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1 de Junio de 2017
Historia de la medicina

Y se le llamó gripe española

La epidemia de gripe que sufrió Madrid entre mayo y junio de 1918 fue extremadamente virulenta.

La gripe estacional causa, cada año en todo el mundo, de tres a cinco millones de enfermos y entre 250.000 y 500.000 muertes, la mayoría en la población de riesgo. La gripe pandémica, en cambio, puede resultar mucho más devastadora: aparece en períodos más dilatados (de varios años), no presenta una secuencia determinada y provoca una mortalidad elevadísima, sobre todo en adultos jóvenes.

Entre 1889 y 1890 tuvo lugar una intensa pandemia gripal que se originó en Asia Central, llegó a Rusia y, desde San Petersburgo, se extendió por toda Europa. Recibió la denominación de «gripe rusa». El siguiente episodio de gripe pandémica ocurrió al final de la Primera Guerra Mundial, entre 1918 y 1919. Fue bautizada como la «gripe española» y, debido a su extrema virulencia, ha sido considerada «la madre de todas las pandemias» por algunos investigadores como el patólogo molecular Jeffery K. Taubenberger. Tras ella vinieron la pandemia de 1933-1935, la de 1946-1947 (o «gripe italiana»), la intensa pandemia de 1957-1958 (o «gripe asiática»), la de 1968-1970 (o «gripe de Hong Kong»), seguida de la leve pandemia de 1977-1978 (rebautizada como «gripe rusa») y la última de 2009, extremadamente leve, que se denominó «gripe A», «gripe H1N1» o «gripe porcina».

La gripe pandémica de 1918 ha de ponerse en relación con la terrible y cruel guerra de trincheras, con los gases utilizados en la guerra química y con las condiciones de vida de los millones de soldados de todo el mundo que participaron en la Primera Guerra Mundial, sobre todo en suelo francés. El virus de la influenza —que todavía en esa época no estaba identificado— ocasionó entre 40 y 50 millones de muertos en todo el mundo, una cifra muy superior a la que provocó la propia Gran Guerra, que se estima en algo más de 10 millones.

 

Los inicios de la pandemia

La primera onda epidemiológica tuvo lugar en la primavera de 1918. Estuvo precedida por una serie de episodios que definen su prehistoria: primero, las infecciones respiratorias agudas que padecieron miles de soldados en la base militar británica de Étaples (al noroeste de Francia) entre 1916 y 1917; luego, los brotes de la llamada «neumonía de los annamitas», que afectó a tropas «indígenas» de la Indochina francesa entre 1916 y 1918; en febrero de 1918, la epidemia de gripe de Nueva York y, finalmente, a partir de marzo, la que afectó a miles de soldados y reclutas americanos en Camp Funston (Kansas) y otros campos militares.

Se ha documentado que en abril de 1918 se produjo el inicio de una epidemia benigna de gripe entre la población civil francesa y los militares, tanto franceses como extranjeros que luchaban en suelo galo. Los datos de los militares afectados eran muy importantes estratégicamente porque influían en el desarrollo de la guerra. Las estadísticas de los soldados enfermos y los primeros fallecidos por esta causa los encontramos en los Archives du services de santé des armées, en París. En el contingente militar americano hubo 1850 casos de «influenza» en abril, 1124 en mayo, 5700 en junio y 5788 en julio, momento en que se produjeron los primeros cinco fallecimientos americanos. Entre los soldados franceses hubo 24.886 afectados por «grippe» en mayo de 1918, de los que fallecieron 7; 12.304 afectados en junio, con 24 fallecidos, y 2369 enfermos y 6 fallecidos en julio. Este brote primaveral en Francia también fue extremadamente leve en la población civil.

 

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Madrid en mayo de 1918

España se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial aunque fue lugar de paso y abastecimiento de Francia. La prensa española, que informaba sobre la guerra, posicionándose, según su ideología, por alguno de los contendientes, no se hizo eco de esta epidemia gripal leve; mucho menos la francesa.

Sin embargo, la situación cambió de repente. En mayo, apareció en Madrid un brote epidémico muy grave, de una expansión inusitada, que llevó a los periódicos a informar sobre el hecho, primero en las páginas interiores y luego en portada. El 21 de mayo se publicó una primera referencia en El Liberal. Al día siguiente, El Sol incluía esta nota: «Parece que entre los soldados de la guarnición de Madrid se están dando muchos casos de enfermedad no diagnosticada todavía por los médicos. En un regimiento de Artillería han caído enfermos del mismo mal 80 soldados. En otros regimientos llegan hasta los 50 casos. (...) Indudablemente, no existe diferencia entre la dolencia observada en los cuarteles por nuestros informadores y la que aqueja desde hace días a todo Madrid. (...) Los síntomas bajo los que se presenta la enfermedad son jaqueca, escalofríos, flojedad, fiebre y dolores articulares, y el mal tiene unas veces manifestaciones torácicas y otras intestinales».

Los medios se refirieron a la epidemia como «la enfermedad de moda» o «el soldado de Nápoles», entre otras denominaciones, y difundieron la alarma social que estaba provocando, informando ampliamente del tema en los últimos días de mayo y en junio. Aunque los periódicos no hablaron del creciente número de personas que empezaron a fallecer en Madrid, los registros indican que del 1 al 23 de mayo murieron, por término medio y por todas las causas, algo menos de 40 personas al día. El día 24 la cifra ascendió a 53; el día 27, a 84; y solo el día 31 de mayo murieron en Madrid un total de 114 personas, alcanzándose el cenit. Luego disminuiría el número de muertos: el 6 de junio fallecieron 98; el día 10, 67; y el día 15, 45 personas. A partir de entonces, se normalizaron los fallecimientos.

 

The Spanish influenza

En el punto culminante de la epidemia, los medios internacionales empezaron a informar sobre la misma. El 2 de junio, el corresponsal de The Times en Madrid se hizo eco de la epidemia y por primera vez empleaba el nombre de «gripe española»: «Everybody thinks of it as the Spanish influenza today...». Para el verano, este término se había extendido a todos los medios de comunicación del mundo («grippe espagnole», «Spanische Grippe», «febbre spagnola», etcétera.) y a las revistas médicas especializadas (en agosto de 1918, JAMA publicaba un artículo titulado «Spanish influenza»).

Cabe afirmar sin lugar a dudas que Madrid se convirtió en el epicentro del primer brote importante de esta pandemia gripal en los meses de mayo y junio de 1918. Tres razones sustentan esta afirmación.

En primer lugar, Gerardo Chowell, de la Universidad Estatal de Arizona, y sus colaboradores (entre ellos el autor) han sumado los fallecimientos por gripe y patologías respiratorias, entre mayo y julio de 1918, y calculan que en Madrid murieron 1 de cada 1000 habitantes. Es una cifra muy alta, ya que en el resto de España las muertes fueron mínimas o nulas (a excepción de las provincias de Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Jaén, Granada y Vizcaya, en las que fallecieron entre 0,6 y 0,9 por cada 1000 habitantes). Si se calcula el exceso de mortalidad a partir de los datos diarios y directos, del 24 mayo al 15 o al 30 de junio, la tasa de mortalidad atribuible a la gripe española sube hasta 1,4 o 1,7 por 1000 habitantes.

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En segundo lugar, el porcentaje de fallecidos de 15 a 34 años por gripe y complicaciones respiratorias, fue evolucionando del 12,0 por ciento en 1916, al 35,9 por ciento y 49,2 por ciento en primavera y otoño de 1918, respectivamente, para bajar al 28,7 por ciento en 1920 y al 15,3 por ciento en 1921. Una proporción importante de los fallecidos fueron adultos jóvenes. Teniendo en cuenta que una de las características de la gripe pandémica es la afectación a este grupo de la población, cabe deducir que el episodio primaveral de Madrid también pudo haber sido provocado por el virus de la gripe H1N1.

En tercer lugar, en otoño de 1918 irrumpió la onda más grave de la pandemia. Provocó la muerte de más de 15 personas por cada 1000 habitantes en provincias como Burgos, Zamora, Palencia o Almería. En cambio, en otras como Córdoba, Madrid, Málaga o Sevilla, los fallecidos no llegaron a 5 por cada 1000 habitantes (en Madrid fueron 3,7 por 1000 habitantes). Esta diferencia solo puede explicarse por el hecho de que un porcentaje importante de la población madrileña quedó inmunizada contra esa cepa del virus de la gripe en la primavera de 1918.

 

Epílogo

Podemos afirmar, pues, que el episodio primaveral de Madrid supuso un salto cualitativo respecto a otros brotes gripales en otras partes del mundo. No podríamos decir que la pandemia de gripe de 1918 empezó en Madrid el mes de mayo, pero sí que una cepa letal del virus golpeó esa ciudad y que esa etapa fue muy importante y significativa en la evolución de la pandemia global (si bien mucho más leve que la onda pandémica más grave, que estalló de forma simultánea en todo el mundo, en otoño de 1918).

Muchos autores españoles inician sus textos diciendo «la mal llamada gripe española», intentando combatir esa denominación por considerarla despectiva para España. Sin embargo, ese nombre no debería molestar ni preocupar a nadie. La denominación de «gripe española» tiene toda su lógica: periodistas y científicos bautizaron así la epidemia porque esta se manifestó con gran virulencia en la capital española y se pudo informar con cierta libertad sobre la misma. Las denominaciones geográficas que se han usado desde el siglo XIX no son injuriosas contra ningún país y solo han dejado de utilizarse en la pandemia de 2009, debido a la resistencia que opusieron las autoridades aztecas al nombre de «gripe mexicana». Los grupos de presión del sector porcino también intentaron que no se generalizara la denominación de «gripe porcina», pero no lo consiguieron, ya que es utilizada ampliamente en la bibliografía anglosajona. De hecho, parece más apropiado que el nombre oficial de «gripe A» que, con total seguridad, volverá a emplearse para las pandemias gripales que están por venir.

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