El IPCC debe redirigir sus esfuerzos

Ya no hace falta demostrar que los humanos somos los causantes del cambio climático.

TYRA SCHAD

En 1988 se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), una iniciativa conjunta de la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con el propósito de asesorar a los líderes mundiales sobre los riesgos del cambio climático provocado por la actividad humana. En 1992 se delimitó más específicamente su finalidad, pues la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático definió el concepto de «interferencia antropogénica peligrosa» (IAP) en el sistema climático. Se solicitó a la comunidad científica que concretara qué nivel de cambio climático constituiría una IAP y evaluara sus posibles consecuencias. El pasado mes de agosto, uno de los tres grupos de trabajo del IPCC publicó su sexto informe global. Un medio de comunicación lo calificó de «devastador»; otro lo describió como «sombrío». El aspecto crucial reside en que el documento confirma que la magnitud actual del calentamiento —por encima de un grado Celsius— ha rebasado el umbral de IAP.

El informe se divulgó en un verano catastrófico, azotado por incendios e inundaciones, durante el cual cualquier observador normal pudo presenciar cómo los efectos del cambio climático se manifestaban en tiempo real, lo que sin duda contribuyó a acrecentar el interés de los medios de comunicación y el público. Sin embargo, para quienes hemos seguido el tema, no descubría nada nuevo. Ya en el año 1995, el IPCC concluía que el efecto humano en el sistema climático era «perceptible». En 2001 el grupo nos advertía de que podrían producirse cambios «abruptos e irreversibles»; y en 2007, el calentamiento atribuible principalmente a causas humanas era «inequívoco» y estaba acelerando de manera apreciable la pérdida de los glaciares de montaña y de las capas de hielo terrestre, lo que a su vez contribuía a un ascenso significativo del nivel del mar. Ya existían pruebas sólidas de que los fenómenos meteorológicos extremos se estaban intensificando y de que el calentamiento y la acidificación de los océanos amenazaban el futuro de los arrecifes de coral y otras formas de vida marina. Lo novedoso del último informe del IPCC radicaba no tanto en los aspectos científicos como en el tono en el que estaba redactado. En el pasado, los expertos del IPCC habían hecho lo imposible por mantener la calma y no exagerar la situación. Sin embargo, en el último informe se adoptaba un tono alarmista, lo cual no es criticable, pues cuando los hechos resultan inquietantes, parece lógico no solo alarmarse, sino también transmitir esa inquietud a los demás.

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