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Esquizofrenia y arte

¿Por qué nos fascinan las obras de los artistas esquizofrénicos? Quizá se deba a que sus creadores miran en abismos que el resto de los mortales sólo es capaz de atisbar.

El artista alemán August Natterer (1868-1933), que padecía esquizofrenia, describió a Hans Prinzhorn, psiquiatra e historiador, sus visiones de impronta religiosa: lobos, ovejas y el «buen pastor». [August Natterer («Neter»): «El pastor maravilloso» (II), antes de 1919, Colección Prinzhorn]

En síntesis

La esquizofrenia, por sí misma, no convierte a nadie en un artista, pero las obras de personas con este trastorno desprenden un atractivo especial. La pintura les sirve para comunicarse.

El psiquiatra e historiador alemán Hans Prinzhorn (1886-1933) reunió una colección de creaciones artísticas realizadas por sus pacientes con esquizofrenia. Aún existe.

Inspirado por el material pictórico que había reunido, Prinzhorn redactó en 1922 un libro sobre la pintura de los enfermos mentales, obra que sigue considerándose capital.

La proximidad entre el arte, el genio creador y la enfermedad mental ha constituido un permanente motivo de fascinación. Ya el filósofo griego Platón consideraba la «manía» —la exaltación del alma— como un regalo de los dioses que facultaba a los artistas y a los poetas para po­der llevar a cabo sus obras. «Siendo así que todo lo que es grande ocurre en la locura», escribe en Fedro, uno de sus diálogos. Aproximadamente 2000 años más tarde, en 1811, el médico Benjamin Rush (1746-1813) llamaba la atención sobre algo muy parecido al hablar de la liberación de la fuerza creadora que acaece en la locura: «Por razón de la exaltación preternatural, que no enfermedad, de una parte del cerebro, la consciencia adquiere no solo una fuerza y una agudeza inusuales, sino que además descubre en sí dotes de las que nunca antes había dado muestra».

Rush compara la esquizofrenia con un terremoto que hace saltar por los aires las capas tectónicas petrificadas del espíritu civilizado, poniendo al descubierto todo un potencial arcaico, esto es: «valiosos y espléndidos fósiles», en sus palabras textuales. Esta perspectiva romántica de la enfermedad psíquica retorna de vez en cuando, aunque es evidente que no resulta completamente adecuada para la creación artística de un individuo esquizofrénico; por sí misma, la enfermedad no convierte a nadie en un artista.

Sin embargo, es innegable que las obras de estas personas desprenden a menudo una magia especial. El artista sabe cómo llevarnos —como observado­res al menos— hasta el umbral de su extraño mundo vital y ha­cernos atisbar allí algo de la fragilidad de la existencia humana. Percibimos la lucha desesperada del enfermo por reconquistar su propia identidad y su antiguo orden perdidos. Una lucha agónica que el paciente esquizofrénico consigue transmitir en el mundo cerrado de una pintura mejor que en la vida real; de ese modo, recupera mediante la creación pictórica, siquiera sea por un valioso momento, su libertad de acción.

A finales del siglo XIX, Cesare Lom­broso (1835-1909) hizo popular la relación romántica entre el arte y la locura. En Genio y locura, publicado en 1888, este antropólogo italiano analizó a los artistas y escritores más importantes de su época. Encontró en ellos signos de una «debilidad psíquica», cuya causa atribu­y­ó a la herencia. Al establecer esta conclusión, Lombroso reflejaba su dependen­cia de la doctrina de la degeneración, en boga por entonces en círculos psiquiátricos; la tesis postulaba una degradación inevitable de la especie humana.

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