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Dentro del nuevo coronavirus

Las interioridades del patógeno que ha infectado el mundo.

La partícula vírica del SARS-CoV-2 corresponde a una cuasiesfera de proteínas revestida de una membrana grasa que protege una cadena retorcida de ARN (rojo), la molécula que alberga la información genética del virus. Las proteínas S forman espículas (o peplómeros) que sobresalen de la superficie (naranja) y se fijan a las células humanas, para que la partícula el virus, o virión, se deslice al interior. Las proteínas estructurales N (azul), M (violeta) y E (amarillo) entran en la célula, donde ayudarán a formar nuevos viriones. [FUENTE: LORENZO CASALINO, ZIED GAIEB Y ROMMIE AMARO, UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA EN SAN DIEGO (modelo de la espícula con glucosilaciones)]

A pesar de las incógnitas que envuelven el nuevo coronavirus y la enfermedad que provoca, la ­COVID-19, se ha conseguido desentrañar una increíble cantidad de información en muy breve tiempo.

Nuestro planeta está poblado por miles de coronavirus. Cuatro son responsables de la mayoría de los resfriados comunes. Otros dos ya han provocado epidemias alarmantes: en 2002, uno ocasionó el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés), que mató a más de 770 personas en todo el mundo, y en 2012 otro desencadenó el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por sus siglas en inglés), que se cobró más de 800 vidas. El SARS desapareció en un año, pero el MERS todavía pulula entre nosotros.

El más reciente de todos es el SARS-CoV-2, que ha desatado una pandemia mucho más mortífera, entre otros motivos porque permanece indetectable durante bastante tiempo en las personas infectadas. Quien se infectaba con el coronavirus del SARS no lo transmitía hasta pasadas de 24 a 36 horas desde la aparición de los síntomas, como fiebre y tos seca, así que era posible aislar al enfermo antes de que contagiase a otros. Pero quienes contraen la COVID-19 propagan el virus antes de presentar síntomas evidentes. Al no sentirse enfermos, trabajan, viajan, compran, comen fuera y asisten a fiestas, donde exhalan el coronavirus al aire que respiran las personas circundantes. Este permanece indetectado en el cuerpo mucho tiempo porque su genoma sintetiza proteínas que retrasan la señal de alerta para el sistema inmunitario. Mientras tanto, las células pulmonares van muriendo a medida que el infiltrado se multiplica en silencio. Cuando el sistema inmunitario detecta por fin al invasor, reacciona con todo su arsenal, con lo que, paradójicamente, daña las células que está intentando salvar.

La partícula vírica del SARS-CoV-2 que llega arrastrada por el aire a la nariz o la boca de una persona tiene unos 100 nanómetros de diámetro, por lo que solo es visible con un microscopio electrónico. Las proteínas S forman espículas (o peplómeros, naranja) que sobresalen de la superficie y se fijan a las células humanas, cientos de veces más grandes. Los peplómeros recuerdan la corona solar, de ahí el nombre del virus.

En los gráficos que siguen, presentamos una explicación minuciosa de lo que sabíamos a mediados de mayo sobre la entrada furtiva del virus en las células humanas, la multiplicación en su interior y su liberación al medio externo, desde donde se infiltra en otras muchas células propagando la infección. Mostramos la estrategia adoptada por el sistema inmunitario para neutralizar al SARS-CoV-2 y el modo en que este consigue eludirla. Explicamos algunas habilidades sorprendentes del virus, como su capacidad para reparar las copias defectuosas conforme se fabrican y eliminar las mutaciones que podrían inutilizarlo. Finalmente, mostramos cómo los fármacos y las vacunas podrían vencer al intruso, pese a todo.

A medida que los virólogos vayan sabiendo más, iremos actualizando los esquemas en nuestra página web. Cuanto más sepamos, más opciones tendremos de ganar.

ARTISTA: Veronica Falconeri Hays
EDITORA GRÁFICA: Jen Christiansen
CONSULTORA: Britt Glaunsinger, viróloga molecular, Universidad de California en Berkeley e Instituto Médico Howard Hughes

Puedes ver una versión interactiva de este artículo (en inglés) en la web de Scientific American.

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