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1 de Mayo de 2016
Memoria

El peso de la memoria autobiográfica

La historia personal que almacenamos en la memoria forma nuestra identidad. Pero ¿qué experiencias son las que más nos marcan?

ISTOCK / LILIGRAPHIE

En síntesis

La memoria autobiográfica abarca los acontecimientos, pero también los sentimientos y cono­cimientos sobre nosotros mismos. Estos recuerdos forman nuestra identidad.

La capacidad de describir la propia biografía se desarrolla durante la infancia y la juventud. En torno a los 40 años, las personas cavilan menos sobre su personalidad; la autoimagen se estabiliza.

La mayoría de los recuerdos positivos de la vida se refieren a la adultez temprana. Los negativos emergen sobre todo del pasado más reciente.

¿Qué sería una boda o un cumpleaños sin una mirada al pasado? Los familiares cuentan anécdotas y muestran fotografías; los amigos de toda la vida explican vivencias compartidas. Pero no solo recordamos episodios pasados en ocasiones especiales; también lo hacemos a diario. Como el marido que le comenta a su esposa: «Imagínate qué me ha sucedido hoy». O la madre que confiesa a su hija: «La primera cita con tu padre fue un desastre».

Recordar y explicar van de la mano. Y no es esencial describir los hechos con todo detalle. En vez de eso, solemos contar lo que sentimos y pensamos en esa ocasión y si la experiencia nos llevó a vivir otros acontecimientos igual de inolvidables.

Por lo general, cuando se pide a una persona que explique su vida, inicia la historia por el día en que nació. Sin embargo, difícilmente nos acordamos de los primeros años vividos. En 2012, el equipo de Patricia Bauer, de la Universidad Emory, demostró que los niños memorizan mal sus vivencias; también las olvidan con facilidad. Esta «amnesia infantil temprana» acontece, por lo común, a la edad de tres o cuatro años.

De todos modos, las personas somos capaces de explicar nuestra biografía completa, también cuando las descripciones de la más tierna infancia provienen de los recuerdos de otros familiares. Elizabeth Loftus, de la Universidad de California en Irvine, ha demostrado en diversos estudios que, de esta manera, se crean recuerdos «adornados» e incluso falsos. Pero mirar hacia atrás no solo sirve para relatar hechos, sino —sobre todo— para plasmar la propia identidad. Esta se forma y consolida gracias a las vivencias del pasado y del presente, así como a partir de sentimientos, pensamientos y puntos de vista. Cuando hablamos del pasado, siempre revelamos un poco quiénes somos.

Con todo, las personas aprendemos relativamente tarde a narrar acontecimientos autobiográficos. Por lo común, sucede en situaciones familiares. Por ejemplo, cuando los diferentes miembros de la familia se reúnen e intercambian recuerdos mientras contemplan juntos fotografías de las vacaciones veraniegas de hace unos años. De ese modo, los niños se percatan de que los padres o hermanos se acuerdan de una misma experiencia desde distintos puntos de vista. Estas anécdotas, además de recoger informaciones sobre el cuándo y dónde, contienen sentimientos y valoraciones subjetivas

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