Sesgos de juicio

Con frecuencia, se afirma tener un sexto sentido para las personas. ¿Existe tal don? Desde la psicología se explora por qué razón creemos que sabemos cómo son los demás y qué métodos pueden ayudarnos a evitar estas distorsiones.

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En síntesis

La creencia de valorar de manera adecuada a la persona que nos acaban de presentar puede explicarse a partir de una serie de sesgos cognitivos.

De manera inconsciente, seleccionamos y procesamos las informaciones que se corresponden con nuestras expectativas. Al volver la vista atrás, también corregimos el recuerdo de nuestras predicciones.

Si ponemos en duda las primeras valoraciones y tenemos en cuenta esta tendencia, podremos ajustar los juicios que hacemos de los demás.

Muchas personas aseguran que poseen una gran intuición para saber de antemano cómo es otro sujeto. Y, lo que es más, casi nadie sostiene lo contrario. Rara vez se oyen afirmaciones como: «A menudo me equivoco acerca de los demás». ¿Resulta realmente tan sencillo reconocer sin tener un verdadero conocimiento de ello si una persona es presumida, superficial o bondadosa? ¿O nos imaginamos su manera de ser?

Existen una serie de sesgos de juicio a los que todos estamos sujetos, queramos o no, cuando valoramos a otro congénere; incluso cuando juzgamos nuestras propias habilidades. Si conocemos el funcionamiento de esta tendencia, podremos reconocerla en nuestro día a día y así contrarrestarla.

Esos sesgos de juicio emergen sobre todo en un ámbito de nuestra esfera mental: la metacognición, es decir, la reflexión introspectiva que realizamos sobre el propio conocimiento y las propias capacidades. Los científicos saben desde hace algún tiempo que los humanos cometemos, con frecuencia y de manera inconsciente, errores metacognitivos de juicio. En la década de los ochenta del siglo XX, los psicólogos comenzaron a poner en duda la corriente que imperaba por entonces; se pensaba que lo normal era tener una percepción muy realista, condición imprescindible para mantener la salud mental. Un número creciente de estudios mostraron ya por entonces que incluso las personas integradas en la sociedad y consideradas «normales» vivían una serie de ilusiones positivas que transformaban su autoimagen de manera optimista. Una tendencia que parecía objetivamente necesaria.

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