Reciclaje radiactivo

Una bacteria común podría ayudar a gestionar los residuos nucleares.

THOMAS FUCHS

Como es bien sabido, los reactores nucleares generan residuos radiactivos que deben almacenarse bajo tierra durante miles de años, lo que supone un coste y esfuerzo considerables. Sin embargo, según un artículo publicado en Journal of the American Chemical Society, una proteína sintetizada por un microorganismo común quizá ayude a aliviar esta peligrosa carga.

Dos de los componentes más problemáticos de los residuos nucleares son el americio y el curio: metales con isótopos particularmente longevos que se desintegran mucho más despacio que el uranio, por lo que su control ha de prolongarse durante miles de años. Además, debido a la cantidad de calor que irradian, los contenedores que albergan estos residuos deben enterrarse con cierto distanciamiento. Según Joseph Cotruvo, bioquímico de la Universidad Estatal de Pensilvania, es fundamental que se aíslen de la forma correcta para proteger a las personas y al entorno. «Es un problema enorme que estos elementos acaben circulando libremente, aunque sea en cantidades ínfimas», señala el experto.

En 2018, Cotruvo y sus colaboradores hallaron que Methylorubrum extorquens, una bacteria inocua que suele crecer en el suelo y en las plantas, sintetiza una proteína denominada lanmodulina. Su función consiste en absorber metales presentes en la naturaleza, normalmente del grupo de los lantánidos, a fin de impulsar el metabolismo del microorganismo.

Más tarde descubrieron que la lanmodulina se unía fuertemente al americio y al curio. No solo eso, sino que los prefería a muchas de las sustancias habituales. Además, el enlace era miles de veces más estable que el que suele establecer con el siguiente pretendiente molecular más fuerte. Por ahora los autores no están seguros de si la lanmodulina producida por la ubicua M. extorquens atrae o dispersa de forma natural los iones de americio y curio que ya existen en el ambiente, como los liberados por las pruebas atómicas y las fugas de residuos.

Los investigadores proponen integrar la proteína en filtros de radiación a fin de extraer estos metales radiactivos de larga duración. A continuación podrían aislarse por separado, lo cual reduciría el volumen del material para el que se requiere una vigilancia y un distanciamiento prolongados. Como alternativa, Cotruvo sugiere que el americio y el curio así capturados se reciclen y vuelvan a incorporarse al combustible nuclear. Según Gemma Reguera, microbióloga de la Universidad Estatal de Michigan que no participó en el estudio, se da la feliz coincidencia de que una molécula creada por una bacteria puede ayudar a desarrollar instrumentos para rastrear y recuperar contaminantes peligrosos: «Es como un juguete», comenta. «Las posibilidades son innumerables.»

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