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1 de Marzo de 2014
Psicología

La envidia

¿Quién no ha envidiado alguna vez al jefe, a la hermana o al amigo? Sentirse envidioso es normal; incluso puede favorecer la propia motivación. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando este sentimiento se desborda?

CORBIS / ROY MCMAHOM

En síntesis

La envidia constituye una emoción natural. Nos avisa cuando estamos en desventaja con respecto a los demás.

Aunque puede inducir pensamientos maliciosos y destructivos, también estimula el esfuerzo.

La intensidad con la que se manifiesta la envidia depende de cuán bien se mantenga bajo control. El agotamiento mental, el estrés agudo y el alcohol pueden acentuar los sentimientos envidiosos.

Toda persona conoce la sensación punzante que asalta cuando alguien posee alguna propiedad que le gustaría para sí: sea el cariño que el padre profesa por la hermana pequeña, el bagaje intelectual de un amigo, la nueva bicicleta eléctrica del vecino o las vacaciones que disfrutarán en breve el jefe y su esposa. Incluso puede experimentarse envidia en el restaurante, pues el comensal de la mesa contigua ha escogido un entrante con un aspecto más suculento que el que hemos seleccionado nosotros.

A diario se presentan múltiples ocasiones para comparar las propias pertenencias, experiencias y cualidades con las de otros semejantes. Y esta comparación resulta dolorosa si se sale perdiendo. Aunque nos cueste admitirlo, la emoción que experimentamos en esos momentos es la envidia.

¿Por qué pueden importarnos tanto las cualidades triviales de otros individuos? ¿De qué manera influye la envidia en el pensamiento y la conducta? ¿Cuándo se manifiesta este sentimiento con mayor intensidad? Según recientes estudios, esta emoción nos permite percibir la propia inferioridad con el objetivo de contrarrestarla. Sin embargo, también presenta un lado oscuro: los impulsos envidiosos pueden provocar que se hostigue a los congéneres o que se profese una conducta asocial. Con todo, a veces sirve de estímulo para superarse.

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