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1 de Mayo de 2016
Neurobiología

Áreas parietales superiores, las grandes olvidadas

A pesar de la función esencial que ejercen las áreas superiores de los lóbulos parietales para coordinar cerebro, cuerpo y ambiente, y de sus notables cambios morfológicos a lo largo de la evolución humana, durante décadas han quedado fuera de los intereses principales de la neuroanatomía evolutiva.

Nuestro precúneo (rojo) es más grande que el de otros primates, diferencia que supone la principal disimilitud entre la morfología sagital del cerebro humano y chimpancé. [FRANCISCO JAVIER ROMÁN]

En síntesis

Los lóbulos parietales superiores incluyen dos áreas que ­quedan ocultas en el interior del volumen cerebral: el precúneo y el surco intraparietal. Desde hace poco se están investigando su ­estructura y sus funciones.

A través de la paleoneurología se ha comprobado que estas áreas han sufrido los cambios morfológicos más notables. Para ello se ha comparado la geometría cerebral de los humanos modernos con la de homínidos extintos.

El precúneo y el surco intraparietal son cruciales para la integración visuoespacial, por lo que destaca su función en la representación del yo en el espacio y el tiempo y para la simulación mental.

Alojados debajo de nuestros redondos y abultados huesos parietales (en la parte superior y posterior de la bóveda craneal), los lóbulos parietales conforman un conjunto neuroanatómico muy heterogéneo, tanto que se antoja, a la hora de describir sus funciones, como uno de esos cajones donde se guarda todo lo que sobra y que no encaja con el resto. En los humanos ocupan, en promedio, entre 120 y 135 centímetros cúbicos cada uno y representan el 25 por ciento del volumen de cada hemisferio cerebral. En los adultos, el volumen de los lóbulos parietales es, por lo general, inversamente proporcional al de los lóbulos frontales y temporales: en términos relativos, cuanto más grandes son los parietales, más pequeños son los otros dos.

Se componen de diversas estructuras, las cuales se suelen dividir de manera convencional en lóbulos (o lobulillos) parietales inferiores y superiores. Si bien las áreas inferiores llamaron pronto la atención de los investigadores por estar involucradas en aspectos cruciales del lenguaje y del cálculo, las superiores se quedaron en una tierra de nadie, en un lugar más apartado del interés de los neurocientíficos. Desde finales de los años noventa he coordinado diferentes líneas de investigación en colaboración con paleoantropólogos, neurobiólogos, psicólogos, médicos e ingenieros, para estudiar la organización y la evolución de las áreas parietales en el cráneo y en el cerebro humano, utilizando técnicas de anatomía digital y de morfometría computarizada. Los resultados apuntan a cambios evolutivos notables y a una variabilidad insospechada.

Los motivos del descuido

Existen, al menos, cuatro razones por las que las áreas parietales superiores han sufrido, a lo largo de décadas, cierto desinterés por parte de los investigadores. Primero­, participan en tantas tareas cognitivas complejas que resulta difícil aislar sus componentes sin meterse en una red de funciones y de procesos que cuesta tratar por separado. De hecho, se etiquetaron a lo largo de décadas con el término muy poco aclarador de «áreas de asociación». Segundo, son difíciles de comparar entre especies diferentes de primates. Esta variabilidad anatómica, en vez de llamar la atención de los biólogos evolutivos, se dio por hecho y se pasó por alto. Tercero, si las fronteras entre lóbulos cerebrales suelen ser a menudo aproximadas e inciertas, en el caso de los lóbulos parietales resultan todavía más borrosas. Cuando las técnicas digitales revolucionaron la neuroanatomía a finales del siglo pasado y se empezaron a medir y comparar volúmenes cerebrales en humanos y otros primates, las áreas parietales superiores acababan a menudo en un «bloque parieto-occipital», donde se ponían en la misma olla elementos muy diferentes y arduos de separar de manera objetiva a escala macroscópica. Cuarto y último, la mayor parte de las áreas parietales superiores quedan ocultas en la profundidad del cerebro. Se trata de dos pliegues: el precúneo y el surco intraparietal. Su posición ha dificultado en el pasado el estudio anatómico y la posibilidad de trabajar con estas áreas a escala experimental.

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