Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Noviembre de 2019
Cognición

La construcción cerebral de la realidad

La teoría de la percepción predictiva arroja luz sobre el modo en que interpretamos el mundo.

BROOK VANDEVELDER

En síntesis

La realidad que percibimos no es un reflejo directo del mundo exterior objetivo.

Bien al contrario, es el producto de las predicciones que el cerebro hace sobre las causas de los estímulos sensoriales recibidos.

El sentido de realidad que acompaña a nuestras percepciones serviría para orientar nuestro comportamiento y responder así adecuadamente a la fuente de los estímulos.

«No vemos las cosas como son, las vemos tal y como somos.»

La seducción del Minotauro,
de Anaïs Nin (1961)

El pasado 10 de abril, el papa Francisco, el presidente de Sudán del Sur Salva Kiir y el antiguo jefe rebelde Riek Machar compartieron la misma mesa en una comida celebrada en el Vaticano. Comieron en silencio, como inicio de un retiro espiritual de dos días que perseguía la reconciliación tras una guerra civil que ha dejado 400.000 muertos desde 2013. Más o menos en aquel momento, en mi laboratorio de la Universidad de Sussex, el doctorando Alberto Mariola ponía fin a un nuevo experimento en el que unos voluntarios sentirían hallarse en una estancia que tomarían por real sin serlo. En los centros psiquiátricos de todo el mundo se atiende a personas que aseguran haber perdido el sentido de la realidad de las cosas, ya sea del mundo que las rodea o de ellas mismas. En las sociedades fracturadas en que viven, la distinción entre lo real y lo que no lo es parece cada día más difícil.

Los bandos en conflicto experimentan y creen en realidades distintas. Tal vez comer juntos en silencio sirva de algo, pues ofrece un pequeño retazo de realidad común, una base firme desde la que llegar a un mayor entendimiento.

No es preciso dirigir la mirada a la guerra y a las psicosis para hallar universos interiores totalmente opuestos. En 2015, una fotografía mal expuesta de un vestido corrió como la pólvora por Internet y dividió el mundo entre quienes lo veían de color azul y negro (yo mismo) y quienes lo veían blanco y dorado (la mitad de mi laboratorio) [véase «El misterio del vestido viral» por S. L. Macknik, S. Martinez-Conde y B. R. Conway en MyC n.o 75, 2015]. Aquellos que lo veían de un modo estaban tan convencidos de tener razón —que el vestido era realmente azul y negro o blanco y dorado— que casi les parecía inconcebible que alguien pudiera verlo de otro modo.

Todos sabemos que es fácil engañar a nuestros sentidos. La popularidad de las ilusiones ópticas da buena prueba del fenómeno. Las cosas parecen ser de un modo y se nos revelan de otro: dos líneas rectas semejan tener longitudes distintas, pero cuando las medimos comprobamos que son iguales; apreciamos movimiento en una imagen que sabemos inmóvil. El argumento habitual es que las ilusiones aprovechan peculiaridades de los circuitos de la percepción, de forma que lo percibido se desvía de lo que es. Sin embargo, el argumento lleva implícita la premisa de que un sistema perceptivo que opere correctamente reproducirá las cosas en nuestra consciencia con suma fidelidad.

La verdad más profunda es que la percepción nunca ha sido una ventana directa a la realidad objetiva. Todas nuestras percepciones son construcciones activas, conjeturas elaboradas por el cerebro acerca de la naturaleza del mundo, que siempre aparece desdibujada tras un velo sensorial. Las ilusiones ópticas son fracturas de la Matrix, atisbos fugaces de esa verdad más profunda.

Tomemos como ejemplo la experiencia del color, como el rojo brillante de la taza de café que hay sobre la mesa de mi despacho. La taza parece realmente roja: diríase que su rojez es tan real como su redondez y su solidez. Esos atributos de mi experiencia parecen propiedades genuinamente reales del mundo, captadas por los sentidos y reveladas a la mente a través de los complejos mecanismos de la percepción.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.