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  • Mayo/Junio 2018Nº 90
Ilusiones

Ilusiones

Profundidad en Planilandia

Percibimos, pero no vemos, las distancias, las profundidades y los ángulos.

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Steve se encuentra de pie en una góndola de limpiaventanas y mira hacia abajo desde la altura del rascacielos. Las rodillas le entrechocan de puro miedo. Al principio, cuando la cesta despegó del suelo y, poco a poco, fue ascendiendo por la pared del edificio, se sintió seguro. Pero, de repente, el pequeño receptáculo empezó a acelerar al ritmo de uno de los cohetes Falcon Heavy de Elon Musk durante el lanzamiento. El estómago se le contrajo. Tras unos 30 segundos de ascenso, que se le antojaron eternos, la aceleración se trocó sin aviso en una deceleración súbita. La góndola y el pasajero quedaron detenidos en lo más alto. Tan rápida fue la frenada que, por un momento, pareció que no existía la gravedad. Steve notó una sensación molesta en sus órganos viriles. El miedo lo dejó paralizado. Angustiado, dirigió la mirada hacia la calle, allá abajo. Con esfuerzo, controló su vejiga. Respiraba con fuerza, jadeante, mientras apretaba el esfínter para no orinarse encima. Se sujetó con las dos manos a la barandilla de la cesta, a la altura de la cintura. Entonces oyó un chasquido metálico. ¡El cable frontal de la cesta se había soltado! Tendió la mano para asirlo, pero falló. Aterrorizado vio que descendía, dando vueltas por los aires en dirección a la ciudad, allá abajo, como una hoja muerta caída de un árbol. Ahora, nada separa a Steve del abismo.

«Da un paso y baja de ahí», le indica una voz femenina. Baraja varias respuestas. Finalmente, admite avergonzado: «No puedo hacerlo.» La voz, muy comprensiva, le pregunta: «¿Quieres que te dé la mano?». Steve nota que le hierve la sangre en las orejas. «Sí», responde, humillado. Siente una mano cálida que se desliza en la suya. Aunque no logra verla, avanza por la plancha, camino de su muerte. Por fin da el último paso. Por un instante siente que levita antes de acelerar dentro del pozo gravitatorio, a 9,8 metros por segundo al cuadrado, derecho hacia abajo. Esa misma sensación solo la había tenido en un par de ocasiones previas, durante sendas salidas de paracaidismo acrobático en su época de estudiante universitario. «Se acabó», piensa ante el impacto inminente contra el asfalto.

Pero, al golpearse, el asfalto se hace de goma. El suelo se estira y desacelera la caída, que resulta suave e indolora. Curiosamente, Steve puede ver la calle desde dos metros por debajo antes de que el suelo elástico le alce de nuevo hasta el nivel de la calzada y lo deposite en el lugar donde había empezado: la plataforma de lanzamiento de la góndola del limpiaventanas. Sano y salvo.

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