Disparé obligado por mi cerebro

Las defensas basadas en pruebas neurocientíficas inundan las audiencias.

AP PHOTO / JOHN WRIGHT

No hace mucho, la mera presentación de un escáner cerebral en un proceso judicial daba pie a titulares. Ya no. Todos los años se emplean las ciencias de la mente y el cerebro en cientos de decisiones judiciales para fundamentar la resolución. No solo se recurre a escáneres cerebrales, sino a un abanico de estudios probatorios de que ciertas áreas del cerebro, como la amígdala o la corteza cingulada anterior, están implicadas en tal o cual respuesta. En breve: «lo cerebral» es el nuevo amor de la profesión legal.

Nita Farahany, profesora de derecho en la Universidad Duke, expuso en el congreso de la Sociedad de Neurociencias de 2013 cuán frecuente es este flechazo. Con ayuda de un equipo de veinte estudiantes cribó un inmenso acervo de datos. Descubrió que de 2005 a 2012, en más de 1500 resoluciones, el juzgado de apelación mencionaba pruebas neurológicas (tanto genéticas como conductuales) que presentaba la defensa de casos criminales. «La petición mayor que realizan los sujetos es: “Por favor, reduzcan mi castigo, pues yo era más impulsivo e imprudente que mis prójimos, y más proclive a ser agresivo, con menos control de mí mismo que los demás», explicó Farahany en rueda de prensa.

La mayoría de los neurocientíficos opinan que el estudio de escáneres cerebrales puede orientar hacia una visión general de las raíces de la violencia, pero que las neuroimágenes individuales carecen de la especificidad necesaria como elemento de prueba. Según afirmó el pasado año el psiquiatra Steven Hyman en una sesión de la reunión anual de la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia: «En ningún caso le diría a una junta de calificación penitenciaria si debe o no debe conceder la condicional a un recluso basándome en escáneres individuales de su cerebro, porque no permiten conocer los determinantes de la conducta de ese individuo».

Sin embargo, no parece que importe mucho la opinión de los juristas académicos sobre la conveniencia de admitir escáneres cerebrales en las vistas. Farahany observó que, en la mayor parte de los casos en los que se presentaron pruebas neurológicas, el fallo fue desfavorable para el acusado, pero no en todos. En alguno, sumamente curioso, el acusado consiguió revocar un fallo, culpando a su defensa de no haber comprobado si sufría alguna anomalía cerebral. «Podría aceptarse que la defensa ha sido incompetente si se hubiera dormido durante toda la vista, si muriera durante el proceso o si obviase la investigación de una anomalía cerebral», señaló Farahani, quien adivirtió de que la llegada de la neurociencia a los tribunales está cambiando los conceptos fundamentales de resposabilidad y culpabilidad. «¿Habremos de seguir sosteniendo que los individuos son responsables de sus actos cuando hayamos comprendido los conceptos de impulsividad?»

Ocurra lo que ocurra, lo seguro es que jueces y jurados van a oír mucho más sobre la amígdala y la corteza orbitofrontal.

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