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  • Investigación y Ciencia
  • Junio 2018Nº 501

Medicina

El árbol del cáncer

Estudios evolutivos señalan que los cambios genéticos que activan el desarrollo del cáncer surgen mucho antes de lo esperado en el tumor primario. Este hallazgo abre un nuevo y alentador enfoque para el tratamiento.

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Hace tiempo que los biólogos estudian los genes con el fin de desentrañar las ramificaciones del árbol de la vida, del que forman parte todos los seres vivos, sean titíes o microbios. Una hoja de este vasto árbol ancestral, que brota entre los grandes simios, es el Homo sapiens. Cada individuo de la especie humana es una miríada de células que colaboran para modelar nuestro cuerpo.

En condiciones normales todas las células se atienen a un pacto, forjado hace más de 600 millones de años tras innumerables pruebas y errores en las primeras formas de vida pluricelular. En virtud del mismo, para que puedan vivir juntas deben observar unas reglas básicas: reparar su ADN cuando resulte dañado, prestar atención a las vecinas para ver si se dividen y permanecer en el tejido que les corresponde. Por lo común, las mutaciones que inducen a infringir esas limitaciones y a proliferar y diseminarse sin tregua —las señas distintivas del cáncer— se extinguen mediante la muerte controlada. Las células mutadas detectan sus propios problemas y se autodestruyen o son destruidas por el sistema inmunitario antes de que causen ningún daño.

En ocasiones, empero, las mutaciones se acumulan y el sistema de vigilancia celular no puede actuar contra ellas, con lo que aparecen tumores, que se extienden. En su interior brota un árbol evolutivo maligno.

Hoy conocemos ciertas mutaciones iniciadoras de la oncogenia, esto es, la formación del tumor inicial. Pero lo que convierte el cáncer en una enfermedad tan letal son las metástasis, células enfermas que escapan del tumor primario y se instalan en tejidos sanos donde generan nuevos tumores. Convencidos de que las metástasis se originaban por nuevas mutaciones, surgidas relativamente tarde en la evolución del foco primario, los oncólogos intentaban identificarlas para combatirlas con medicamentos específicos.

Sin embargo, hacia 2010, los avances tecnológicos brindaron métodos asequibles para secuenciar el genoma humano completo (es decir, determinar el orden de sus bases, las unidades constitutivas del ADN). Grupos de investigación de diversas instituciones comenzaron a escrutar las secuencias genéticas de los tumores y averiguaron consternados que, incluso en un mismo paciente, estos suelen acoger una variedad desconcertante de mutaciones.

En cambio, los biólogos evolutivos, entre los que me cuento, encontramos en la diversidad una valiosa fuente de información. Junto con mis colegas de la Universidad Yale y otras instituciones, decidí investigar las relaciones entre las distintas mutaciones. Secuenciamos las partes expresadas de los genomas de pacientes con cáncer —aquellos fragmentos del ADN que sabemos que controlan la síntesis de las proteínas que, por tanto, determinan las propiedades de las células. Con la información obtenida creamos árboles evolutivos de las mutaciones asociadas a la enfermedad. Las ramas ilustran cómo cambian los genes de los tumores a medida que estos crecen desde un simple puñado de células hasta convertirse en un monstruo metastatizante.

Una maraña de ramas
Nuestros estudios revelaron que, en el paciente, el tumor primario se entrelaza con las metástasis mediante multitud de ramas, surgidas unas de otras en aparente azar, como las de un legendario árbol venenoso. Sorprende aún más que las primeras ramificaciones de ese árbol evolutivo broten de lo más profundo del foco inicial. Muchos años antes de que sea diagnosticado, ciertas células del tumor primario están listas para mutar en formas más malignas, cada una con sus propios mecanismos genéticos de propagación.

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