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La patrulla polar

Nuevos rompehielos para la investigación y la defensa.

CONSEJO NACIONAL DE INVESTIGACIÓN DE CANADÁ

Navegar por el Ártico y el Antártico no es tarea sencilla [véase «El escurridizo paso del noroeste», por Katie Peek, en la página 19]. Para facilitar que los barcos científicos y de otra índole puedan surcar las aguas heladas, la Guardia Costera de EE.UU. emplea una flotilla de rompehielos: poderosas naves con cascos reforzados que abren el camino. Esta primavera, la Guardia Costera, que lleva 40 años sin construir ningún rompehielos polar, dio un paso decisivo para expandir su flota al probar varios modelos en uno de los mayores tanques de hielo del mundo, en Canadá. El organismo espera empezar a construir el primer rompehielos polar pesado en 2020, con una terminación prevista para 2023.

Hoy por hoy, la Guardia Costera depende de dos rompehielos. El Polar Star, uno pesado, se encarga de las labores anuales de abastecimiento en la Estación de McMurdo, la mayor base de investigaciones antárticas de Estados Unidos. El Healy, de tamaño mediano, cuenta con mejores instalaciones científicas y opera sobre todo en el Ártico. Una Guardia Costera sin rompehielos pesados sufriría grandes dificultades a la hora de llevar a cabo misiones de búsqueda y rescate, actuar ante vertidos de petróleo, proteger los bancos de pesca del país o apoyar operaciones navales.

En los ensayos que la Guardia Costera realizó en abril, varios modelos a pequeña escala navegaron a través de una extensa capa de hielo, con una longitud equivalente a la de 1,5 piscinas olímpicas, situada en las instalaciones que el Consejo Nacional de Investigación tiene en la provincia canadiense de Terranova y Labrador. El objetivo era medir la resistencia, la potencia y la maniobrabilidad de varios diseños, a fin de evaluar el potencial de los posibles rompehielos pesados de la futura flota, explica Alana Miller, representante de la Guardia Costera. Los que resulten más prometedores establecerán las pautas de diseño para la construcción de barcos reales. La Guardia Costera aspira a conseguir una flota con tres rompehielos pesados y tres medianos.

Hasta ahora, los rompehielos estadounidenses se han empleado sobre todo en investigaciones científicas. Pero la prioridad de las misiones seguramente variará a medida que el calentamiento global abra las aguas del Ártico a más turismo, a nuevas rutas para mercantes y a una mayor cantidad de pesca. Por su parte, puede que las compañías energéticas intenten explotar una vez más las reservas árticas de petróleo y gas si los precios suben y si logran conseguir los derechos.

Pero que el hielo marino se derrita no significa que la navegación vaya a ser tranquila. Según alertaba este año un informe del Consejo de Relaciones Exteriores, una organización sin ánimo de lucro, los barcos seguirán encontrando un sinfín de circunstancias peligrosas. Los investigadores aún necesitarán rompehielos para estudiar los efectos del calentamiento en entornos polares, y el cambio climático intensificará esa necesidad mucho más allá de las misiones científicas.

«En el futuro, la Guardia Costera probablemente necesitará realizar misiones en el Ártico parecidas a las que ya lleva a cabo en el territorio principal de EE.UU.: velar por el cumplimiento de las normas pesqueras, ejecutar búsquedas y rescates y hacer cumplir la ley», apunta Robert Campbell, oceanógrafo y presidente del Comité Coordinador del Rompehielos Ártico, del Sistema Nacional Universidad-Laboratorios Oceanográficos. «No veo cómo podremos mantener una presencia significativa en el Ártico sin aumentar el número de rompehielos. De lo contrario tendríamos que ceder a otros países el liderazgo en cuestiones árticas, incluidas las relativas a la seguridad», argumenta el investigador.

Algunos expertos y miembros del Congreso han advertido de que Rusia cuenta con más de 40 rompehielos. Pero este razonamiento es un tanto engañoso, explica Andreas Kuersten, asesor judicial del Tribunal de Apelaciones para las Fuerzas Armadas de EE.UU., ya que la Marina y la economía rusas dependen más de las rutas árticas que Estados Unidos. No obstante, Kuersten coincide en que el país necesita nuevos barcos. «Si alguien se queda atascado en el hielo o necesita que se entregue algo, no querrá tener que llamar a Rusia.»

En años pasados, la financiación para rompehielos se ha escurrido por grietas burocráticas, explica Sherri Goodman, experta en políticas públicas del Centro Internacional Woodrow Wilson y miembro de la Comisión Especial del Ártico del Consejo de Relaciones Exteriores. Según ella, la Guardia Costera ha corrido con el coste de construir nuevos barcos, al tiempo que los gastos de defensa han ido a otras cosas. Pero el programa de rompehielos echó a andar con el Gobierno de Obama, y ahora ha solicitado una partida muy aumentada en los presupuestos de 2017.

Por el momento, la Fundación Nacional para la Ciencia alquila barcos de investigación privados, como el Nathaniel B. Palmer, que pueden abrirse paso y romper hielo de un metro de espesor a una velocidad de tres millas náuticas por hora (o nudos). Sin embargo, el Healy puede romper hielo de 2,5 metros reculando y embistiendo, mientras que el Polar Star puede irrumpir a través de más de 6 metros con la misma técnica. Los futuros rompehielos habrán de tener también esa capacidad.

Una flota ampliada de seis barcos permitiría efectuar labores de mantenimiento en puerto con las naves que no se encuentren de servicio, argumenta Goodman. Además, contar con esa reserva significaría disponer de medios de rescate cuando un rompehielos solitario tuviese problemas.

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