El poder de la agroecología

Agricultores de todo el mundo cultivan y comparten alimentos siguiendo métodos que mejoran la nutrición, la calidad de vida y la biodiversidad.

Aldeanos de Bwabwa, en el norte de Malaui, comparten semillas y consejos sobre los cultivos y colaboran en las labores de recolección y de acarreo de la cosecha a casa. [THOKO CHIKONDI]

En síntesis

La agroecología aplica la ecología y las ciencias sociales a la creación de sistemas alimentarios sostenibles que refuerzan la seguridad alimentaria, reportan más ingresos, mejoran la salud y reducen la dependencia de los aportes externos del pequeño agricultor.

El policultivo, la siembra de variedades adaptadas a las condiciones locales y el uso de las leguminosas como fertilizantes destacan como prácticas que garantizan la productividad y dotan de resiliencia a los cultivos, al tiempo que conservan y mejoran el suelo. 

En su vertiente social, la agroecología aboga por la equidad de género e intergeneracional, objetivos que pasan por acabar con la supeditación de la mujer al hombre y por dotarla de mayor autonomía a través de las labores agrícolas, con un reparto más equitativo de las tareas domésticas.

Aunque es la punta de lanza de la batalla contra el hambre, se nos podría perdonar que creyéramos estar viendo un reality culinario en la televisión. En una aldea malauí enclavada a los pies del monte Bwabwa y a orillas de un afluente del Rukuru, un centenar de personas se reúnen en torno a cacerolas y fogones. Los niños se agolpan alrededor de un gran mortero y se ríen con disimulo de los torpes intentos de sus padres, tíos y vecinos por convertir los granos de soja en una bebida. En otro puesto un hombre muestra a un anciano de la aldea que le dobla en edad las virtudes de las rosquillas de boniato. En un tercero, una mujer enseña a un vecino a preparar unas nutritivas gachas con sorgo. La supervisora de todo esto es la organizadora comunitaria Anita Chitaya, dotada de las habilidades de un chef, la energía de una animadora infantil y la determinación de un sargento. Después de ayudar a un grupo a cocinar un bizcocho de mijo, pasa a aconsejar a unos niños, que jamás comerían judías por gusto, cómo convertir con sus manos inquietas un puré de soja y alubias rojas en hamburguesas.

Reina una atmósfera de competencia lúdica. De hecho, es eso, una competición. Al final de la tarde se comparte la comida y se premia la más sabrosa (las rosquillas ganan por goleada) y la que tiene más posibilidades de acabar en el plato diario de la gente (ganan las gachas porque, aunque a casi todos les gusta la comida frita, las rosquillas son laboriosas y el aceite muy caro).

Es el Día de las Recetas en Bwabwa, una aldea del norte de Malaui habitada por unas 800 personas. Estas celebraciones son experimentos sociológicos destinados a reducir la desigualdad doméstica que forman parte de un enfoque multifacético, llamado agroecología, con el que se pretende erradicar el hambre. Según los académicos se trata de una ciencia, una práctica y un movimiento social. La agroecología aplica la ecología y las ciencias sociales a la creación y la gestión de sistemas alimentarios sostenibles y se basa en una decena larga de principios conexos, que van desde la conservación del suelo y de la biodiversidad hasta el fomento de la equidad de género e intergeneracional. Más de ocho millones de colectivos de agricultores en todo el mundo están probándola y han descubierto que, en contraste con las prácticas convencionales, retiene más carbono en el suelo, consume agua con moderación, reduce la dependencia de los insumos externos gracias al reciclaje de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo, y fomenta, en lugar de devastar, la biodiversidad, tanto en el suelo como en los campos. En todos los continentes, la investigación ha demostrado que los agricultores que la aplican consiguen mayor seguridad alimentaria, mayores ingresos, mejor salud y un menor endeudamiento.

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