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1 de Marzo de 2017
Biopsicología

El cerebro se acostumbra a la deshonestidad

La amígdala, responsable de que tengamos mala conciencia al mentir, reduce su actividad cuando contamos falsedades de manera continua.

ISTOCK / IMOOOUN

Cuando se miente con frecuencia, las mentiras se tornan más grandes con el tiempo. El propio cerebro delata esta tendencia, según han publicado Neil Garrett, del Colegio Universitario de Londres, y otros científicos en la revista Nature Neuroscience.

Para su estudio, los científicos presentaron un tarro lleno de monedas a 80 participantes mientras yacían en el escáner cerebral. Los sujetos debían estimar cuántas monedas contenía el recipiente y comunicarle la cifra a su compañero. Cuanto más exacto era el número que indicaban a la pareja, más dinero ganaban los dos al finalizar la serie de rondas.

A continuación, los investigadores propusieron otras variantes de la prueba a los sujetos. En una de ellas, podían obtener más dinero a costa del compañero si le indicaban una cantidad demasiado elevada. Se observó que los probandos que se encontraban en el escáner inflaban la cifra a medida que transcurría el juego. Su engaño iba in crescendo en beneficio propio.

Las neuroimágenes arrojaron luz sobre esos resul­tados. Al inicio del experimento, la amígdala de los ­sujetos que mentían conscientemente presentaba una fuerte actividad. Pero, cuanto más mentían, más se atenuaba la señal. Incluso presentaba un descenso ­notable cuando la mentira era desmesurada.

La amígdala desempeña un papel importante en la valoración emocional de las circunstancias. Entre otras funciones, es corresponsable de la aparición del temor, motivo por el cual se la suele denominar «centro cerebral del miedo». Cuando mentimos en beneficio propio, la amígdala se encarga de que tengamos mala conciencia con el objetivo de limitar la envergadura de nuestros embustes, sugiere Tali Sharot, otra de las autoras del estudio. Pero cuando contamos una mentira tras otra, la amígdala atenúa progresivamente su actividad, de modo que dejamos de sentirnos tan culpables. Ello nos permite mentir cada vez con más descaro. Al parecer, en la deshonestidad, la práctica hace al maestro.

Fuente: Nature Neuroscience, dx.doi.org/10.1038/nn.4426, 2016

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