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1 de Marzo de 2014
Reseña

Homo impredictibilis

Ni todo está en los genes, ni el lenguaje es innato.

THE UNPREDICTABLE SPECIES. WHAT MAKES HUMANS UNIQUE
Por Philip Lieberman. Princeton University Press; Princeton, 2013.

Cuanto más se ahonda en un campo, más se relativiza su alcance. Frente al determinismo biológico hoy imperante, Lieberman se sitúa en una posición crítica y no ahorra explicaciones sobre las contradicciones internas que descubre en supuestas verdades apodícticas. Si algo caracteriza al hombre, resume, es su carácter impredecible. Y halla en el lenguaje su crisol de prueba. Nuestro cerebro, declara, evolucionó hacia una flexibilidad cognitiva que nos capacitó para la innovación y la imitación. Pone en cuestión el dogma central de la psicología evolutiva, según el cual nosotros estamos condicionados por unos patrones de comportamiento predecibles que quedaron fijados en los genes y rechaza la tesis chomskyana de que el lenguaje es innato.

Lieberman apoya su razonamiento con pruebas sacadas de la neurociencia, la genética y la antropología física. Muestra que los ganglios basales (estructuras profundas del cerebro de antiquísimo origen evolutivo) cobraron una importancia capital en la creatividad humana. La transferencia de información en esas estructuras, potenciada por mutaciones genéticas y evolución, creó circuitos neurales que conjuntaron la actividad de diversas partes del cerebro. Unos circuitos que hicieron posible la invención humana, expresada en diferentes épocas y lugares en forma de útiles líticos, computadores digitales, nuevas formas artísticas y civilizaciones avanzadas.

El habla constituye una de las acciones más complejas de cuantas acometen los humanos, pero la mayoría aprende a realizarla sin el menor esfuerzo. La producción de un habla fluida requiere el movimiento, preciso y coordinado, de múltiples articuladores (labios, mandíbulas, lengua y laringe) en una escala temporal vertiginosa. La comunicación hablada depende de nuestra capacidad de producir sonidos muy dispares, que componen un lenguaje. Semejante diversidad sonora se explica por las configuraciones, muy flexibles, del tracto vocal. Cada articulador posee grados de libertad, que posibilitan el número amplio de movimientos del habla diferentes. Ignoramos en qué forma el hombre ejerce ese control exquisito. Un control cortical de la articulación que viene mediado, primariamente, por la mitad ventral del córtex sensorimotor lateral (córtex de Rolando).

En el curso de la evolución, estructuras y sistemas preexistentes se modifican para iniciar nuevos derroteros y acometer nuevas tareas. Nuestra capacidad de innovación, que distingue a la conducta humana de la de cualquier otra especie, obedece a esa lógica de diseño del coste mínimo. El registro arqueológico y las pruebas genéticas sugieren que el hombre dotado de nuestras mismas facultades cognitivas vivió ya hace 250.000 años. A diferencia de cualquier otra especie, nuestra acción y nuestro pensamiento resultan impredecibles. Una opinión antagónica es la defendida por lo que se ha dado en llamar psicología evolutiva, sostenida por Noam Chomsky, Richard Dawkins, Sam Harris, Marc Hauser y Steven Pinker. Proponen estos que nos gobiernan genes que se adquirieron en un pasado remoto, para no cambiar desde entonces. Pero nadie es religioso porque exista un gen que dirija sus creencias y pensamientos. La conducta moral no entraña portar un gen de la moral, ni el lenguaje se funda en un gen del lenguaje.

Para los defensores de la psicología evolutiva, el lenguaje, la capacidad matemática, la destreza musical o las cualidades sociales y múltiples aspectos más de nuestra vida se encuentran regulados por módulos «específicos de dominio». La especificidad de dominio lleva a afirmar que cada zona particular del cerebro ejerce una misión propia, independiente de otras estructuras neurales que, a su vez, cumplen sus propias funciones o procesos mentales. Steven Pinker sostiene que el lenguaje, en particular la sintaxis, deriva de los mecanismos cerebrales que son independientes de los implicados en otros aspectos de la cognición y, muy en particular, del control motor. Refinamientos ulteriores de la teoría modular dividen el lenguaje, un comportamiento complejo, en una serie de módulos independientes: un módulo de fonología que produce y percibe el habla, otro de sintaxis que ordena las palabras o interpreta su secuencia y un tercer módulo de semántica que toma en consideración el significado de cada palabra, permitiéndonos comprender el sentido de una oración. Los módulos pueden subdividirse en submódulos. La teoría de la modularidad se remonta a la frenología. Pretendía semejante pseudociencia explicar por qué había quienes se mostraban más diestros en matemática, eran piadosos, les cegaba la ambición o mostraban un comportamiento moral intachable. La respuesta se hallaba en las sedes del cerebro. Hoy se prefiere vincular estructuras neurales con genes.

Los mapas cerebrales propuestos por Korbinian Brodmann entre los años 1908 y 1912 se siguen empleando. En los estudios de neuroimagen, más refinados, se corre el peligro de que la misma denominación aluda a lugares distintos. La cartografía cerebral realizada por resonancia magnética funcional, que se vale del cromatismo para indicar niveles relativos de actividad en el cerebro, resulta de un complejo trabajo de procesamiento por ordenador. Las señales recogidas por resonancia magnética funcional son débiles y hay que monitorizar a un gran número de individuos que realizan la misma tarea para promediar luego las respuestas y desprenderse del ruido electrónico irrelevante. Pero promediar esas respuestas no es sencillo. El cerebro difiere de una persona a otra tanto como difiere su nariz, manos, pelo, brazos o piernas.

Los estudios con la técnica de neuroimagen conocida por tensor de difusión llevan ya identificados cientos de circuitos neurales en humanos. Intervienen en el control motor, la visión, la memoria y otros aspectos de la cognición. Importa, en particular, una clase de circuitos neuronales establecida entre el córtex y los ganglios basales subcorticales.

Los cambios genéticos introducidos hace entre 200.000 y 500.000 años aumentaron la eficiencia de los circuitos de los ganglios basales que confieren flexibilidad cognitiva, clave de la innovación y la creatividad. Esas mutaciones potenciaron también la capacidad de control motor, permitiéndonos el habla, facultad exclusiva del hombre que cumple una función central en el lenguaje, facilitando la transmisión de información de unos a otros. No necesitamos mirar a los demás para comunicarnos.

Nuestro cerebro no tiene la organización simple que los frenólogos de comienzos del XIX propusieron, ni la estructura modular que defendían los psicólogos. Antes bien, la arquitectura funcional del cerebro humano refleja la lógica oportunista de la evolución. La frenología resurgió, en el ecuador del siglo. En 1861 Paul Broca publicó uno de los primeros estudios de un «experimento en la naturaleza» neural, el relativo al paciente Tan. De nombre real Leborgne, tenía 51 años cuando sufrió una serie de alteraciones neurológicas que le permitían controlar la entonación del habla, pero le impedían pronunciar palabra, salvo la sílaba «tan». Defendía la frenología que la parte del cerebro que controlaba el lenguaje se situaba entre los ojos. Broca no cuestionó la premisa de la frenología (una parte específica del cerebro era sede del lenguaje), aunque pensó que la sede en cuestión se hallaba en otro sitio.

El paciente murió al poco de que lo atendiera Broca. La autopsia reveló una lesión en la superficie del lóbulo frontal izquierdo. Broca limitó a ello sus observaciones, sin seccionar y determinar de una forma sistemática la naturaleza y extensión del daño. Meses más tarde, Broca examinaba un segundo paciente que podía pronunciar solo cinco palabras, tras haber sufrido un accidente cerebrovascular. La autopsia sacó a la luz una lesión aproximadamente en la misma zona superficial. Siguiendo las pautas de la frenología, Broca situó allí la sede del lenguaje, lugar denominado en su nombre «área de Broca».

El examen anatomopatológico de los dos pacientes no avala la teoría frenológica de Broca. Los cerebros se habían conservado en alcohol. Pasados 140 años, se les practicó una resonancia magnética, que puso de manifiesto una lesión masiva que afectaba a los circuitos neurales que vinculaban el córtex con los ganglios basales. La resonancia mostró, además, que la zona que solemos denominar área de Broca (giro inferior izquierdo, áreas 44 y 45 de Brodmann) no correspondía al área cortical que estaba dañada en los dos primeros pacientes de Broca.

En 1874, Karl Wernicke estudió un paciente que había sufrido un accidente cerebrovascular, con dificultades para comprender el habla y con daño en la región temporal posterior de la corteza. En el espíritu de la frenología, Wernicke decidió que esa área era el órgano cerebral de comprensión del habla. Puesto que el lenguaje hablado comprende y produce
el habla, Lichtheim propuso en 1885 una vía cortical que unía el área de Broca y la de Wernicke. De ese modo, las áreas corticales de Broca y de Wernicke se convirtieron en bases neurales del lenguaje humano, supuestamente asociadas al lenguaje y solo al lenguaje.

La teoría de Broca-Wernicke resultó ser falsa. Los síndromes, las pautas de posibles déficits, son reales, pero no derivan de la lesión cerebral localizada en dichas áreas corticales. Las tomografías demuestran que los pacientes se recuperaban o sufrían solo pequeños problemas cuando las áreas de Broca y Wernicke quedaban completamente destruidas, siempre y cuando los circuitos permanecieran incólumes. Las tomografías evidenciaron que los déficits de lenguaje del síndrome de Broca no implicaban necesariamente que se hallara lesionada el área de Broca. La lesión de estructuras subcorticales que supuestamente nada tienen que ver con el lenguaje, dejando intactas las áreas corticales de Broca y Wernicke, causaba los signos y los síntomas clásicos de afasia: déficits en la producción del habla y dificultades en la comprensión del significado de las frases.

La afasia, pérdida irreversible del lenguaje, se produce con la interrupción de los circuitos neurales que unen áreas corticales, ganglios basales, tálamo y otras estructuras subcorticales. La tesis aceptada ahora es la expuesta por Stuss y Benson en The frontal lobes (1986): la afasia no se da nunca en ausencia de daño subcortical. A la pregunta de si las áreas corticales de Broca y de Wernicke constituyen nuestro órgano cerebral del lenguaje debe responderse rotundamente que no. Antes bien, los circuitos neurales que conjugan la actividad de muchas áreas del cerebro controlan la producción del habla, entienden o componen una frase dotada de significado y realizan todos los demás actos y pensamientos que, en su conjunto, constituyen nuestra facultad del lenguaje.

En sí mismos, los ganglios basalesno encierran la clave del lenguaje humano. Deben trabajar en concierto con partes del córtex que se hallan implicadas en el control motor, la cognición y la regulación emocional. Las operaciones locales de los ganglios basales se pusieron de manifiesto a través del estudio y tratamiento de la enfermedad de Parkinson. La causa inmediata de esta patología degenerativa reside en la degradación de la substantia nigra, una estructura subcortical que, además de formar parte de la circuitería de los ganglios basales, produce dopamina, neurotransmisor implicado en el funcionamiento de aquellos. La red neural que integra los ganglios basales comprende dos subsistemas integrados: uno rápido, que abarca los neurotransmisores glutamato y GABA, conecta el córtex con los ganglios basales; y otro, que emerge del mesencéfalo, se vale de los neurotransmisores dopamina y acetilcolina en interneuronas que conectan neuronas del interior de los ganglios basales.

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