La tramoya en tiempos victorianos

En el siglo XIX, el espectáculo consistía en una curiosa mezcla de innovación técnica y creencias sobrenaturales.

CORBIS

El 24 de diciembre de 1862 se estrenaba en la Institución Politécnica Real de Londres una nueva adaptación teatral de la quinta y última novela navideña de Charles Dickens (la primera había sido su Cuento de Navidad). En el relato El pacto con el fantasma, William Redlaw, un profesor de química, viejo y gruñón, pide que le sean borrados todos los malos recuerdos. Un fantasmal sosias suyo le concede el deseo pero, a la vez, condena a todas las personas que interactúen con Redlaw a sufrir su misma suerte.

El público asistente a la representación se llevó un buen susto: en lugar de ver a un fantasma «tradicional», es decir, a un actor de carne y hueso cubierto con una sábana, Redlaw se enfrentaba a una entidad incorpórea que se materializaba en escena y que parecía surgida de la nada. Los espectadores se mostraron atónitos. La obra, que llevaba más de diez años sin representarse en Londres, tuvo un éxito sensacional. El público, entusiasmado, llenó a diario las 500 localidades del Teatro de la Politécnica durante 15 meses consecutivos; un exitazo de 12.000 libras de entonces, unos 2 millones de euros de hoy.

Aquella aparición de ultratumba no era más que una ilusión escénica. Concebida por un ingeniero civil de Liverpool, Henry Dircks, y por el químico y divulgador científico londinense John Henry Pepper, recibió el nombre de «fantasma de Pepper». Aunque ambos creadores compartían la patente, todos los derechos económicos fueron concedidos a Pepper. Los inventores litigaron sobre méritos y precedencias de la invención durante un tiempo, hasta que al final se separaron.

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