograrlo, a pasar por ahí?».

— Usted ve unos puntitos blancos sobre un fondo negro, como si estuviera contemplando las estrellas.

— Desde lo alto, se observa a sí mismo tumbado en la cama, pero solo advierte sus piernas y la parte inferior del tronco.

Podrían parecer sucesos idiosincrásicos extraídos del vasto universo de percepciones, sensaciones, recuerdos, pensamientos y sueños que conforman el flujo diario de nuestra consciencia. En realidad, cada una de esas experiencias se provocó mediante la estimulación directa del cerebro con un electrodo. Tal y como intuyó Walt Whitman en su poema «Yo canto al cuerpo eléctrico», tales anécdotas ilustran la íntima relación que existe entre el cuerpo y el alma que lo anima. El cerebro y la mente consciente están ligados tan inexorablemente como las dos caras de una moneda.

Los ensayos clínicos recientes han desvelado algunas de las leyes y regularidades de la actividad consciente, en ocasiones paradójicas. Esos trabajos muestran que las áreas cerebrales implicadas en la percepción consciente apenas guardan relación con el pensamiento, la planificación y otras funciones cognitivas superiores. Los neuroingenieros tratan de convertir estos hallazgos en dispositivos que suplan la pérdida de funciones cognitivas o, en un futuro más lejano, que potencien nuestra capacidad sensorial, cognitiva o memorística. Así, una reciente interfaz cerebro-máquina confiere a las personas con ceguera total cierta capacidad de percibir la luz. Sin embargo, estas herramientas también revelan la dificultad de restablecer por completo la vista o el oído. Y subrayan los obstáculos que complican el desarrollo de artefactos futuristas para acceder al cerebro como si fuese un disco duro.

Electricidad animal

Los sistemas nerviosos se basan en corrientes eléctricas que recorren redes ultradensas e hiperconectadas de elementos conmutadores. Multitud de médicos y científicos han analizado este problema en los últimos dos siglos y medio, empezando por el médico italiano Luigi Galvani, que a finales del siglo XVIII conectó una rana recién muerta a un largo cable metálico. Al dirigir el cable hacia el cielo durante una tormenta, logró que la pata del anfibio saltara y se contrajera con cada relámpago. Las investigaciones de Galvani revelaron que las fibras nerviosas transmitían «electricidad animal», idéntica a la «electricidad atmosférica» que descubrió Benjamin Franklin en 1752 en sus experimentos con cometas. En 1802, el sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, estimuló electricamente el cerebro expuesto de un prisionero decapitado durante un acto público. Su mandíbula tembló y uno de sus ojos se abrió. Ese espectáculo pudo inspirar a Mary Shelley a escribir Frankenstein.

Los estudios posteriores en animales demostraron que excitar determinadas regiones cerebrales provocaba movimientos en músculos y miembros concretos. Esas investigaciones condujeron al descubrimiento de la corteza motora en la década de 1870. En 1874, el médico estadounidense Robert Bartholow llevó a cabo la primera estimulación directa del cerebro en una persona consciente. Este acto pionero se vio empañado por la controversia ética, puesto que causó dolor a la paciente y seguramente aceleró su muerte. La estimulación eléctrica intracraneal (EEI) se perfeccionó durante los siguientes decenios. Y pasó a formar parte de las herramientas de los neurocirujanos gracias al trabajo pionero de Wilder Penfield, del Instituto Neurológico de Montreal, quien entre las décadas de 1930 y 1950 usó la EEI para cartografiar las áreas corticales que procesan las funciones motoras o sensoriales.

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