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Beneficios sociales de la sincronía

Las actividades sincronizadas como el baile y el ejercicio en grupo generan vínculos sociales muy fuertes, seguramente a través de cambios en la química cerebral.

GETTY IMAGES

En síntesis

Las actividades sincronizadas, como participar en un equipo de remo, bailar en grupo o tamborilear con los dedos de forma acompasada, aumentan nuestra generosidad, confianza y tolerancia hacia los demás.

Esos efectos de la sincronía responden a factores neurohormonales, cognitivos y perceptivos, y se relacionan con la liberación de endorfinas y la activación de las áreas de recompensa del cerebro.

Nuestra propensión a la sincronía nos permite establecer vínculos con muchas personas a la vez y crear grupos más grandes, lo cual pudo desempeñar un papel importante en la evolución humana.

Para salvar a cualquier miembro de su banda de música, Steve Marx no dudaría en lanzarse al tráfico de una autopista. Una afirmación así es más propia de antiguos compañeros del ejército que de músicos, pero Marx la utiliza para mostrar la intensidad de sus sentimientos hacia ese grupo. El director de la banda del Colegio de Gettysburg lleva más de veinte años formando parte de agrupaciones musicales, desde que iba al instituto, y afirma que «se crea un vínculo muy fuerte. Es como una familia». Todos van con sus uniformes a juego, instrumento en mano y marchando en perfecta armonía, ahora la pierna izquierda, luego la derecha, con movimientos y sonidos tan perfectamente sincronizados que los individuos se diluyen en el grupo. Lo que le cautiva no es tanto la música, admite. Para él, marchar tiene que ver sobre todo con la sensación de parentesco.

Muchas actividades grupales potencian nuestro sentimiento de pertenencia, pero las investigaciones muestran que hacer cosas de manera sincronizada puede generar vínculos sociales aún más fuertes y una mayor sensación de bienestar. Participar en un equipo de remo, bailar en grupo, cantar en un coro o simplemente tamborilear con los dedos de forma acompasada aumenta la generosidad, la confianza y la tolerancia hacia los demás, a menudo en mayor medida que las actividades más desordenadas. Incluso puede elevar nuestro umbral del dolor. Según Laura Cirelli, psicóloga de la Universidad de Toronto que investiga la sincronía, aún estamos empezando a comprender por qué los movimientos coordinados simultáneos aportan esa dosis extra de afinidad. Los potentes efectos que causan en nosotros responden a una combinación de factores neurohormonales, cognitivos y perceptivos. «Es una interacción compleja», señala Cirelli. También hay indicios de que tenemos una propensión a la sincronía que podría haber sido seleccionada en el curso de la evolución humana, en parte porque nos permite establecer vínculos con muchas personas al mismo tiempo, lo cual supone una ventaja para la supervivencia.

Los humanos no somos los únicos capaces de llevar a cabo actividades sincronizadas. Ciertos animales también lo hacen. Por ejemplo, los delfines mulares surcan el agua al unísono, y los machos de algunas especies de luciérnaga armonizan sus destellos. Los expertos en comportamiento animal sostienen que, igual que ocurre en los humanos, esas conductas coordinadas promueven diversos beneficios sociales, como el atraer a una posible pareja. Lo que nos distingue es que nuestra sincronía se manifiesta en una gran variedad de comportamientos, algunos de ellos organizados (grupos de oración, coros, desfiles militares o flashmobs) y otros espontáneos, como cuando los asistentes a un concierto dan palmas al ritmo de la música o una pareja que pasea por el parque acompasa sus pisadas. Algunos estudios han demostrado que dos personas que se sientan en mecedoras contiguas comenzarán a balancearse en paralelo de forma natural.

Marx atribuye su devoción por sus compañeros de banda a la sincronía, y los experimentos psicológicos han demostrado que esta clase de coordinación favorece los sentimientos de grupo. En un estudio, un equipo de la Universidad de Oxford separó a un conjunto de jóvenes colegiales en dos grupos, asignándoles petos naranjas o verdes. Esa vestimenta podía provocar divisiones entre los niños, pero los experimentadores les pidieron que bailaran juntos un rato de manera sincronizada. Eso hizo que los pequeños vestidos de verde y los de naranja estuvieran más unidos y jugaran más cerca unos de otros, en comparación con otros niños sometidos a una separación similar pero que bailaron descoordinados.

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