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Evolución de los hábitos de descanso en los humanos

La duración natural de nuestro dormir es de unas siete horas, según un estudio reciente. La temperatura ambiente y los ciclos de luz y oscuridad determinan el ritmo de sueño y vigilia.

¿Cuántas horas debemos dormir? El horario escolar y laboral de hoy en día ¿se ajusta a nuestro reloj interno? Estas preguntas parecen de interés actual, pues los medios de comunicación publican con cierta frecuencia informaciones en las que se destaca la importancia del descanso y ritmo de vida cotidiana para nuestra salud física y mental. Por otra parte, esa insistencia lleva a pensar que los hábitos de descanso modernos no resultan saludables. Pero ¿cuáles son nuestras pautas naturales de sueño? Con el fin de averiguarlo, en fecha reciente un equipo de neurocientíficos y antropólogos internacional encabezado por Gandhi Yetish, de la Universidad de Nuevo México, ha investigado y publicado en Current Biology los hábitos de sueño de tres grupos étnicos de cazadores-recolectores y cazadores-horticultores. Durante el estudio, y como es habitual en estas comunidades, los sujetos carecían de electricidad; aparte del sol y la luna, su única fuente de luz era el fuego.

Los participantes del estudio pertenecían a las siguientes poblaciones indígenas: hadza, de Tanzania, !kung, de Namibia, y tismane’, de Bolivia. Mediante dispositivos para registrar la actividad y la luz, los autores supervisaron el sueño de los participantes a lo largo de varios días o semanas. Hallaron que, en los tres grupos, la duración media del sueño (intervalo desde que el sujeto inicia hasta que concluye su descanso) era de 7,7 horas. Si restaban los intervalos de vigilia que acontecían durante la noche, el tiempo neto de sueño alcanzaba solo 6,4 horas. ¿Se corresponden estas cifras con las de las sociedades industrializadas modernas, en las que se usa la electricidad? La respuesta se desconoce, porque hasta ahora casi todas las estimaciones se basan en informes subjetivos. Con todo, estos indican que la duración media de nuestro sueño se encuentra entre 7 y 7,5 horas. Si bien este valor depende de ciertos factores, como el día de la semana y la edad de la persona, difiere poco del hallado en los pueblos indígenas.

¿Cuándo tenían lugar las 7,7 horas de sueño registradas en los diversos grupos étnicos? Estos individuos determinaban la hora de acostarse a partir de indicios ambientales y de su reloj biológico interno. Por otro lado, los investigadores observaron que prescindían de la siesta. Tampoco se acostaban al anochecer, sino que, de promedio, unas 3,3 horas después de caer la noche. Mas este valor medio oculta una notable variación diaria en el comienzo del sueño. En otras palabras, la regularidad en la hora de acostarse no parece un rasgo característico del sueño natural. En cambio, los miembros de cada grupo tendían a despertarse a horas similares, por lo general, antes del amanecer. ¿Existen semejanzas entre sus hábitos de sueño y los de los habitantes de las sociedades industrializadas modernas? Aunque numerosas personas van a descansar mucho después de caída la noche, pocas se levantan sistemáticamente antes del amanecer.

Reloj interno en sincronía con el exterior

La cronología del sueño natural se vincula fácilmente con lo que se sabe sobre los ritmos biológicos diarios. La rotación de la Tierra produce cambios ambientales cíclicos de luz y oscuridad y de calor y de frío, y la evolución ha favorecido la supervivencia de mecanismos biológicos que pronostican estas regularidades geofísicas diarias. Esa ritmicidad se ha observado incluso a niveles celulares y moleculares: prácticamente cada una de las células del organismo humano presenta cada 24 horas aproximadamente oscilaciones cíclicas (circadianas) en la expresión de genes. Se cree que la sincronía de estos millones de ritmos celulares individuales se halla orquestada por un reloj central en el cerebro. Se sabe que el ciclo de luz y oscuridad constituye el estímulo ambiental más sobresaliente para sincronizar ese reloj interno con el mundo exterior. Este mecanismo natural determina cuándo sentimos necesidad de dormir.

Sin embargo, desde el descubrimiento del fuego, los humanos hemos aprendido a manipular nuestra exposición a la luz. Podemos ampliar el período de luz encendiendo una antorcha, una vela, una lámpara de aceite, una bombilla de incandescencia, un tubo fluorescente o un panel de ledes. De esta manera disponemos de un control sobre el estímulo que sincroniza nuestro reloj interno. En cambio, los cazadores recolectores u horticultores del reciente estudio solo poseían un control limitado sobre el mismo, pues la tenue luz rojiza emitida por sus hogueras ejerce un efecto biológico menor en comparación con la luz eléctrica, la cual presenta una fuerte componente azul (se puede apreciar, por ejemplo, en los dispositivos electrónicos y las bombillas de bajo consumo).

El estudio dirigido por Gandhi Yetish, de la Universidad de Nuevo México, sobre las pautas de sueño en grupos de cazadores recolectores o horticultores permite comparar las pautas de sueño y las actividades cotidianas típicas de individuos de poblaciones modernas preindustriales y las correspondientes prácticas en sociedades industrializadas. En las últimas, el acceso regular a la electricidad aleja a sus habitantes del ciclo de luz y oscuridad natural y permite que las personas determinen por ellas mismas la exposición lumínica. Los hallazgos de la investigación revelan que la duración media del descanso es bastante similar en ambos tipos de sociedades. Sin embargo, los individuos de poblaciones preindustriales muestran un ritmo del sueño más en sincronía con los ciclos ­ambientales que los habitantes de países industrializados.

El efecto de la electricidad y la temperatura

La llegada de la luz eléctrica en etnias como los qom, quienes habitan en la región argentina del Chaco, o los goma, en el Amazonas, ha retrasado la hora de acostarse de los pobladores a la vez que ha acortado la duración de su descanso, según revelan otros estudios. Por otra parte, una investigación que compara la conducta de ciudadanos estadounidenses en su vida ­diaria con la que muestran cuando van de acampada sugiere que el acceso a la luz eléctrica no solo modifica el reloj circadiano; también aumenta la variabilidad individual en la hora de acostarse. Incluso es posible que la tendencia a trasnochar de muchos adolescentes y el consiguiente debate sobre la propuesta de retrasar el comienzo de las clases escolares se deban en gran medida y de manera directa a la manipulación del ambiente­ lumínico.

El trabajo llevado a cabo por Yetish y sus colaboradores señala la temperatura como un segundo factor ambiental que influye sobre la cronología del sueño humano. La temperatura basal de nuestro cuerpo sube y baja cada 24 horas y, por lo general, la fase de sueño concuerda con el descenso de la temperatura ambiente. Dado que esta última tiende a descender durante las horas de oscuridad, el ritmo de nuestra temperatura corporal basal propende a sincronizarse con ella. Desde un punto de vista energético, se trata de un proceder lógico, pues la diferencia entre las temperaturas ambiente y corporal tiende a disminuir al máximo posible y reducir de esta manera el consumo de energía necesario para permanecer calientes.

Este vínculo entre la temperatura ambiental, las exigencias metabólicas y el ciclo de sueño y vigilia ha merecido atención en el estudio tanto del descanso en humanos como en animales. Los científicos han observado que el despertar se encuentra asociado a la temperatura ambiental mínima. El equipo internacional observó que los miembros de la población !kung se desvelaban en verano después del amanecer, momento del día en que la temperatura ambiental es mínima en dicha estación del año.

Empezamos a comprender el impacto que el mundo artificial impone sobre nuestro ritmo de sueño y vigilia. Aunque disponemos de datos alentadores sobre la forma en que el ambiente luminoso de la vida moderna afecta a nuestras pautas de descanso, son escasos los datos que indiquen cómo manipulamos el ambiente térmico y los efectos que esa manipulación puede desempeñar en nuestro dormir. El estudio dirigido por Yetish aporta hallazgos que revelan los hábitos de sueño de nuestros antepasados a la vez que abre las puertas para ulteriores estudios sobre los efectos de la luz y la temperatura en los hábitos de descanso actuales.

Artículo original publicado Naturevol. 527, págs. 176-177, 2015
Traducido con el permiso de Macmillan Publishers Ltd. © 2015

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