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1 de Noviembre de 2019
Historia de la ciencia

Oliver Lodge y la relatividad

O los problemas que tuvo la «vieja guardia» para entender la revolucionaria teoría de Einstein.

Sir Oliver Lodge. Fotografía de Lafayette Ltd. [Colección Wellcome. creativecommons.org/licenses/by4.0/legalcode]

Durante los tres primeros lustros del siglo xx se produjo una de las dos grandes revoluciones (la otra fue la cuántica) que conmocionaron el aparentemente sólido edificio de la física. Me refiero a la teoría de la relatividad; específicamente, la teoría de la relatividad especial (1905) y la teoría general de la relatividad (1915), ambas debidas a Albert Einstein. Si bien es posible argumentar —así se hace habitualmente— que las dos teorías (pero especialmente la relatividad especial) constituyeron la culminación de la «física clásica», ambas introdujeron elementos que chocaban con conceptos, o instrumentos matemáticos, afincados firmemente en la visión que de la física tenían hasta entonces la práctica totalidad de los físicos.

Hallamos un magnífico ejemplo de ello en Oliver Lodge (1851-1940), quien, después de licenciarse (1875) y doctorarse (1877) en el Colegio Universitario de Londres, desarrolló una notable carrera académica y científica que le llevó a figurar entre la élite de los físicos británicos. Fue catedrático(professor) de física y matemáticas en el Colegio Universitario de Liverpool de 1881 a 1900, momento en que abandonó el puesto para irse a la Universidad de Birmingham. Allí permaneció el resto de su carrera, durante la cual desempeñó funciones docentes y administrativas, y hasta su jubilación en 1919 (en 1898 la Real Sociedad le otorgó la prestigiosa medalla Rumford y en 1902 fue ennoblecido con el título de Sir).

El universo científico de Lodge se centró en el electromagnetismo, campo en el que fue un firme seguidor de la obra de James Clerk Maxwell, el creador, en la década de 1860, de la teoría del campo electromagnético. Fue lo que se ha denominado un maxwelliano. Y estuvo cerca de conseguir, antes que él, lo que Heinrich Hertz hizo en 1888: demostrar la existencia de la radiación (ondas) electromagnética.

 

El éter y la relatividad especial

Como buen maxwelliano, un concepto básico para Hertz era el de «campo» electromagnético o, más bien, el básicamente equivalente «éter», el medio a través del cual se transmitía, según Maxwell, la interacción electromagnética. Así, en el prefacio de un libro en el que pretendía resumir su filosofía, My philosophy (1933), Lodge escribió:

El del éter del espacio ha sido el estudio al que he dedicado mi vida, y constantemente he urgido que se le preste atención. He vivido a través de la época de lord Kelvin, con sus modelos mecánicos de un éter, hasta el día en que para algunos físicos el universo parece disolverse en matemáticas, y la idea de un éter resulta superflua, si no despreciable. Siempre tuve la intención de escribir algún día un tratado científico sobre el éter del espacio; pero cuando en mi ancianidad me puse a escribir este libro, me di cuenta de que el éter penetraba todas mis ideas, tanto las de este mundo como las del siguiente. Ya no podría mantener mi tratado dentro de los confines científicos; escapaba en todas las direcciones, y ahora ha crecido convirtiéndose en una afirmación completa de mi filosofía.

No era en absoluto Lodge el único físico británico tan apegado al concepto de éter. Muchos otros compartían semejante visión, entre ellos J. J. Thomson, director del Laboratorio Cavendish de Cambridge y el primero en identificar, en 1897, la existencia del electrón. En la conferencia inaugural que pronunció en el congreso de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia celebrado en Winnipeg en 1909, Thomson manifestaba: «El éter no es una creación fantástica del filósofo especulativo; es tan esencial para nosotros como el aire que respiramos».

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