Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2018Nº 90
Syllabus

Neurología

El cerebelo, un pequeño gran cerebro

El cerebelo continúa planteando muchos enigmas a los investigadores. Se ha hallado que no solo controla la motricidad fina, sino que también participa en lo que pensamos y sentimos.

Menear

En 1823, el fisiólogo francés Jean Pierre Flourens (1794-1867) escribía: «El cerdo empezó a tambalearse como un beodo, sus patas se movían con dificultad y torpeza, todos los movimientos se hallaban afectados y, cuando se caía, sus intentos para volver a levantarse resultaban inútiles». Flourens, uno de los fundadores de la neurociencia moderna, le había extirpado una parte del cerebelo al animal. Después de la extirpación total —proseguía el investigador en su descripción—, lo único que lograba el cerdo era quedarse tumbado de lado, sin poder levantarse ni andar. Flourens ensayó el mismo método con palomas y perros, práctica que en la actualidad calificaríamos de brutal, pero que en aquellos tiempos constituía la única posibilidad para conocer la función que ejercen las distintas áreas cerebrales. De este modo, comprobó que el cerebelo controlaba los movimientos.

Desde la antigüedad, el cerebelo, un apéndice del cerebro del tamaño de la palma de la mano, ha presentado numerosos enigmas para los investigadores. En el Renacimiento, se creyó que era la sede de la memoria. En 1664, el médico y anatómico inglés Thomas Willis (1621-1675) defendió que regulaba funciones vitales, entre ellas, el latido del corazón y la respiración. Durante los siglosxviii­ y xix abundaron las especulaciones sobre las funciones de esta curiosa estructura alojada en la parte posterior de la cabeza: quizás era responsable del razonamiento, de la percepción, la voluntad, los instintos e, incluso, de la excitación sexual. Flourens afrontó esta cuestión, por primera vez, desde el punto de vista estrictamente experimental. Con su esfuerzo consiguió poner (supuestamente) punto y final al debate.

Durante más de 150 años se consideró que las funciones del cerebelo estaban aclaradas. Sin embargo, los detalles de esta estructura seguían intrigando a los neurólogos que exploraban pacientes con lesiones en el cerebelo y que presentaban movimientos irregulares, titubeantes o limitados. Por otro lado, la mayoría de los investigadores que indagaban las funciones psíquicas complejas de los humanos ignoraban esta parte del encéfalo. Hasta ahora, la situación no ha empezado a cambiar.

«Si se observa la actividad del cerebelo con un escáner, puede comprobarse que alrededor del 70 por ciento de sus neuronas tienen muy poco o nada que ver con el control motor. Solo un 30 por ciento parece intervenir en la regulación de los movimientos», explica Jörn Diedrichsen, neuropsicólogo en la Universidad de Ontario Occidental en London, Canadá, donde dirige un grupo para la investigación de la motricidad humana. Una de las cuestiones que analizan en la actualidad es el modo en que el encéfalo dirige los movimientos de la mano cuando tocamos el piano y efectuamos otras actividades manuales precisas. Con todo, una de las aportaciones destacadas de Diedrichsen sobre el estudio del «pequeño cerebro» ha sido la publicación de su atlas anatómico, el cual se ha convertido en referencia para múltiples investigaciones de neuroimagen.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados