Galileo en tiempos de epidemia

La gran peste que azotó Italia en 1632 obligó a Galileo a reorganizar su trabajo y relaciones familiares.

TIM O'BRIEN

El nuevo coronavirus ha trastocado nuestra vida en los últimos meses y nos ha obligado a trabajar de modos completamente distintos. Para los científicos, uno de los precedentes más conocidos de productividad durante una epidemia es el de Isaac Newton: pasó el «año milagroso» de 1666 en la campiña inglesa, evitando la peste y desarrollando sus ideas sobre la gravedad, la óptica y el cálculo infinitesimal. Sin embargo, el aislamiento y la contemplación, que están al alcance de pocos, son solo una de las maneras posibles de reaccionar ante una epidemia. El astrónomo, físico y matemático Galileo Galilei, que convirtió el telescopio en un instrumento científico y puso los cimientos de la nueva física del movimiento, nos sugiere un modo más asequible de hacer ciencia en tiempos de crisis. No en vano algunos de los episodios más turbulentos de su vida tuvieron lugar durante la gran peste.

Nacido en 1564, Galileo vivió en Florencia la epidemia de peste de 1575–1577, que arrasó el norte de Italia y acabó con la vida de un tercio de la población de Venecia, cerca de 50.000 personas. Es muy probable que a partir de 1571, como estudiante de medicina en Pisa, aprendiera más cosas sobre la enfermedad. Pese a que, en contra de los deseos de su padre, abandonó la medicina por las matemáticas y la astronomía, no dejó de leer y discutir sobre la peste.

En 1592, Galileo obtuvo una plaza de prestigio en la Universidad de Padua y en 1610 publicó Sidereus nuncius («El mensajero sideral»). El pequeño volumen anunciaba los descubrimientos que había realizado con el telescopio: un raudal de estrellas nunca antes vistas; montañas que se alzaban sobre la superficie de la Luna; y, sobre todo, las nuevas «estrellas mediceas», lunas que orbitaban Júpiter nombradas así en honor de su futuro patrón. Ese mismo año, su amigo Ottavio Brenzoni le envió una copia de su tratado sobre la peste, lo que retrospectivamente nos recuerda que los descubrimientos celestes de Galileo no podían quedar completamente al margen de los acontecimientos terrestres.

La correspondencia de Galileo contiene referencias al brote epidémico que castigó la Toscana en 1630. Su hijo, Vincenzo, que había marchado a un pueblo cerca de Prato dejando su hijo pequeño al cuidado de Galileo, se justificó diciendo que: «si decidí venir aquí fue para salvar mi vida, no para cambiar de aires». Niccolò Aggiunti, discípulo de Galileo y profesor de matemáticas en Pisa que al cerrar la universidad volvió a Florencia con su padre, lamentaba con humor negro su sujeción a la disciplina parental: «Quiero vivir bien, pero él quiere que muera sano. Mientras no muera por la peste, no le importa que muera de hambre». Nuestra experiencia de los últimos meses nos permite empatizar con el mejor amigo de Galileo, el matemático Benedetto Castelli, que en 1631 lamentaba que parecía que «hacía mil años» que no veía a Galileo en Roma.

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