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Las redes tróficas de la Antártida ante el cambio climático

El calentamiento global afecta no solo a las especies antárticas en sí mismas, sino también a las complejas relaciones que establecen entre ellas. Conocer el mapa de las interacciones entre depredadores y presas permite detectar efectos sobre especies que se suponen poco afectadas.

Los ecosistemas antárticos están sufriendo especialmente los efectos del cambio climático. En algunos lugares, el derretimiento de los glaciares provoca el aporte de sedimentos (gris) hasta los fondos marinos, donde perjudican a los organismos que allí viven. [RICARDO SAHADE (fondo marino); GETTY IMAGES/REDTEA/ISTOCK (paisaje antártico)]

En síntesis

Las relaciones de alimentación entre las especies que habitan regiones marinas de altas latitudes componen una intrincada red de cientos de especies e interacciones.

La red trófica del ecosistema de la caleta Potter, en la península antártica, se compone de más de 90 especies y 300 interacciones tróficas. Dichas interacciones describen el mapa de ruta de los flujos de energía y materia en el ecosistema.

Conocer el mapa de ruta en ecosistemas antárticos afectados por el cambio climático, como el de la caleta Potter, contribuye a detectar impactos sobre especies que se suponen poco afectadas, un conocimiento que resulta crucial para desarrollar planes de conservación.

Durante los meses de septiembre y octubre de 2008 y de marzo de 2009, los investigadores de la base antártica argentina Carlini, en la isla 25 de Mayo, observaron asombrados cómo las playas rocosas se cubrían de ejemplares moribundos o muertos de krill, en concreto de la especie Euphausia superba, un pequeño crustáceo del plancton que sirve de alimento a ballenas, pingüinos y otras especies de la comunidad marina de la Antártida. Estos diminutos organismos mueren, al parecer, por la obstrucción del sistema intestinal que les causa la ingestión de partículas rocosas procedentes del derretimiento de los glaciares costeros. El krill constituye un recurso energético aprovechado por numerosos depredadores, por lo que cabe preguntarse si estos episodios podrían afectar a las poblaciones de otras especies.

Se considera que las regiones de altas latitudes, en especial el Ártico y la península antártica, son las zonas del planeta donde el cambio climático ha generado los efectos más notables [véase «La transformación del Ártico», por Mark Fischetti; Investigación y Ciencia, octubre de 2019]. Los ecosistemas de estas regiones se diferencian de los de ambientes templados y tropicales por sus peculiares condiciones climáticas y de aislamiento geográfico, lo que ha llevado a suponer que están estructurados de forma muy diferente a ellos.

Tradicionalmente, el estudio de los impactos ambientales en los ecosistemas marinos se ha centrado en una población, una especie o un grupo funcional determinados, como los peces, los moluscos o el plancton. Existe una vasta bibliografía científica sobre la respuesta de las especies polares al derretimiento de los glaciares y la reducción del hielo marino; el caso del oso polar Ursus maritimus, en el Ártico, o el ya mencionado krill, en la Antártida, constituyen ejemplos paradigmáticos. Pero las alteraciones ambientales no influyen solo en las especies per se (en su comportamiento o distribución espacial, por ejemplo), sino también en sus relaciones recíprocas. Y estas no se producen en pares aislados de especies, sino bajo la forma de una red compleja de interacciones. Ello significa que los cambios que se producen en una especie pueden propagarse mucho más allá de aquella con la que se relacionan directamente.

En este sentido, trabajos recientes realizados en los ecosistemas marinos antárticos, como los del mar de Weddell, el mar de Ross, la bahía Prydz (al este de la Antártida) y la caleta Potter (en la península antártica), han demostrado que las relaciones de alimentación constituyen redes intrincadas con cientos de especies e interacciones. Desentrañar estas redes puede ayudar a detectar impactos ambientales en especies que se suponen poco afectadas por ellos, un conocimiento crucial para determinar prioridades de conservación.

En la última década, las investigaciones que han descrito la organización de la comunidad mediante una red de interacción han adquirido una gran relevancia, ya que resulta un enfoque más adecuado e integrador para comprender los efectos de las perturbaciones en los ecosistemas. El análisis de redes complejas se ha aplicado para desentrañar las relaciones tróficas de una comunidad, formadas por depredadores y presas, pero también las relaciones mutualistas, como las que se establecen entre las especies de plantas y polinizadores [véase «Redes mutualistas de especies», por Jordi Bascompte y Pedro Jordano; Investigación y Ciencia, septiembre de 2008]

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