Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Eclipse total de la mente

Los eclipses de Sol juegan al escondite con nuestra percepción.

En la imagen superior aparece el eclipse de 1966 captado por el Observatorio de Gran Altitud de la Corporación Universitaria para la Investigación Atmosférica. Debajo se exhibe el eclipse de 1925 que pintó el artista Russell Butler. Puede contemplarse en el Museo de Arte de la Universidad de Princeton. [OBSERVATORIO DE GRAN ALTITUD (HAO), arriba; MUSEO DE ARTE DE LA UNIVERSIDAD DE PRINCETON, DOMINIO PÚBLICO, abajo]

mientras circulábamos a 120 kilómetros por hora en busca de la ocultación total, uno de nosotros (Martinez-Conde) se asomó por la ventanilla del coche. La Luna se alejaba a 1674 kilómetros por hora de nosotros. Mi compañera estabilizó la cámara del teléfono, que tenía el objetivo protegido con un filtro, lo mejor que pudo y la orientó hacia el Sol. Me iba contando la progresión del eclipse. «Ocultación, 75 por ciento», anunció. Nuestra idea inicial era observar el eclipse desde la playa de Charleston, en Carolina del Sur, el último punto de Estados Unidos desde donde se podría observar el eclipse solar. Pero la mañana del 21 de agosto de 2017, el cielo estaba muy nublado y no confiábamos en que despejase a la hora de la efeméride. Queríamos asegurarnos un cielo claro para poder observar el eclipse directamente: ningún dispositivo óptico puede reemplazar la observación de este acontecimiento con los propios ojos. Así que subimos al coche y nos dirigimos hacia el oeste por la Interestatal 28 como si estuviéramos participando en un «juego del gallina», a semejanza de las competiciones de automóviles que corrían los protagonistas de la película Rebelde sin causa. Cazamos a nuestra presa astral justo después de las dos de la tarde en Greenville, cerca de la frontera que Carolina del Sur comparte con Georgia y Tennessee.

Por fin, con cielo despejado, nos detuvimos en el zoológico, donde podríamos observar el eclipse en compañía de los monos. Durante la ocultación del Sol, los primates se mantuvieron en ominoso silencio. Tal vez ellos se percataban también de la inusitada pesadez del aire que nos rodeaba. Quizá los responsables éramos los centenares de personas que nos hallábamos a su alrededor, gritando y haciendo sonar las bocinas de los vehículos mientras el día se sumía en la oscuridad. Parecía que humanos y monos nos encontrábamos en una curiosa inversión de papeles durante un momento mágico. Para todos los que presenciamos el fenómeno astronómico se trató de una de esas experiencias que te cambian vida y que ha merecido la pena estar planificando durante meses. ¿Por qué razón? ¿No hubiera bastado con observar el eclipse desde casa o a través de una retransmisión por Twitter?

Una gran gama de luminosidad

No existe experiencia equivalente a la de observar un eclipse solar en directo. Una grabación de vídeo no es nada comparado con ello. El motivo reside en que el sistema visual humano es todavía el más exquisito sistema de conversión de luz en imágenes, pese a los grandes avances que se han logrado en el ámbito de las técnicas fotográficas. De todas formas, en un eclipse existen muchos grados de luminosidad —nada menos que 16 órdenes de magnitud—, mientras que el ojo humano responde solo a 6 de estos. En otras palabras, ni nuestro sistema visual es capaz de apreciar la gama completa de luminosidad durante un eclipse.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

También te puede interesar

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.