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Trastorno neurológico funcional

Durante mucho tiempo, los síntomas neurológicos sin una causa ­orgánica clara se han considerado reflejo de un trauma psicológico. Investigaciones recientes contradicen esta hipótesis y allanan el camino hacia nuevas terapias.

Tras algunas parálisis se encuentra un trastorno funcional del cerebro, el cual se puede tratar. [Getty Images / Rawpixel / iStock]

En síntesis

Los síntomas para los que no se halla ninguna explicación orgánica constituyen uno de los motivos más frecuentes por los que los jóvenes acuden a un neurólogo. Los más usuales son problemas motores, parálisis, trastornos perceptivos (visión u oído) del habla.

Con frecuencia se acusa a los pacientes de estar fingiendo. Sin embargo, se ha visto que presentan una alteración de la actividad en determinadas áreas cerebrales. El sistema nervioso está intacto externamente, pero no funciona como debería.

Las enfermedades físicas, así como el estrés psíquico, son factores de riesgo. Un tratamiento interdisciplinar que considere los hallazgos recientes y aplique la fisioterapia y la psicoterapia ayudaría a muchos afectados.

«En los últimos dos años he pasado de ser una persona activa y productiva a una mujer prácticamente encamada y que necesita ayuda todos los días. Antes corría a diario ocho kilómetros y me encantaba cuidarme del jardín. Ahora, en el mejor de los casos, puedo caminar un par de metros con el bastón y sentarme junto a la ventana para observar mi jardín a medio arreglar», explica Linda* al profesor de neurología Jon Stone. Esta es su perversa situación: los médicos le confirmaban una y otra vez que se encontraba sana físicamente, a pesar de que en las peores fases de su inmovilidad tiene que usar una silla de ruedas y llevar pañales por culpa de su incontinencia. «Al parecer, soy la mujer de 45 años más sana de la Tierra, puesto que todas las pruebas que me han hecho han salido normales», afirma. Ninguna lesión nerviosa, ninguna enfermedad muscular ni tampoco un tumor que explique su parálisis.

Linda no está sola en este periplo. Según las estimaciones, en una tercera parte de los síntomas neurológicos por los que los pacientes buscan ayuda médica no se detecta causa orgánica alguna. Las molestias más frecuentes son los trastornos motores: temblores, dificultad para caminar o pérdida de la fuerza muscular en los brazos, las piernas o el rostro, entre otros. Pero también puede verse afectada la percepción sensorial, de manera que se sufren mareos y deficiencias en el sentido del gusto, el olfato, la vista o el oído. En raras ocasiones, incluso se puede padecer ceguera o sordera. Algunos afectados padecen crisis que se asemejan a un ataque epiléptico: de repente, una parte o la totalidad del cuerpo se contrae o la persona parece totalmente abstraída y deja de reaccionar a los estímulos del entorno. Pero, al contrario que en una crisis epiléptica, no se observan anomalías en el electroencefalograma (esta técnica mide las oscilaciones de la actividad eléctrica del cerebro a través de unos electrodos que se le colocan sobre el cuero cabe­lludo del paciente). Los afectados no solo pierden capacidades físicas esenciales (por ejemplo, parálisis o sordera); tampoco pueden explicar lo que les sucede a las personas de su entorno, lo que aumenta su malestar.

Aunque las molestias para las que los médicos no hallan una causa constituyen los motivos más frecuentes por los que los jóvenes acuden a un neurólogo, el fenómeno es relativamente desconocido. A este tipo de padecimientos se les suele denominar psicógenos, pseudoneurológicos o, incluso, «sin explicación médica». No obstante, detrás existe una larga historia.

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