Prácticas agrícolas basadas en la biodiversidad

La senda de la agroecología puede ayudarnos a superar los numerosos desafíos de orden económico, político, ambiental y cultural a los que se enfrenta hoy la agricultura.

La asociación de leguminosas y cereales (en la foto, alfalfa y trigo) es beneficiosa para ambas plantas gracias al enriquecimiento del suelo y la disminución de las malas hierbas, las enfermedades o el riesgo de erosión, entre otros. Constituye una de las prácticas agroecológicas con las que la agricultura puede dar respuesta a los numerosos desafíos que debe superar a fin de proveer una alimentación de calidad y, al mismo tiempo, reducir su impacto ambiental. [PHILIPPE GUICHARD]

En síntesis

La agricultura a menudo se reduce a un suelo convertido en una matriz que recibe abonos en el que crecen plantas homogéneas. 

La agroecología podría cambiar el panorama gracias a un conjunto de estrategias diversas que favorecen las funciones ecológicas útiles para la mejora de la actividad agrícola. 

En la práctica, consiste en aumentar la heterogeneidad vegetal en los cultivos o en la periferia de las parcelas a fin de aprovechar las complementariedades. 

De esta manera, se apuesta por la energía solar en detrimento de las fósiles y se aprovecha cualquier intervalo, ya sea espacial o temporal.

Hace unos 11.000 años en Oriente Próximo, por primera vez la humanidad dejó de depender poco a poco de la caza, la pesca y la recolección como fuentes de sustento. La llamada revolución neolítica se fundamentó en la domesticación de las plantas y los animales, es decir, en la invención de la agricultura y la ganadería. Desde entonces su razón de ser no ha variado: su propósito sigue siendo alimentar a la humanidad con la producción de biomasa vegetal y animal que se traslada del campo al plato. Para cumplir con esta misión, el primer requisito estriba en disponer de superficies cultivables en las que el ser humano guía, tanto como puede, la producción. Añade abonos para fertilizar los cultivos y ejerce una gran presión sobre la biodiversidad que prima las especies deseadas y combate las tenidas por indeseables, como las malas hierbas, los animales o los microorganismos parasitarios. 

En este control, los agricultores cuentan con dos aliados: los fitosanitarios y la labranza. Ello ha traído consigo el paradigma agrícola del siglo xx, por el cual la parcela cultivada puede o incluso ha de limitarse a un terreno reducido al papel de matriz que recibe abonos y que carece de vida, donde crecen plantas lo más homogéneas posible en cuanto a especies y, a menudo, también en dotación genética. Esta simplificación avala un tratamiento uniforme, mecanizado y a gran escala, apto para obtener la biomasa esperada. Asimismo, viene acompañada de una especialización de las explotaciones y, a menudo, de una modificación del paisaje. En este contexto suelen desaparecer las superficies improductivas que separan las parcelas, como los setos y los márgenes de los campos y los caminos. 

Pero la agricultura es mucho más que una actividad productora de biomasa alimentaria. Desde hace algo menos de treinta años, las expectativas de la sociedad con respecto a este sector han evolucionado mucho y, hoy en día, su gran influencia territorial explica que a sus actores se les haya encomendado, a veces a su pesar, funciones socioeconómicas, ambientales y culturales colectivas: mantenimiento del empleo rural, garantía del bienestar animal, respeto por el territorio, conservación del paisaje, incremento de la biodiversidad local, prevención de la contaminación, almacenamiento de carbono o mejora de la calidad de la alimentación, entre otras.

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