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¿Por qué a veces nos ­despertamos poco antes de que suene el despertador?

ISTOCK/ALTAYB

La alarma del despertador está programada para que suene a las cuatro y media. Mañana no debemos perder el vuelo bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, antes de que el despiadado tono nos arranque de los brazos de Morfeo, nuestros ojos se abren. ¿Cómo sabe el cuerpo cuándo hay que despertarse?

El ciclo sueño-vigilia se encuentra fuertemente cimentado en nuestros genes; de hecho, siempre nos ha ayudado a sobrevivir. Cuando oscurece y nuestra capacidad visual disminuye, el entorno se vuelve más peligroso, y nos retiramos a un sitio seguro: antes eran cuevas; hoy son dormitorios bien climatizados. Durante el sueño, el cuerpo concentra su energía en los procesos de reparación y regeneración con el objetivo de estar preparado para afrontar el día siguiente. Para que ese período acontezca sin problemas, el ser humano desarrolló distintos relojes internos que funcionan en consonancia con el ritmo de claridad y oscuridad del exterior. Pero estos también pueden alternarse a lo largo de las veinticuatro horas del día.

El reloj principal de las personas se aloja en el cerebro. Se trata del núcleo supraquiasmático, el cual recibe la información sobre si es de día o de noche a través de los ojos. Esta diminuta estructura neuronal que se halla encima del cruce de los dos nervios ópticos (quiasma óptico) es la responsable, entre otras funciones, del transcurso rítmico de los mecanismos corporales. De este modo, el núcleo supraquiasmático transmite información sobre el día y la noche a la glándula pineal, la cual, mediante la producción de melatonina (hormona del sueño), prepara el resto del organismo para dormir.

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