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1 de Noviembre de 2019
Internet

Caos en las redes sociales

Nuestra inclinación a compartir contenido de manera irreflexiva se explota para difundir desinformación.

WESLEY ALLSBROOK

En síntesis

Existen diversas clases de desinformación en Internet, desde vídeos manipulados a cuentas falsas, pasando por memes generados para descontextualizar contenidos verídicos.

Una de las principales herramientas que usan quienes difunden narrativas falsas es la inclinación que todos tenemos a compartir contenido que refuerce nuestros prejuicios.

Hasta ahora, la investigación del fenómeno ha pecado de simplista. Diferenciar entre los distintos tipos de información dañina y entender cómo contribuimos a difundirla es clave.

Como profesional dedicada a estudiar el impacto de la desinformación en la sociedad, a menudo me gustaría que los jóvenes emprendedores de Silicon Valley que nos brindaron los medios para comunicarnos a alta velocidad se hubieran visto obligados, antes de comercializarlos, a usarlos en un escenario como el del 11 de septiembre.

Una de las imágenes más icónicas de aquel día muestra a un numeroso grupo de neoyorquinos mirando hacia arriba. La fuerza de la fotografía radica en que conocemos el horror que estaban presenciando. Es fácil imaginar que, hoy en día, casi todos los presentes tendrían en la mano un teléfono móvil. Algunos estarían grabando lo ocurrido y difundiéndolo en Twitter o Facebook. Alimentados por las redes sociales, los rumores y la desinformación crecerían sin control, al tiempo que proliferarían las publicaciones rebosantes de odio hacia la comunidad musulmana. La especulación y la rabia se verían potenciadas por algoritmos que responderían a un nivel sin precedentes de comparticiones, comentarios y «me gusta». Los agentes extranjeros de desinformación aumentarían la división, azuzando a las distintas comunidades y sembrando el caos. Entretanto, aquellos atrapados en las torres retransmitirían en vivo sus últimos momentos.

Una prueba de estrés realizada en el contexto de los peores momentos de la historia podría haber aclarado lo que los científicos sociales y los propagandistas saben desde hace tiempo: que las personas estamos programadas para responder a detonantes emocionales y compartir afirmaciones erróneas si ello refuerza nuestros prejuicios y creencias. Sin embargo, los diseñadores de las redes sociales creían fervientemente que la conectividad promovería la tolerancia y contendría el odio. No entendieron que la tecnología no cambiaría nuestra esencia, solo proyectaría nuestra manera de ser.

La información digital de mala calidad lleva rondando desde mediados de los noventa. Pero, en 2016, varios acontecimientos dejaron claro que habían surgido fuerzas más oscuras: la automatización, la microfocalización y la coordinación alimentaron campañas de información concebidas para manipular la opinión pública a gran escala. En Filipinas, los periodistas empezaron a alertar del peligro cuando Rodrigo Duterte, sustentado por una intensa actividad en Facebook, ascendió al poder. A ello siguieron los inesperados resultados del referéndum sobre el brexit en junio y, en noviembre, los de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Todo ello promovió una investigación sistemática sobre las formas en que la información se estaba empleando como arma.

Durante los últimos tres años, el debate sobre las causas de la contaminación del ecosistema informativo se ha centrado casi exclusivamente en las acciones tomadas (o no) por las compañías tecnológicas. Sin embargo, esta obsesión se antoja demasiado pobre. Una compleja red de transformaciones sociales provoca que la gente se vuelva más vulnerable a las teorías de la conspiración y a la información engañosa. La confianza en las instituciones disminuye debido a la agitación política y económica, relacionada sobre todo con una brecha salarial cada vez más amplia. Los efectos del cambio climático se acentúan. Las tendencias migratorias mundiales infunden el recelo de que las sociedades cambien de forma irrevocable. El auge de la automatización hace que la gente tema por su trabajo y por su privacidad.

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