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  • Mayo/Junio 2017Nº 84
Libros

Reseña

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Etología

Inteligencia aviar.

Menear

BIRD BRAIN: AN EXPLORATION OF AVIAN INTELLIGENCE
por Nathan Emery
Ivy Press, Lewes, 2017


Pese a una larga tradición de investigación sobre navegación, impronta en los polluelos o aprendizaje del canto, los científicos han venido evitando el término «cognición» en sus juicios sobre las aves. Ello se debía, en parte, a la renuencia a concedérsela a cualquier animal y, en parte, a la especial anatomía del cerebro de las aves. Se daba por cierto que su sistema nervioso central carecía de lo que pudiera asimilarse a una corteza prefrontal y no cabía pensamiento en animales con plumas. Las aves, como los peces y los insectos, se movían por instintos.

La investigación científica eliminó de raíz tales prejuicios. Con ingeniosos experimentos, muy rigurosos y controlados, se puso de manifiesto que las aves planificaban el futuro y poseían una teoría de la mente, entre otras habilidades cognitivas. En ese cambio ocupó un papel destacado el autor del libro, Nathan Emery. Apeló este a la evolución convergente para explicar las semejanzas de las aves con los primates y otros mamíferos dotados de cerebro poderoso. Uno de los primeros ejemplos fue Alex, el loro gris africano, capaz de unir material y color del objeto por el que se le preguntaba. Como recuerda Frans de Waal en el prólogo, aunque no se afirmara que Alex tuviera un lenguaje, respondía a preguntas que nadie podría responder si no poseyera un lenguaje. Notable fue asimismo el caso de Betty, el cuervo que fabricaba su herramienta con un alambre, doblándolo para formar un garfio. De ese modo podía agenciarse la comida sacándola de un tubo, lo que no podía acometerse con el alambre sin doblar.

La región crítica del cerebro de los mamíferos, en lo que a inteligencia se refiere, es la corteza prefrontal, alojada en la parte anterior del cerebro. A esa zona se le han atribuido una función en la personalidad, teoría de la mente, consciencia de sí mismo, resolución de problemas y tareas ejecutivas (planificación, flexibilidad y memoria operativa). Peculiaridades todas ellas indicativas del ser humano. ¿Poseen las aves una región equivalente a la corteza prefrontal? Los estudios sobre la conducta, conductividad neural, desarrollo y neuroquímica sugieren que la parte caudolateral del nidopallium, en la región posterior del cerebro, constituye el equivalente aviar de la corteza prefrontal. Ello convierte a la estructura del cerebro de los mamíferos mucho más afín a la de los mamíferos de lo que se había supuesto. Hasta la humilde paloma ha dado pruebas de realizar funciones ejecutivas antaño atribuidas en exclusividad a la corteza prefrontal.

Para los partidarios de la inteligencia animal, las limitaciones de las interpretaciones de los comportamientos basadas en castigo y recompensa, meramente instintivas, han dejado paso a las explicaciones cognitivas. Las aves evidencian una memoria prodigiosa de sucesos del pasado, toman perspectiva, planean, exhiben un empleo versátil de las herramientas, se reconcilian y experimentan empatía. Resuelven a menudo problemas con los que nunca se habían enfrentado, lo que pone de manifiesto su discernimiento de las circunstancias y un razonamiento causal.

Hay unas 10.000 especies de aves, de tamaño cerebral muy variable. Puesto que el tejido cerebral resulta muy caro (requiere unas 20 veces más energía por unidad que el tejido muscular), debe haber una enorme presión selectiva para que determinadas familias hayan invertido en grandes cerebros, pues la evolución no suele ser derrochadora. Si córvidos y psitácidos adquirieron un cerebro similar al de los primates, hechas las debidas correcciones en razón del tamaño corporal, no hemos de sorprendernos que posean una potencia mental similar a la de los monos, si no a la de los grandes simios.

Por inteligencia se entiende aquí la capacidad de resolver con flexibilidad los nuevos problemas sirviéndose de la cognición más que del aprendizaje y del instinto. De este modo, nos hallamos ante un comportamiento inteligente cuando se aplica la cognición fuera del contexto donde surgió. La inteligencia no es un mecanismo estereotipado, compartido por aves y humanos. El animal emplea procesos cognitivos que podrían valerse de la imaginación, pensando sobre objetos y acciones independientes de la observación inmediata, planeando el futuro o requiriendo una comprensión de las consecuencias (relación entre causa y efecto). Esos actos cognitivos pueden desplegarse de forma diversa en distintos contextos.

Las aves son pequeñas y ligeras porque, en su mayoría, pueden volar. Para volar eficientemente, consumiendo la cantidad mínima de energía, los huesos de las aves son huecos, ligeros y, sin embargo, muy fuertes. Todas las partes de las aves son pequeñas y ligeras, incluido el cerebro. Sin embargo, compensan su reducción de masa mediante unas estrategias curiosas. Por ejemplo, su cerebro genera nuevas neuronas cuando las necesitan. No todas las aves nacen iguales: las capacidades de resolver problemas que poseen cuervos y loros son mejores que las de palomas y pollos, por la plausible razón de que los primeros poseen un cerebro relativo mayor. Un cerebro mayor supone más neuronas. Pero debe haber algo más. De acuerdo con un estudio reciente, la densidad de neuronas en las aves es mayor que la de los mamíferos, primates incluidos. En córvidos y loros, la densidad de neuronas resulta particularmente elevada. Pavel Nemec, de la Universidad Carolina de Praga, y sus colaboradores, han medido el volumen cerebral de 28 especies y contado el número de neuronas. Observaron que las aves inteligentes, como los loros y las aves canoras, tienen un cerebro en relación con el tamaño corporal mayor, con una densidad de neuronas asimismo mayor, que las aves menos inteligentes, como los pollos. Una elevada proporción de neuronas se localizaban en el prosencéfalo, que controla las funciones cognitivas superiores. Esas densidades neuro­nales podrían contribuir a la inteligencia de las aves.

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