Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Claire y Marion confinadas «fuera del tiempo»

En pleno confinamiento por la pandemia de COVID-19, dos mujeres acuden a mi consulta de psiquiatría en busca de ayuda: han perdido la noción del tiempo. Habituadas a que al día le falten horas para cumplir con sus obligaciones, ahora sienten que el tiempo se enlentece.

Getty Images / fcscafeine / iStock

Usted no es el único que se encuentra en casa. Mientras se escriben estas líneas, 3900 millones de personas han sido llamadas a permanecer en sus casas: alrededor del 50 por ciento de la población mundial. El confinamiento, como un aislamiento social generalizado, constituye una medida sanitaria indispensable para salir de la terrible situación de pandemia, pero también puede tener efectos colaterales en algunas personas vulnerables. Tanto entre mis pacientes habituales, que continúo tratando por teleconsulta, como en los que contactan de nuevas conmigo, observo una constante: la forma en que perciben, sienten y manejan el tiempo. He aquí dos ejemplos.

Marion, de 36 años, es soltera, no tiene hijos y trabaja como periodista especializada en arte y moda. Antes del confinamiento sufría ansiedad moderada. Vive sola. «Después del anuncio sobre el confinamiento, me sentí angustiada durante dos días. Estaba paralizada, perdida. Lloraba. No sabía lo que iba a ser de mí ni lo que me esperaba en el futuro. Entonces le telefoneé. Luego, poco a poco, relativicé la situación y me dije a mi misma que, al fin y al cabo, dispondría de más tiempo. Iba a ser capaz de terminar todo lo que tenía pendiente.»

¿Qué hago con mi jornada?

Pasado el momento de sorpresa y pavor ligado a la invasión de la COVID-19 en nuestras vidas —la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció el 25 de marzo que el nuevo coronavirus ponía en peligro la humanidad entera—, Marion sufrió un ataque de pánico. Presentaba fuertes crisis de angustia asociadas a una sensación de muerte inminente y de pérdida de control de sí misma. Dos días más tarde, se sentía mejor. «Experimenté una sensación de bienestar y de calma.»

Con rapidez, la cuestión del tiempo se convirtió en un problema para Marion, incluso en un enigma. «Tengo tiempo, todo el tiempo que quiero. Puedo hacerlo todo, pero al final ¡no hago nada! Cada noche constato amargamente que no he hecho nada en el día. Peor aún, después de varios días veo que no he avanzado ni un ápice en las cosas que tenía retrasadas. Eso me causa angustia. No sé lo que he estado haciendo todo el día», explica.

A simple vista, el caso de Claire, de 47 años, se antoja diferente al de Marion. Es madre soltera de una adolescente de 14 años, Aurora, con la que convive. Se encuentran confinadas en una casa con jardín. Claire es funcionaria. Con anterioridad sufría trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH). «Tanto mi hija como yo hemos vivido muy bien el anuncio del confinamiento. No tengo miedo a la COVID-19. Además, como trabajaba un día a la semana en casa, pensé que me sería fácil e incluso placentero. ¡Más tiempo, mayor libertad!»

Sin embargo, pasado ese corto período en que percibió la situación de manera positiva, la joven madre comenzó a desencantarse: «Desfasada, perdida, completamente confundida. No llegaba a nada. Perdí el control de las comidas. Miraba las series televisivas hasta altas horas de la madrugada y empecé a levantarme tarde. En ocasiones era Aurora la que me despertaba», recuerda.

Ausencia de la temporalidad

¿Por qué acontece esa «desorientación»? Porque esos puntos de referencias habituales, tanto para las actividades cotidianas como para el ritmo circadiano natural (que regula las fases de vigilia y sueño) han desaparecido. La propia Claire reconoce: «He perdido mi equilibrio. Tengo la sensación de no controlar nada, cuando simplemente no tengo nada que controlar, excepto mi trabajo».

Más allá de este sentimiento, compartido por ambas mujeres, el espacio del confinamiento y el distanciamiento social provocan la evaporación de la temporalidad que suele dictar nuestra vida social. Para mis dos pacientes, la relación con el tiempo se ha vuelto compleja, preocupante y, finalmente, insuperable, porque les resulta ininteligible. Esta referencia sibilina al tiempo ha conducido a una exacerbación de las dificultades y especificidades psicológicas de las dos mujeres; se podría decir que el confinamiento ha producido un efecto iatrógeno, que aunque es una medida necesaria y vital, puede agravar los síntomas de ciertos individuos.

Volvamos a Marion. Para esta joven, el tiempo siempre ha sido fuente de inquietud, estrés y ansiedad. Muy dinámica y apasionada, se reivindica como una mujer «multitarea», colocada bajo el yugo o incluso la esclavitud del tiempo. Siempre enfrentándose con imperativos y urgencias que la estresaban pero que, paradójicamente, buscaba. «Me pongo presión yo misma», afirmaba antes del confinamiento. «No tengo suficiente tiempo a lo largo del día. Debo gestionar mis actividades planificando y cronometrando las tareas que he de realizar». Con toda sinceridad admite: «Me planteo desafíos, y como con frecuencia los logro, me siento fuerte y poderosa. Mis amigos me dicen que me someto a imperativos a menudo imposibles de cumplir. ¡Pero llego!».

La vida de Marion estaba llena de numerosas actividades, principalmente profesionales, tanto en el campo de la moda como relacionadas con la organización de eventos y la escritura. Todas las llevaba a cabo fuera de casa, en la mesa de la redacción de su periódico o durante sus desplazamientos. Para ella, el confinamiento ha sido una experiencia brutal y angustiosa que ha amplificado el estado de estrés que estaba intentado dominar y domesticar.

El confinamiento, un espacio «intemporal»

En la actualidad, la relación de Marion con el tiempo se encuentra alterada, invertida. Si antes, cual una deportista de élite, efectuaba a diario un trabajo que requeriría la intervención de varias personas, ahora se encuentra desamparada, incluso desmoralizada por su falta de productividad. A pesar de que dispone de todo el tiempo necesario para alcanzar sus objetivos, no lo logra. Ya no es capaz de poner el tiempo al servicio de sus actividades. Antes del confinamiento no tenía ni podía elegir: debía cumplir su trabajo en un tiempo determinado. El confinamiento se ha convertido en una suerte de espacio «intemporal» que le resulta insoportable.

También para Claire la gestión del tiempo ha constituido siempre su gran preocupación, aunque de una forma diferente a la de Marion. Organizarse, planificar las ocupaciones, anticiparse y estimar el tiempo necesario para sus tareas eran habitualmente una fuente de decepción, frustración y ansiedad. «Con frecuencia lo aplazaba todo. Respondía siempre más tarde y no organizaba el tiempo como era necesario para ser eficaz.» Su tendencia «natural» a desorganizarse en el tiempo había mejorado antes del período de confinamiento; solo persistía el hábito de retardar las actividades cognitivas más costosas (entre ellas, las obligaciones administrativas en el trabajo).

Desde su «encierro», como ella lo denomina, salta nuevamente de una actividad a otra, sin perseverancia para alcanzar un término medio. «Al principio, cuando pasaba por un buen momento, me propuse arreglar mi casa. Tenía que poner algunas cosas en orden y hacer otros pequeños trabajos. Comencé con gran energía, pero no duró mucho. Todo lo que emprendo queda a medias, me distraigo, navego por Internet, me dejo arrastrar. Después me deprimo». Claire sufre los mismos trastornos que antes del confinamiento. Alterna períodos de hiperactividad con otros de hipoactividad.

Tres formas de tiempo que se solapan

¿Qué nos aportan estos dos casos clínicos sobre la problemática del tiempo? Aunque, quizá, primero haya que preguntarse: ¿qué es el tiempo? La palabra proviene del latín tempus («momento», «instante»), pero comparte raíz con temmein («cortar»), término griego que hace alusión a la división del curso del tiempo en elementos finitos. Asimismo, se asocia con los vocablos chronos (para los griegos define «una duración») y kairos («momento oportuno», «ocasión»). Así pues, el tiempo representa tanto la duración como los momentos, los cambios y las rupturas que la conforman.

En otro nivel, pueden distinguirse tres formas de tiempo: el tiempo biológico (una especie de reloj interno que depende de la naturaleza, del ritmo circadiano, entre otros factores, y que debe permanecer estable), el tiempo construido (pragmático, cuantificado, el que marca el ritmo de nuestras actividades sociales, familiares, profesionales y que casi ha desaparecido en la situación actual de las dos mujeres) y el tiempo íntimo (ontológico, que se siente). El filósofo Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) describía este último del siguiente modo: «No es un objeto de nuestra sabiduría, sino una dimensión de nuestro ser».

En el período de confinamiento debido a la COVID-19, los tres tiempos se superponen, de ahí las percepciones confusas. ¿Deberíamos mantener un tiempo pragmático basado en nuestras obligaciones sociales para evitar cualquier desfase? ¿O nos dejamos llevar por un tiempo más natural? ¿Y qué hacer con ese tiempo íntimo, subjetivo, perturbado y perturbante que describen Claire y Marion? «La horas parecen estirarse, pero al final no hago nada porque pasan demasiado rápido», explica Marion. Claire añade: «Me da la impresión de que los días ­transcurren lentamente, pero está claro que no tengo tiempo para nada y que las horas vuelan».

Cuando la temporalidad se enlentece

Ese tiempo íntimo, oscilante entre la lentitud y la rapidez, desorienta a las dos pacientes, quienes definen muy bien la importante brecha entre su percepción del tiempo (una experiencia subjetiva) y lo que hacen con él. Este desfase puede explicarse con los estudios de Sven Thönes y Daniel Oberfeld, de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia. En una investigación publicada en 2015 subrayan que las emociones negativas asociadas a la ansiedad y a la depresión, como las que sienten Marion y Claire, con frecuencia modifican la percepción del tiempo en forma de alargamiento, como si la temporalidad se enlenteciera. Marion lo evoca a la perfección: «En ciertos momentos, el tiempo pasa muy lentamente, sobre todo cuando estoy estresada o tengo ideas oscuras». El estado depresivo a través del enlentecimiento psicomotor entraña también una bradipsiquia, es decir, un encadenamiento lento de las ideas y una fatigabilidad que da lugar a una percepción negativa del tiempo, el cual no transcurre. Un elemento «emocional» que es importante tener en cuenta en el período de confinamiento.

Asimismo, el tipo de actividad desempeña un papel, ambiguo, sobre la percepción del tiempo. Resulta fácil comprobar que una tarea enojosa lo enlentece mientras que una tarea apasionante lo acelera. Por otro lado, las rutinas o actividades familiares requieren menor atención, por lo que el tiempo pasa mucho más deprisa. Por el contrario, ejecutar actividades nuevas e inusuales favorece un enlentecimiento en la percepción del tiempo y moviliza nuestros recursos cognitivos. En el confi­namiento se deben considerar los efectos de las actividades para gestionar mejor la relación con el tiempo.

Resumiendo, el confinamiento nos coloca en un estado intermedio entre la pausa y la agitación, un intermedio desagradable en el cual nuestras referencias son barridas al interior del «yo mismo». Este estado marginal se relaciona con los estados liminares que el antropólogo Arnold Van Gennep ha identificado como las fases esenciales y fundacionales de los ritos de tránsito: la fase de separación, durante la cual el individuo se halla aislado de su entorno y trajín de actividades cotidianas; la fase de liminaridad (del latín limen, «umbral»), de transición entre dos estados o situaciones, y la fase de incorporación, que marca la reintegración en el entorno con unas características, una identidad y un estado modificados.

A partir del concepto de liminaridad proponemos, junto con Vanessa Oltra, de la Universidad de Burdeos, comprender la experiencia inédita del confinamiento tanto en el plano individual como en el colectivo. En la fase de liminaridad es donde acontecen los procesos desestabilizadores, pero también transformadores, de la persona y que pueden crear las condiciones de un cambio profundo y duradero. Este concepto nos explica lo que ha originado el confinamiento en Claire y Marion. Separadas de su entorno profesional y social y, en gran medida, de sus actividades cotidianas, exploran su respectivo espacio familiar en un contexto inédito y ansiógeno que las obliga a adoptar nuevas reglas de vida bajo pena de perder sus referencias y sentirse desorientadas.

Un período para la transformación

Abordar el confinamiento como una fase de liminaridad nos permite cambiar de percepción y considerarla como una experiencia de transición propicia a cambios profundos en nuestro modo de vida. Durante la cuarta semana de confinamiento, propuse un trabajo a Claire y Marion: las invité a utilizar el aislamiento como una ocasión reflexiva y terapéutica única.

Desde entonces, analizan el confinamiento como un «intermedio», lo que las estimula a emprender varias actividades: a diario, realizan una pausa y se cuestionan su vida liberándose de lo conocido y aceptando lo incierto (por ejemplo, deben poner en duda la manera en que se valoraban antes de la pandemia, modificar sus objetivos vitales a medio plazo y salir de la mecánica, lo cuantitativo y la productividad de la vida diaria para potenciar lo subjetivo, cualitativo, afectivo y creativo). Todo ello sin preguntarse continuamente cuánto tiempo durará el confinamiento. Se trata, sobre todo, de experimentar, aprender y desarrollar nuevas estrategias psicológicas vinculadas con la gestión del tiempo y las actividades fundamentales que les resultaran beneficiosas y provechosas después del confinamiento.

Por tanto, en el caso de estas dos pacientes he puesto en marcha estrategias que secuencian sus actividades para que focalicen, o incluso «hiperfocalicen», su atención en una sola actividad por un tiempo breve. También hemos desarrollado una planificación razonada (o priorización) de sus tareas y les he prescrito ejercicios cotidianos de relajación y de consciencia plena que deben practicar a una hora determinada, con el objetivo de equilibrar su día a día a través de un ritmo preciso y motivador. Así, Marion ha introducido en su casa nuevas prácticas como si fueran rituales: sesiones de meditación, de sumi-e (pintura japonesa «a la tinta») y de escritura narrativa, entre otras. Ambas pacientes se van acostumbrando, poco a poco, a la nueva situación y a sus nuevas funciones al margen de todo aquello que las podría caracterizar antes y contra una referencia temporal dictada por el rendimiento y el pragmatismo.

PARA SABER MÁS

Accélération: une critique social du temps. Hartmut Rosa. La Découvert, 2013.

Time perception in depression: A meta-analysis. Sven Thönes y Daniel Oberfeld en Journal of Affective Disorders, vol. 175, págs. 359-372, 2015.

Le confinament comme phase de liminarité pour penser l’après Covid-19. V. Oltra y G. Michel en The conversation, 25 de abril de 2020.

 

Encuentra aquí todos los contenidos de Investigación y Ciencia sobre la pandemia de COVID-19. También puedes acceder a los artículos publicados por Scientific American y otras de sus ediciones internacionales a través de esta web.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.