Realidad virtual

La realidad virtual transformará a los ordenadores en prolongación de nuestro cuerpo.

Desde que empezaron a cantarse sus excelencias, mediados los ochenta, la realidad virtual y sus accesorios —cibernautas provistos de protuberantes anteojos y guantes cargados de sensores— han cautivado el interés del público. Empero, las técnicas utilizadas para sumergir a las personas en mundos informáticamente generados van a cambiar de forma radical a lo largo del decenio venidero, y con ellas, el hoy enmascarado cibernauta se tornará en figura tan curiosa e insólita como los primeros exploradores submarinos, con sus pesadas escafandras y sus cascos de bronce.

En la realidad virtual lo importante es lo que se hace, no la forma en que se consiguen sus efectos: permite conducirnos como si nos halláramos donde no estamos. Dicho lugar puede consistir en una ficción computarizada o en la recreación de un ambiente tomado de otro lugar u otro tiempo. La realidad virtual transporta percepciones incidiendo sobre varios sentidos a la vez —la vista, el oído, el tacto— y presentando imágenes que responden en el acto a los movimientos propios. Las técnicas para crear estas ilusiones varían en función del tipo de lugar que se está visitando y de lo que el usuario pretenda hacer mientras se encuentra allí. Por ejemplo, en un simulador de vuelo, podrían ser necesarios actuadores hidráulicos para reproducir los picados o las viradas, mientras que un bioquímico que explorase los enlaces moleculares podría precisar de sensores de posición especialmente finos y de mecanismos para “palpar” las fuerzas interatómicas.

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