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Bases biológicas de los trastornos mentales

Un proyecto frustrado.

MIND FIXERS
PSYCHIATRY´S TROUBLED SEARCH FOR THE BIOLOGY OF MENTAL ILLNESS
Por Anne Harrington
W.W. Norton and Company, New York, 2019


La inquietud de saber no encuentra descanso en nuestro mundo académico y profesional hasta que no se da con las causas y mecanismos experimentalmente contrastados del fenómeno en cuestión, sea físico, químico, geológico o biológico. La contrastación empírica pide cuantificación, no mera descripción cualitativa. En el mundo de la medicina, la explicación es fisiológica, clínica; en la especialidad psiquiátrica, neurológica. La terapia de las enfermedades psiquiátricas ha sido la búsqueda de los mecanismos biológicos subyacentes que permitieran acotar mejor la creación del fármaco adecuado para tal diana.

Mind fixers relata la historia de la búsqueda, en psiquiatría, de las bases biológicas de las enfermedades mentales y plantea la cuestión del camino a tomar en el futuro. Su autora, Anne Harrington, prominente historiadora de neurociencia, conocida por otras dos obras de reconocida solvencia en el campo, Reenchanted science y de The cure within, enseña esa materia en la Universidad Harvard. La búsqueda de la que se habla está salpicada de tropiezos en los que se apoyaron freudianos y sociólogos para ponderar sus métodos específicos, mejores, decían, a la hora de analizar conductas y apuntalar las bases de los trastornos mentales. Se recogen aquí decenios de idas y venidas del fervor biológico en laboratorio y en clínica, que, no obstante, tuvo que compartir protagonismo con un repertorio amalgamado de factores sociales (inmigración, guerras, activismo asambleario y prejuicios sobre raza y género). Se sumaron, además, programas gubernamentales de administración de hospitales psiquiátricos públicos, enconadas rivalidades entre escuelas, lucro industrial y medios de comunicación. En su concepción, no es esta una historia aséptica de médicos, psicólogos y científicos, sino la historia permanente de un segmento importante de la humanidad.

Como todo libro innovador, aunque muy aplaudido, se ha visto rodeado de cierto conato de polémica. En las páginas de Nature, la reseñante del libro subrayaba la fragilidad de la epistemología de la psiquiatría, de su sistematización conceptual. Y también allí se apelaba a la historia. En enero de 1973, la revista Science publicó un artículo titulado «Estar sano en lugares insanos», firmado por David Rosenhan, donde se exponía que él y otras personas sanas habían acudido a una docena de hospitales psiquiátricos, pues habían oído voces obsoletas y extrañas, un síntoma que no se recogía en la bibliografía especializada. Cada uno de ellos fue diagnosticado de esquizofrenia o de psicosis maníaco-depresiva e ingresaron en los centros, hasta que confesaron la impostura. Cierto hospital dedicado a la investigación y a la enseñanza, tras enterarse del simulacro, declaró que a su equipo no le hubieran engañado. Retó a Rosenhan a remitirle pseudopacientes. Aceptó este el envite, pero no envió a nadie. Sin embargo, el hospital sostuvo que había identificado a 41 de ellos. La moraleja era obvia: los hospitales psiquiátricos no podrían reconocer ni las personas sanas ni las personas con enfermedades mentales. Y, en consecuencia, la psiquiatría del siglo xx daba palos de ciego.

El libro se organiza en tres partes, encabezadas por epígrafes significativos: relatos de médicos, relatos de enfermedades e historias (clínicas) inacabadas, unidas por un hilo conductor preeminentemente geográfico, la psiquiatría norteamericana. La parte I ofrece una exposición sintética del esfuerzo desarrollado a lo largo de más de un siglo, esfuerzo baldío, por definir su misión biológica. Unos esfuerzos trufados de racismo y sesgo de género en extensas partes de ese intervalo temporal. Las figuras de finales del xix (Theodor Meynert y Emil Kraepelin) que se celebran ahora como precursores de la revolución biológica presentaban un enfoque biologicista que la autora califica de estigmatizador. Los psiquiatras consideraban a los pacientes a su cuidado meros objetos de inquisición científica; en realidad, solo parecía importarles analizar su cerebro post mortem. Ese proyecto fracasó, no por los cantos de sirena del psicoanálisis, sino por la incapacidad de aportar luz alguna. En sus tanteos, iban del electrochoque a la esterilización o la cirugía. El psicoanálisis freudiano habría surgido como una crítica explícita a las teorías biológicas de la mente, a la eugenesia de comienzos del siglo xx, a las terapias éticamente cuestionables de las enfermedades neurológicas y al valor concedido al medio.

Durante cuatro o más decenios, en la psiquiatría estadounidense, los enfoques biológicos coexistieron con los no biológicos, una situación incómoda aunque apacible, merced al liderazgo del psicobiólogo hoy olvidado Adolf Meyer. A lo largo de los setenta del siglo xx, apareció un movimiento que acusó a los freudianos de connivencia con causas políticas inmorales, racismo, sexismo y, sobre todo, de falta de rigor. Los miembros de la facción biológica aprovecharon la coyuntura para presentarse como exponentes del rigor, el sentido común y la compasión. Y reivindicaron el papel de la ciencia experimental en el estudio y tratamiento de las patologías mentales.

La segunda parte del libro ofrece una segunda etapa en la batalla de la psiquiatría por descubrir una base biológica de las enfermedades mentales, observadas este tiempo a través de tres enfermedades específicas y en sus raíces biológicas: esquizofrenia, depresión y trastorno bipolar (maníaco-depresivo). Sin embargo, la pretensión científica quedó a menudo condicionada por el interés meramente lucrativo de las industrias farmacéuticas, que desempeñaron un papel desmesurado en la determinación de la enfermedad mental. (Pensemos en los antidepresivos). La tercera parte explora el desentrañamiento, en los años noventa y nuevo milenio, de la psiquiatría biológica optimista.

La consolidación de los enfoques biológicos fue de la mano de la investigación farmacológica y del avance técnico. En los años setenta, la tomografía axial computarizada (TAC) había permitido a los investigadores disponer de imágenes del cerebro in vivo. En 1976, Eve Johnstone abrió la técnica a las enfermedades mentales cuando la aplicó a los ventrículos del cerebro de esquizofrénicos y comprobó que tales pacientes poseían cavidades mayores que los individuos exentos. Andando el tiempo se fueron agregando nuevas técnicas de imagen, así la tomografía por emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética (RM), que no se limitaron a producir representaciones estáticas del cerebro, sino que facilitaron a los investigadores crear imágenes coloristas de los distintos niveles de excitación del cerebro, una suerte de instantáneas del cerebro en plena actividad. Pronto, se decía, el psiquiatra miraría el comportamiento­ del cerebro igual que el cardiólogo se vale de angiogramas para identificar los coágulos en el torrente sanguíneo. Pero no se produjo el gran salto esperado en el conocimiento del mecanismo de las enfermedades mentales. Hubo multitud de estudios, pero difícilmente podían repetirse los ensayos.

La psiquiatría terminó por perder la fe en el DSM, el famoso Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, cuya primera edición actualizada se remonta a 1994, y en 2013 se publicó la quinta de esa nueva generación. La confianza de los psiquiatras reside ahora en la genética. Pero tardaremos mucho en ver cómo la investigación de la esquizofrenia logra nuevos fármacos. En psiquiatría, menos que en cualquier otra ciencia, no podemos hablar de un progreso lineal. Se abrieron muchas sendas que no llevaban a ninguna parte; se administraron fármacos que en su momento parecieron obrar milagros pero resultaron aberrantes, y se tomaron medidas reguladoras administrativas que, en vez de resultar beneficiosas, se vieron abocadas al desastre.

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