Más allá de la teoría de la mente

Nuevos modelos desde la lingüística cognitiva.

Language and social minds
The semantics and pragmatics of intersubjectivity
Vittorio Tantucci
Cambridge University Press, 2021
206 págs.

 

La idea de que nuestros actos lingüísticos nos ubican socialmente no es nada nueva: de hecho, nuestro idiolecto nos delata doquiera que vayamos. Así, al menos en nuestra lengua materna, somos capaces de detectar con más o menos precisión el origen geográfico de nuestro interlocutor, o su nivel sociocultural. Las jergas caracterizan a los hablantes, les identifican como miembros de grupos y estratos sociales, o como pertenecientes a gremios u oficios concretos. No obstante, la propuesta de Vittorio Tantucci en Language and social minds persigue un enfoque bidireccional más amplio y arriesgado: ser miembro de un grupo social concreto no solo influye en la semántica y la pragmática de los actos comunicativos, sino incluso en la estructura gramatical de nuestras producciones lingüísticas.

La hipótesis del cerebro social ha ido sumando evidencias neurocientíficas en las últimas décadas [véase «Teoría de la mente», por Luis Alonso; Mente y Cerebro, n.o 62, 2013], pero todavía falta conectar la base neurológica, interna, con la producción lingüística, externa. Tantucci navega forzosamente entre estas dos aguas, en varios niveles. Así, colapsa en su modelo el conflicto del tránsito entre lo individual y lo colectivo, como no puede ser de otra manera en el fenómeno de la comunicación; se enfrenta a la dicotomía entre lo cualitativo y lo cuantitativo, propia de los enfoques actuales de la lingüística, en los que las teorías no pueden suministrar meros ejemplos y quedarse sin explicar los ingentes datos disponibles; y, por último, quizá sin ser consciente de ello, está abordando el dilema de la comunicación entre humanos y máquinas, al explorar la necesidad de socialización, o cómo influye una socialización diferente en la comunicación, cuando aplica su modelo a los trastornos del espectro autista.

¿Hay dentro de la propia especie humana procesos alternativos de socialización, que ahora estamos calificando como trastornos, simplemente porque son minoritarios? ¿Podrá programarse en una máquina una mente social? Son cuestiones pendientes para la lingüística cognitiva que nos sugiere Tantucci. Jakob Von Uexküll propuso que todos los seres vivos poseen una particular umwelt, o entorno perceptivo al que asignar significados, de modo que existe una base semiótica propia de cada especie, que se modifica según la experiencia individual. Aunque alejado de este enfoque biosemiótico, Tantucci plantea en su teoría una relación de gradiente (dentro, por tanto, de un continuum), entre la semántica individual («orientada a metas egocéntricas») propia de los significados literales de los actos lingüísticos (de mera «co-acción»), y un contexto pragmático segmentado en dos niveles: el nivel intersubjetivo inmediato (I-I), que incluiría tener consciencia del interlocutor específico al que nos dirigimos, y el nivel intersubjetivo extendido (I-E), en el que podemos sofisticar nuestras palabras al hablar, basándonos en las interpretaciones sociales y los convencionalismos propios del entorno cultural.

Tantucci defiende así la trazabilidad de la teoría de la mente o, dicho de otro modo, que en el lenguaje se encuentran las pistas necesarias para comprender el fenómeno de la intersubjetividad. Nos comunicamos intencionalmente porque asumimos que hay un receptor allá fuera, que existe y que nos va a comprender, de modo que podemos hacer predicciones sobre el entorno, e incluso manipular el mundo físico y social mediante el lenguaje.

Tantucci parte de las asunciones de Michael Tomasello en Becoming human: a theory of ontogeny (Harvard University Press, 2019), respecto a la base necesaria de la intencionalidad individual de la comunicación humana, compartida con los grandes simios. Asume que normalmente la teoría de la mente despega ontogenéticamente entre los tres y los cuatro años, con un marcado componente de aprendizaje emocional y social. Así, la intersubjetividad lingüística se va sofisticando con la edad, de modo que los niños pasan de considerar solo el aquí y ahora, la inmediatez infantil, para ir empatizando progresivamente con el interlocutor y adquirir consciencia de la intersubjetividad inmediata. Finalmente, se construye una mente social general, propia de la intersubjetividad extendida, al comprender los sutiles detalles contextuales de la comunicación humana: aventuramos qué saben nuestros interlocutores, qué conocen y piensan, cuándo pretendemos quedar bien con ellos o, simplemente, mentirles con éxito.

Este proceso, gradual para Tantucci, se traduce en un aumento diacrónico de la polisemia. Lo experimentamos al aprender significados nuevos de palabras conocidas. Se añaden a los significados «oficiales» de las palabras miríadas de matices, muy importantes en la comunicación y, por supuesto, relevantes en los vínculos sociales que establecemos y que nos definen. Por tanto, Tantucci apuesta por la polisemia como una herramienta operativa de análisis, de manera que defiende que a los elementos lingüísticos se van añadiendo nuevos significados diacrónicamente (semasiología) a través de la interacción social espontánea repetida, con potenciales giros intersubjetivos que promueven los nuevos usos idiomáticos de las palabras.

Aunque Tantucci reconoce que una metodología basada en corpus es la que brinda la oportunidad de establecer «un continuo de grano fino» de las habilidades intersubjetivas de los hablantes, sorprende que no haga en ningún momento referencia a grandes estudios longitudinales como el Human Speechome Project (HSP) del MIT, en el que Deb Roy monitorizó los primeros años de vida de su propio hijo, superando con creces la cantidad de datos lingüísticos para un solo niño de repositorios como CHILDES, de donde por cierto Tantucci extrae algunos ejemplos. El propio Brian MacWhinney, psicolingüista creador de las bases de datos CHILDES y Talkbank, reconoció en su día que «cada vez más, es la tecnología la que impulsa la ciencia».

Proyectos como HSP han demostrado que determinar el contexto pragmático del «nacimiento de una palabra» (título de la famosa Ted Talk de Deb Roy) es algo tecnológicamente posible en la actualidad, aunque por supuesto sea costoso económicamente (no todo el mundo juega con los presupuestos del MIT). En definitiva, teorías como las expuestas por Tantucci deberán ser contrastadas empíricamente mediante la potencia computacional de la ciencia de datos. El mito de la «pobreza del estímulo» hace años que está superado.

En este sentido, Tantucci cita a los investigadores de la Universidad de Lancaster, Jonathan Culpeper y Mathew Gillins, que en su artículo de 2019 Pragmatics: Data trends en Journal of Pragmatics auguraron que el futuro de la pragmática pasa ineludiblemente por la ciencia de datos. Se deberá ir un paso más allá, pues habrá que modelizar esas ingentes cantidades de datos: la lingüística cuantitativa está emergiendo como eslabón fundamental entre la lingüística tradicional y la computación, pura y dura, de datos lingüísticos.

En la era de las deepfake («falsificaciones profundas») generadas con inteligencia artificial (IA), más allá de los vídeos e imágenes falsos con los que nos engañan las redes sociales, la generación y análisis de datos lingüísticos en tiempo real es otro de los caballos de batalla de la tecnología actual. Sin ir más lejos, en mayo de 2021 los investigadores de IA de Facebook y Google han desarrollado con éxito un potente sistema de reconocimiento automático de voz no supervisado, es decir, sin transcribir las señales ni etiquetar previamente los datos. Y tras el reconocimiento vendrán el análisis semántico y pragmático.

Pese al reciente éxito de los sistemas lingüísticos no supervisados, no debemos equivocarnos: trabajos como los de Tantucci son fundamentales para construir la ciencia lingüística del siglo XXI. ¿Cómo si no programar las máquinas para que aprendan solas?

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