Reconsideración del amianto

Hubo tiempos en los que parecía tan inofensivo que se le usaba hasta para lavarse los dientes. Esta singular sustancia intriga al mundo desde hace más de dos mil años.
El futuro del amianto se presenta irremediablemente sombrío. Tras veinte años de terroríficos titulares, esta extraña fibra quizá sea el agente contaminante más temido del mundo. No cabe duda de que su reglamentación y su eliminación son las más costosas. Los gastos paliativos anuales rozan el billón de pesetas, un asombroso dispendio incluso para tiempos de entusiasmo ambientalista como los que vivimos. El sector del amianto se encuentra lógicamente en una situación de gran crisis, que no se hubiera producido si el producto no hubiera sido tan idealizado previamente.
Bajo el nombre de amianto se comprende toda una familia de silicatos, es decir, de materiales constituidos por silicio y oxígeno, que se caracterizan por su estructura fibrosa. Aparentemente favorecido con propiedades tan útiles como la suavidad, la flexibilidad o la resistencia al fuego, se le consideró en tiempos como la seda de un mundo mineral mágico. Durante siglos se han tejido con amianto capas, manteles, telones de teatro y trajes de protección contra incendios. Los aislamientos de amianto no sólo conseguían un ahorro de energía sino que también protegían a los trabajadores de posibles quemaduras. El uso del amianto en las zapatas de freno y en las guarniciones del embrague mejoró la seguridad de los coches de carreras y de los autobuses escolares; también fue muy eficaz en filtros de aire para ventiladores de hospitales, en filtros de cigarrillos y en máscaras antigás militares. No deja de ser chocante que el denostado amianto fuera antes tenido como el paladín de la seguridad humana.

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