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El origen de la caldera de Las Cañadas

Un trabajo de revisión propone una nueva solución al largo debate sobre la formación de esta estructura tinerfeña. Las conclusiones entrañan importantes consecuencias socioeconómicas.

Sector oriental de la caldera de Las Cañadas, con el domo de montaña Rajada en primer plano. [CORTESÍA DE JOAN MARTÍ MOLIST]

La caldera de Las Cañadas, en Tenerife, constituye uno de los paisajes geológicos más bellos de nuestro planeta y una de las morfologías volcánicas mejor expuestas y más interesantes de cuantas conocemos. Prueba de ello es el interés que siempre ha despertado en la comunidad científica internacional, habiendo sido objeto de estudio, de forma más o menos continuada, desde la mitad del siglo XIX hasta nuestros días. Tales trabajos se han centrado tanto en la propia caldera como en el complejo volcánico de Teide-Pico Viejo, el cual se levanta en su interior.

Por lo general, se denomina caldera volcánica a la depresión creada por el hundimiento de un edificio volcánico dentro de su propia cámara magmática durante una erupción. Ejemplos recientes de la formación de este tipo de depresiones los hallamos en la isla de Santorini, en Grecia, cuyo origen durante una gran erupción ocurrida hace unos 3600 años se asocia a la desaparición de la civilización minoica; o en la caldera de Krakatoa, en Indonesia, la cual se creó tras una gigantesca erupción ocurrida en 1883 y a la que siguió un tsunami que causó más de 30.000 víctimas.

Sin embargo, el término caldera se reserva también para otras depresiones volcánicas de origen muy distinto: aquellas formadas por erosión fluvial del terreno volcánico o por un gran deslizamiento que afectó a una ladera del volcán. Por esta razón, las primeras reciben el nombre de «calderas de colapso», mientras que las segundas se conocen como «calderas de erosión» o «de deslizamiento».

En ocasiones, sin embargo, discernir el origen de la depresión que observamos en la actualidad no resulta sencillo, lo que obliga a reconstruir el pasado geológico de la zona. Los elementos que permiten identificar la formación de una caldera son su morfología, naturaleza, edad y la distribución de los depósitos volcánicos asociados, así como su estructura interna, siempre y cuando esta pueda «radiografiarse» por medio de técnicas geofísicas, algo que no siempre resulta posible.

En el caso de la caldera de Las Cañadas, su origen siempre ha suscitado polémica. A pesar del gran número de estudios geológicos, vulcanológicos, geofísicos y geomorfológicos que se han efectuado a lo largo de los años, su génesis continúa siendo incierta. Hay quienes piensan que es el resultado del hundimiento del edificio volcánico dentro de su cámara magmática como consecuencia de una sucesión de episodios eruptivos. Otros investigadores, sin embargo, consideran que la caldera tinerfeña corresponde a la cabecera (la parte más elevada) del valle de Icod, el cual se formó por uno o varios deslizamientos hacia el norte de parte de la isla de Tenerife.

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