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Lecciones éticas ante la muerte

O algunos problemas legales de la medicina forense.

HIDDEN HISTORIES OF THE DEAD
Disputed bodies in modern british medical research
Elizabeth T. Hurren
Cambridge University Press, 2021
320 págs.

Los cadáveres han asustado y fascinado a la humanidad de forma distinta según las épocas. Son la evidencia de la muerte, de la finitud, a la que aguardamos con temor, respeto o esperanza, con sentimientos encontrados según nuestras creencias. Inspeccionar y diseccionar cuerpos fue durante siglos una arriesgada forma de ejercer la ciencia, de intentar comprender la anatomía humana, o incluso herejía causa de proceso inquisitorial, de funestas consecuencias. De humani corporis fabrica de Andrea Vesalio y los estudios anatómicos de Leonardo Da Vinci fueron sendos puntos de inflexión en la percepción del cuerpo humano y en su representación artística. Los códices de Leonardo escudriñan la máquina de la naturaleza humana, la fábrica vesaliana, como mostraron Martin Clayton y Ron Philo en Leonardo Da Vinci: The mechanics of man (Getty Publications, 2010). En el siglo XVI empezó así una transición social en la interpretación del cuerpo humano, fundamentada en estudios post mortem, que basculó aún entre el pavor religioso, la curiosidad científica y la belleza del arte.

Ya en el siglo XVII se popularizaron en parte de Europa, allá donde la Santa Inquisición no atesoraba poder, las lecciones de anatomía, reservadas en un inicio a los estudiantes de medicina de las universidades. Así, el gremio de cirujanos de Ámsterdam mensualmente abría al público el espectáculo del interior del cuerpo humano. Aquel aperturismo social de la disección permeó al arte a través de los pinceles holandeses de Michiel van Mierevelt (1617) y Thomas Keyser (1619), entre otros precedentes a La lección de anatomía del Doctor Nicolaes Tulp (1632) de Rembrandt, quizá la más conocida disección de su tiempo, a la que sucedieron algunos óleos del propio Rembrandt, como La lección de anatomía del doctor Deijman (1656), y otras muchas obras, como la polémica Lección de anatomía del Dr. Ruysch (1683), en la que Jan van Neck mostraba la macabra disección de un bebé, así como su estructura ósea. Aquella conexión cultural entre la anatomía interna humana y el arte perduraría hasta nuestros días: sin ir más lejos, en Ámsterdam se puede visitar la exposición de cuerpos plastificados de Body Worlds.

Poco preocupaban en los siglos XVI o XVII la protección de datos o las cuestiones éticas y legales relacionadas con aquellos cadáveres expuestos al público. ¿A quién pertenecían? ¿Se investigaba si tenían familiares o allegados que les quisieran dar sepultura o se negasen al escarnio público? En Hidden histories of the dead (Cambridge University Press, 2021) Elizabeth T. Hurren se ha atrevido a destapar algunos controvertidos casos de la investigación médica británica posterior a la Segunda Guerra Mundial. El recorrido que plantea Hurren nos pone ante el desazogado espejo de la ética de la donación de órganos y cuerpos a la ciencia, en un relato sórdido pero necesario en la era biotecnológica actual.

Hurren hurga en la herida ética y moral, más allá del corsé religioso, y plantea el pecado de la falta de consentimiento plenamente informado en el tráfico de cadáveres, aún con fines que se podrían justificar en aras de la investigación científica. Las disputas corporales que expone Hurren son una lección de humildad ante una sociedad que empieza a despertar respecto a las consecuencias éticas del avance de la ciencia. Al mirar al pasado se tiende a focalizar en las atrocidades cometidas por los nazis en los campos de concentración [véase «La medicina atroz de los nazis», por Luis Alonso; Mente y Cerebro, n.o 106, 2021] o en las no menos horribles que se dieron en los gulags de Stalin. Hurren expone casos de menor impacto que los exterminios sistemáticos de los holocaustos del siglo XX, pero su ensayo es un ejercicio de reflexión visceral imprescindible, poliédrico en cuanto abarca tanto aspectos legales como sociales, culturales, científicos y técnicos.

Los cuerpos en litigio y sus historias ocultas que presenta Hurren son la evidencia de un conflicto y a la vez una metáfora sobre la evolución posthumana en el siglo xxi. ¿A quién pertenece nuestro cuerpo? A nosotros, ¿o no? Al menos hasta nuestra muerte. Aunque, ¿por qué entonces, por ejemplo, Neil Harbisson tuvo que implantarse su antena de forma clandestina? ¿Acaso, como reivindica el movimiento cyborg [véase «Mover con la mente», por Miguel A. Nicolelis; Investigación y Ciencia, noviembre de 2012], no nos pertenece nuestro cuerpo para disponer de él libremente, en vida? Los claroscuros transhumanistas y de mejoramiento humano (por ejemplo, sobre el derecho a modificarse el propio cuerpo en vida) son una de las sombras alargadas que sugiere la lectura de Hidden histories of the dead.

 

El ensayo de Hurren es un ejercicio de reflexión visceral imprescindible, poliédrico en cuanto a que abarca tanto aspectos legales como sociales, culturales, científicos y técnicos.

 

Hurren rompe el hielo con el caso del boxeador Randy Turpin, mítico campeón de los años cincuenta del siglo XX, cuyo trágico final abrió un debate en la sociedad británica de la época. La cuestión fue si debía prevalecer la dignidad humana y el derecho de los familiares sobre el cadáver y la minimización de la autopsia, o si las consecuencias legales de las conductas violentas, derivadas de la práctica pugilística, permitían la utilización del cerebro de Turpin para estudios forenses, por si se establecía una relación directa, causal, entre el daño neuronal padecido y, ulteriormente, su conducta agresiva y delitos. Turpin se suicidó, tras un reguero de actos violentos, pero ¿era culpable o víctima del boxeo? ¿Hasta qué punto tiene derecho el estado a investigar en aras del interés público?

En el derecho consuetudinario inglés, aclara Hurren, una persona muerta no puede poseer la propiedad de su cuerpo una vez ha fallecido (Res Nullius). Este principio legal, la imposibilidad de ser poseedor de nada, incluido el propio cuerpo tras la muerte, genera un vacío de pertenencia que la legislación debe cubrir. De este modo, según se obtengan los cadáveres, o sus partes, para la investigación o la enseñanza de la medicina, pueden surgir diversos tipos de litigio.

La autora investiga en especial los casos de cadáveres de indigentes, de entrada no reclamados, que en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado abastecieron la incipiente demanda de cuerpos para la investigación médica. En muchos casos, como tras la llamada Gran Niebla de 1952, los muertos provenían de catástrofes climáticas, de manera que Hurren afirma, contundente: «Si bien a todos les disgustó la niebla, fue una bendición para una comunidad médica que necesitaba más material de investigación». Pero, no se engañen, Hurren no se limita a remover un pasado lejano: ahonda en los litigios derivados de donaciones de cuerpos y órganos que, siendo perfectamente legales, ya a finales de siglo XX dejaban flecos importantes al no establecer ningún punto final temporal, ni en los usos, en lo referente a la disposición de los órganos.

De las ambigüedades del consentimiento surgen conflictos sobre los límites técnicos, éticos y morales de la práctica forense. Hurren destaca algunos casos, como el de Carol Morris, que sentó un precedente de jurisprudencia para la necesidad del anonimato en la donación, o el de John Culshaw, cuya polémica saltó a los rotativos británicos en 2017, cuando la madre del fenecido destapó la obtención y el almacenamiento ilícito de muestras del cuerpo de su hijo, y de otras víctimas de asesinatos, por parte de la policía de Manchester.

Los reflejos dantescos de una muerte asociada al avance científico nos devuelven una imagen de mercantilización y banalización sobre la que cabe reflexionar y, con perspectiva global, legislar. Los principios de la bioética en la donación de órganos, en los estudios médicos o en los protocolos de la investigación criminal forense, son algunas de las fibras sensibles que toca la disección de Hurren. En aras de un mayor impacto mediático, el libro se puede leer digitalmente en acceso abierto, como el brazo de Aris Kindt, el criminal a quien nadie pidió consentimiento para ser retratado por Rembrandt en aquella lección de anatomía del Doctor Nicolaes Tulp.

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