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1 de Noviembre de 2019
Teoría de la decisión

Decidir en la incertidumbre

Cómo mejorar la evaluación del riesgo cuando el conocimiento es parcial.

WESLEY ALLSBROOK

En síntesis

Cuando la gente evalúa riesgos nuevos, confía en esquemas mentales derivados de experiencias previas que pueden no ser aplicables.

Preguntar a las personas cómo conciben esas valoraciones revela ideas preconcebidas engañosas.

Los expertos también pueden someter a prueba el riesgo implícito en los mensajes para cerciorarse de que la ciudadanía los entienda con claridad.

Los psicólogos estudian la toma de decisiones planteando problemas ficticios a los probandos. Sin ir más lejos, mis colegas y yo planteamos el supuesto de una enfermedad hipotética causada por dos cepas. Luego preguntamos: «¿Qué preferiría tener a su disposición? ¿Una vacuna que le protegiera completamente contra una cepa o una que le confiriera una protección del 50 por ciento contra ambas?». La mayoría escogió la primera. Dedujimos que se dejaron influir por la promesa de la protección completa, aunque ambas inyecciones comportaban en conjunto el mismo riesgo de enfermar.

Pero vivimos en un mundo con problemas reales, no solo ficticios, situaciones que a veces exigen que la gente tome decisiones de vida o muerte con un conocimiento incompleto o incierto. Hace años, cuando  comenzaba a investigar la toma de decisiones con mis colaboradores Paul Slovic y la fallecida Sarah Lichtenstein, ambos en Decision Research (empresa sita en Eugene, Oregón), comenzamos a recibir llamadas por asuntos que distaban de ser banales. Eran directivos de empresas productoras de energía nuclear o de organismos modificados genéticamente (OMG) que, en esencia, nos decían: «Tenemos una tecnología maravillosa, pero a la gente no le gusta. Aún peor, no les gustamos nosotros. Incluso hay quien piensa que somos malvados. Ustedes son psicólogos. Hagan algo».

Y lo hicimos, aunque probablemente no lo que esperaban. En lugar de intentar cambiar la opinión de la gente, nos pusimos a averiguar qué pensaban realmente de esas tecnologías. Con ese fin, les formulamos preguntas concebidas para saber cómo valoraban los riesgos. Las respuestas nos ayudaron a entender por qué, cuando no se dispone de todos los elementos de juicio, la gente concibe creencias sobre asuntos polémicos como la energía nuclear, o, actualmente, el cambio climático.

Indicios de mortalidad

Primero quisimos saber cómo de bien conoce el público general los riesgos de la vida cotidiana. Pedimos a grupos de personas legas en la materia que estimaran el número anual de víctimas mortales por causas diversas, como el ahogamiento, el enfisema o el

homicidio, y luego que compararan sus cálculos con las estadísticas. A tenor de investigaciones previas, esperábamos que sus predicciones fueran certeras en términos generales, pero resulta que sobrestimaron las muertes por causas que generan revuelo o titulares recurrentes, como asesinatos, tornados, etcétera, y subestimaron las provocadas por «asesinos silenciosos», como el ictus o el asma, que no acaparan grandes titulares.

En conjunto, nuestras predicciones encajaron bien. La gente concede demasiada importancia a las causas de muerte que más se difunden y subestima las que reciben menos atención. Las imágenes de ataques terroristas que se emiten por la televisión, por ejemplo, explicarían por qué quien ve más noticias a través de ese medio se preocupa más por el terrorismo que quien rara vez se sienta ante ella. Pero en el curso del estudio de estas creencias, topamos con un resultado desconcertante. Los firmes detractores de la energía nuclear opinaban que el número de víctimas anuales era sumamente bajo. Entonces, ¿por qué estaban en contra? Esta aparente paradoja nos hizo dudar de si al pedirles que predijeran el promedio de víctimas anuales habíamos definido el riesgo con un margen demasiado estrecho. Así que, provistos con una nueva batería de preguntas, indagamos en el significado real que el riesgo tenía para ellos. Comprobamos que los contrarios a esa energía pensaban que comportaba un alto riesgo de catástrofes de gran alcance. Esa tónica se hacía extensible también a otras tecnologías.

Para saber si esa tendencia variaba cuando se conocía mejor la tecnología en cuestión, formulamos las mismas preguntas a técnicos expertos. Estos generalmente coincidían con el ciudadano común en el número de muertes que la energía nuclear causaba en un año corriente: muy pocas. Pero cuando se les dejó definir el riesgo por sí mismos, a lo largo de una franja de tiempo más amplia, no lo vieron tan elevado. A diferencia de ellos, el público general hacía hincapié en lo que podía ocurrir en un año nefasto. Ambos colectivos creían estar hablando de lo mismo, pero en realidad se centraban en partes distintas de la realidad.

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