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  • Noviembre/Diciembre 2018Nº 93
Syllabus

Psicología

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FOMO o el miedo a perderse algo

Las redes sociales ofrecen la ventaja de mantenernos al corriente de lo que hacen nuestros congéneres. Pero ello puede provocar un problema: el temor de estar perdiéndose alguna vivencia imprescindible o de no gozar de una vida tan magnífica como los demás

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Estar al día de todo. No perderse nada. Las redes sociales abastecen a los usuarios de una infinidad de información actualizada, una prestación muy ventajosa. Pero solo a primera vista, puesto que también presenta un lado oscuro: las redes sociales pueden provocar el llamado síndrome FOMO, acrónimo de la expresión inglesa fear of missing out, es decir, «miedo a perderse algo».

Aunque el síndrome FOMO se antoja relativamente nuevo, en sí mismo es antiguo, quizá tanto o más que el refrán: «No se puede estar en misa y repicando». Por lo general, las personas tenemos que decidirnos por una opción a cambio de renunciar a otra. Pero ¿y si la actividad que descartamos resulta más interesante o emocionante que la que hemos elegido? ¿Y si nuestros amigos presumen al día siguiente de haber asistido a «la fiesta del año» y nosotros nos la hemos perdido porque preferíamos ir a otro evento, al parecer, menos divertido?

La preocupación de que los mejores acontecimientos sucedan sin la propia presencia desasosiega, sobre todo, a los jóvenes. Alrededor de un 40 por ciento de los adolescentes experimenta esa intranquilidad con frecuencia o de vez en cuando, según afirmaron participantes de esas edades y de habla inglesa en una encuesta de la agencia de publicidad multinacional JWT. En cambio, un escaso 11 por ciento de los encuestados mayores de 50años confirmó que ello les inquietase. Los investigadores atribuyen la diferencia entre unos y otros al valor que las generaciones más jóvenes otorgan a las redes sociales. De hecho, plataformas como Facebook, Instagram y Twitter favorecen el miedo a quedarse atrás. Precisamente, la función principal de tales aplicaciones consiste en facilitar al usuario el contacto con sus compañeros y amigos, ponerse al día recíprocamente y participar en la vida de los demás. También si se encuentra a largas distancias.

Las redes sociales exhiben una abrumadora cantidad de fotografías, mensajes y avisos. Prestaciones técnicas como el «deslizamiento infinito» permiten que siempre emerjan nuevos contenidos. Ello convierte a la abundancia de información en un arma de doble filo. El tiempo de vida es limitado, por lo que, inevitablemente, siempre nos perderemos acontecimientos formidables. Ello puede causar la impresión de que, comparada con la de los demás, la propia vida es sosa y triste.

El psicólogo Andrew Przybylski, de la Universidad de Oxford, fue uno de los primeros investigadores en estudiar este fenómeno. Sus análisis revelaron que ese tipo de preocupaciones afectan más a los jóvenes del sexo masculino; sobre todo, a aquellos que se sienten insatisfechos con su vida. Según Przybylski, el síndrome FOMO actúa como una suerte de bisagra entre la insatisfacción y el uso de las redes sociales: las personas que tienen la necesidad de contacto humano pero no logran satisfacer esa carencia, sienten un mayor desasosiego ante la posibilidad de perderse eventos o información importantes, por lo que pasan cada vez más tiempo conectados.

Por ahora se desconoce en qué sentido transcurre la cadena causal. ¿Utilizan más las redes sociales las personas que tienden al FOMO? ¿O fomentan las redes sociales el miedo a perderse algo? También es posible que se trate de una interacción, donde ambos factores se retroalimenten. En cualquier caso, parecen estrechamente unidos. Según halló Przybylski, cuanto más FOMO manifestaban los probandos, con mayor frecuencia usaban Facebook o plataformas similares por la mañana, al levantarse de la cama, o a la hora de acostarse. Incluso cuando conducían, hábito que comporta un gran peligro. Según un estudio de simulación con camioneros, usar el teléfono móvil mientras se conduce multiplica por 23 el riesgo de sufrir un accidente.

No obstante, las personas con un marcado miedo a perderse algo no tienen por qué utilizar su teléfono inteligente con mayor frecuencia que otros usuarios, según comprobó en 2016 Jon Elhai, psicólogo clínico de la Universidad de Toledo, en Estados Unidos. De todas maneras, a ellos les parece que el móvil les comporta más problemas. Así, a menudo les ofende que presten más atención a sus contactos virtuales que a la persona que tienen delante. También se quejan de las dificultades que supone no disponer de un teléfono inteligente y no estar localizables, aunque sea por unos momentos.

¿El móvil, una extensión de uno mismo?

Un experimento llevado a cabo por Russell Clayton, de la Universidad de Misuri, reveló que los usuarios habituales de teléfono inteligente se ponen nerviosos sin su dispositivo, incluso cuando solo se trata de un par de minutos. Los investigadores citaron a unos sujetos al laboratorio con la excusa de que querían analizar las prestaciones de un nuevo instrumento para medir la tensión arterial. Los participantes, ataviados con un cinturón electrónico, debían resolver un difícil ejercicio de búsqueda de palabras. Los experimentadores «confiscaron» el teléfono inteligente a los voluntarios la mitad del tiempo que duró la prueba, con la excusa de que podían interferir en la medición. Colocaron los dispositivos en una estantería a un metro de distancia, de manera que los probandos los veían. Mientras reflexionaban sobre la tarea que debían resolver, los científicos marcaron, a escondidas, el número de los móviles repetidas veces. Pero no les estaba permitido contestar a las llamadas. Todos los móviles eran teléfonos inteligentes, requisi­to imprescindible para la prueba, ya que permite cambiar su configuración de silencio a sonido sin tener que acceder a la pantalla.

A pesar de que el experimento duraba solo cinco minutos, los sujetos se inquietaron. En el momento de despojarles del teléfono móvil, la frecuencia de su pulso y presión arterial aumentaron de manera notable. Además, su rendimiento en la tarea disminuyó. En un cuestionario final, los participantes indicaron que habían experimentado ansiedad.

Con todo, el estudio presenta algunos sesgos metodológicos. Por un lado, se efectuó con solo cuarenta participantes, un número bastante reducido; por otro, los resultados no parecen concluyentes, puesto que el motivo de distracción de los probandos no tiene por qué ser forzosamente la imposibilidad de responder a la llamada. Se podían haber puesto nerviosos, por ejemplo, por el simple hecho de oír el sonido del móvil. Según infiere Clayton a partir de sus hallazgos, el teléfono inteligente se convierte en una especie de apéndice de la persona. Sin embargo, no existen pruebas sólidas que apoyen esta conclusión.

Por qué sus amigos son más apreciados que usted

El fenómeno FOMO se puede encontrar más allá de los teléfonos inteligentes y Facebook. A menudo, los medios de comunicación emplean el eslogan «No te lo pierdas» para anunciar novedades de la cartelera cinematográfica, de la programación televisiva o en anuncios publicitarios. Los libros también ejercen una presión similar con títulos como 1000 lugares que ver antes de morir o 1001 películas que debe ver en su vida, objetivos en los que, casi inevitablemente, se fracasará.

¿Qué ocurre cuando el miedo a perderse algo va en aumento? ¿Es posible combatirlo o protegerse de esa sensación? Martha Beck, socióloga, escritora de superventas estadounidense y quien conoce el FOMO de pri­-
mera mano, explica que este fenómeno se asienta, primordialmente, en el autoengaño. En un artículo que publicó el periódico Huffington Post, escribe: «La fabulosa vida que, al parecer, usted se está perdiendo no existe».

En parte, estos sesgos de percepción se sustentan en la arquitectura de las redes sociales. La denominada «paradoja de la amistad» nos hace parecer a nuestros ojos menos populares que los demás. Un usuario medio de Facebook tiene, en promedio, unos 190 «amigos», según una estimación de 2011. Pero un amigo de un usuario cualquiera dispone, de promedio, de 635 seguidores. Es decir, más del triple. En un principio, esta diferencia parece poco convincente. Pero se vuelve más comprensible si se considera que una persona con muchos contactos, tan solo por el hecho de su gran número de amistades, tiene más posibilidades de que se encuentre entre tus amigos. Dicho de otro modo, la paradoja surge porque la cantidad de seguidores que tienen los usuarios se distribuye según una ley de potencia más que a partir de una relación lineal. Así, usted puede tener la sensación de que la mayoría de sus amigos en la Red son más populares. Ello se debe, por así decir, a la naturaleza de la cuestión.

Nathan O. Hodas, del Laboratorio Nacional del Noroeste del Pacífico, postuló la «paradoja de la actividad». Anuncia que los propios contactos en las redes sociales son, por lo general, más diligentes que uno mismo. Junto con sus colaboradores, analizó la actividad de más de 3,4 millones de usuarios de la plataforma de microblogueo Twitter durante dos meses. El análisis reveló que alrededor de un 88 por ciento de estos era menos activo que el usuario a cuyo canal se habían suscrito. Ello podría deberse a que las personas más activas en Twitter acostumbran a contar con más seguidores.

Pero no se trata de la mera cantidad: también el tipo de mensajes consigue que, en ocasiones, la vida de los demás nos parezca más interesante que la nuestra. Al fin y al cabo, en las redes sociales se comparten los instantes más esplendorosos: el viaje durante las vacaciones, las fiestas más sonadas o los éxitos profesionales. «Juzgar las experiencias de los demás teniendo en cuenta la selección de estas imágenes es como orientarse con ayuda de unas gafas que solo muestran las cimas de las montañas», describe Beck. De este modo, resulta fácil olvidar que, desde hace tiempo, la vida cotidiana de muchas personas no transcurre con la emoción que puede inferirse a partir de su presentación virtual.

«La mayoría de nosotros invertimos gran parte del día buscando las llaves del coche», bromea Beck. Naturalmente, casi nadie compartiría este momento profano en las redes sociales. Su consejo: «Las imágenes que aparecen en la pantalla no deben considerarse como una vida de fábula que, supuestamente, pasa de largo ante nosotros».

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