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El cáncer del diablo

Un tumor contagioso amenaza la supervivencia del diablo de Tasmania. ¿Podría aparecer también en humanos un cáncer transmisible?

MIKE SUDAL

Por las mordeduras amorosas que presenta en el cuello, deduzco que la joven hembra de diablo de Tasmania ha tenido hace poco un encuentro sexual. Las señales anuncian también algo siniestro: quizás el animal perezca antes de terminar de criar a su primera camada.

Estoy sentada en el suelo, mientras sostengo un ejemplar que he atrapado en el Parque Nacional Freycinet, en la costa oriental de la isla de Tasmania, una joya de la naturaleza en el sur de Australia. Allí conocí, en 2001, una enfermedad terrible que provoca tumores de gran tamaño y ulcerados en la cara de estos marsupiales (Sarcophilus harrisii); las excrecencias les dificultan la alimentación y suelen terminar con su vida a los seis meses de la infección. Hoy en día, la población de Freycinet casi ha desaparecido, lo mismo que sucede en la mayor parte del área de distribución de la especie. Detectado por primera vez en 1996, en el extremo nororiental de la isla, el cáncer ha reducido hasta un 95 por ciento las poblaciones de diablos en Tasmania. La enfermedad está abocando a la extinción a la especie, que habita únicamente en esta isla. Por suerte, la mayoría de tipos de cáncer no son contagiosos: en el autobús, podemos sentarnos junto a alguien sin miedo de contraer un tumor. Hay algunos tumores malignos que sí proceden de bacterias o virus. El virus del papiloma humano, por ejemplo, puede causar cáncer de cuello del útero. Pero lo hace al predisponer a las células de las mujeres infectadas a adquirir la enfermedad, no por la transmisión directa de células tumorales de una persona a otra. En el caso de la enfermedad de los diablos, las propias células cancerosas constituyen el agente infeccioso.

La rápida devastación de las poblaciones de diablos ha promovido la investigación del mecanismo de aparición del cáncer contagioso y las posibles estrategias para detenerlo. La comunidad científica y la población se preguntan si algún día ese tipo de tumores afectará a los humanos. La respuesta, al menos a corto plazo, parece ir a favor nuestro, aunque nuestra forma de proceder podría invertir la situación.

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