Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Enero de 2016
Psicología

Emociones bajo control

Regular los propios sentimientos no solo favorece una convivencia plácida, también aporta bienestar y salud. Para mantener las emociones a raya existen diversas estrategias.

NEUFFER-DESIGN (brújula); ISTOCK / TEEKID (fondo)

En síntesis

Los psicólogos distinguen cinco fases en la regulación emocional: elección de la situación, influencia en ella, control de la atención, reinterpretación cognitiva y expresión.

Los procesos subyacentes se desarrollan, por lo general, de manera automática. Sin embargo, podemos intervenir de manera consciente; por ejemplo, distrayéndonos o tranquilizándonos.

Qué estrategia de control resulta más favorable depende, entre otros factores, de la ­persona, la situación y la intensidad del estado emocional.

Hubo una época en la que pensamiento y sentimiento se consideraban características humanas completamente­ opuestas. «Ser dueño de uno mismo significa reprimir los afectos y dominar las pasiones», escribió en su día el filósofo Immanuel Kant (1724-1804). Según esta perspectiva tradicional, emociones como el enfado, la tristeza o el miedo interfieren en el pensamiento claro, y debemos luchar para que prevalezca el entendimiento.

Sin embargo, sentir y pensar guardan una estrecha interrelación; incluso a menudo persiguen el mismo fin. Las emociones siempre presentan un lado cognitivo, puesto que influyen en cómo valoramos mentalmente, sea de manera inmediata o a posteriori, una situación. Por otra parte, no somos esclavos de sentimientos trasnochados, sino que constantemente los manejamos y dosificamos (por lo general, de manera inconsciente).

Controlar el enfado y la frustración resulta esencial tanto en la vida profesional como en la personal para no agravar los conflictos inútilmente. Ese control nos impide que saltemos al cuello de un compañero de trabajo solo porque nos pone nerviosos o nos permite mantener a raya el enfado que nos produce el ruido de nuestro vecino juerguista.

Pero regular las propias emociones no significa reprimirlas siempre. A veces incluso resulta mejor experimentarlas o dejar a los demás que las conozcan. Por ejemplo, el miedo nos protege de correr riesgos innecesarios. Para llevarnos bien con los demás (sean compañeros de trabajo, vecinos o amigos), expresar el descontento que sentimos resulta en ocasiones beneficioso. Después de todo, los sentimientos no son una carga inútil, sino una guía valiosa para la vida diaria.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

También te puede interesar

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.