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1 de Marzo de 2014
Enfermedades emergentes

Infecciones que invaden el mar

Los patógenos de los animales terrestres están llegando al océano, donde amenazan a nutrias, focas, ballenas, corales y otras especies marinas.

Sheri L. Giblin, Getty Images (gato); Hiroya Minakuchi, Getty Images (delfín)

En síntesis

Los patógenos humanos, de los gatos y de otros animales terrestres están alcanzando el océano y atacando a los mamíferos que viven en él. Un parásito de la zarigüeya mata nutrias marinas; uno procedente de los gatos termina con la vida de delfines.

Aunque los datos son aún recientes, estos «polutágenos» parecen estar aumentando. Además, se han hallado bacterias humanas resistentes a los antibióticos en tiburones y focas; ello permitiría a los microbios mutar y reinfectar a los humanos, quienes tal vez no estén preparados para enfrentarse a ellos.

Una depuración adecuada y el incremento de la superficie de humedales costeros, zonas que sirven de amortiguación entre la tierra y el mar, podrían hacer disminuir el riesgo de los polutágenos.

Como en una novela policíaca, nuestra historia empezó con una llamada telefónica. Un biólogo nos comunicó que había hallado un cadáver. Volvió a llamar a los pocos días, tras descubrir uno más. Pronto las llamadas se repitieron una y otra vez, recuerda Melissa A. Miller. «En el momento álgido, recibíamos cuatro al día.» A medida que crecía el número de víctimas, cada vez nos asaltaban más preguntas.

Miller es veterinaria y patóloga de fauna silvestre. Los cadáveres pertenecían a nutrias marinas de California, una subespecie amenazada cuya población actual a lo largo de la costa central del estado suma unos 2800 ejemplares. En total, más de cuarenta nutrias llegaron enfermas o moribundas a la costa durante el terrible episodio de abril de 2004.

Miller pasó muchos días examinando los animales muertos, buscando la causa de la catástrofe. Estaba desconcertada. Mientras agonizaban, numerosas nutrias se sacudían con convulsiones. La autopsia reveló extensos daños neurológicos. Finalmente, se descubrió un patrón generalizado de inflamación cerebral intensa. Encorvada sobre el microscopio, Miller y sus colaboradores identificaron un culpable inesperado: la zarigüeya.

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