Un meteorólogo en la segunda planta

La estratosfera, considerada hasta ahora ajena a los fenómenos meteorológicos, ejerce una influencia notoria sobre los vientos y las temperaturas. Sus efectos se dejan notar en el invierno europeo y en los tifones asiáticos.

nasa

Desde que el Concorde ya no la surca a toda velocidad, se diría que nos hemos olvidado por completo de la estratosfera, la segunda capa de la atmósfera terrestre. Su límite inferior se encuentra muy por encima de nuestras cabezas: a ocho kilómetros de altitud en los polos y a dieciséis en el ecuador. Si bien la mayoría piensa que el tiempo meteorológico constituye un fenómeno exclusivo de la troposfera (la primera capa de la atmósfera), se trata de una creencia errónea.

En el tiempo y sus turbulencias participan anticiclones y borrascas, calmas y tempestades, y, sobre todo, el agua en toda su variedad de formas. En la troposfera, la temperatura disminuye con la altura. En cambio, en la estratosfera el termómetro se mantiene estable a 55 grados centígrados bajo cero desde el límite inferior de la capa hasta los 20 kilómetros de altitud; después, la temperatura asciende hasta casi alcanzar de nuevo los cero grados en el límite superior, a unos 50 kilómetros de altitud. Como resultado, el aire de la estratosfera forma capas estables, como el agua de un lago en verano. Ello reduce la mezcla vertical e impide que penetre el vapor de agua. La estratosfera es más seca que cualquier desierto. No existe en ella ninguna nube que enturbie el cielo.

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