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  • Mente y Cerebro
  • Enero/Febrero 2018Nº 88

Neurofilosofía

El enigma de la consciencia

Los neurocientíficos intentan descubrir el modo en que nuestras experiencias subjetivas se producen a partir de los procesos neuronales. Pero ¿se trata solo de una cuestión empírica?

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El encéfalo constituye la base de nuestras capacidades mentales, pero no todo lo que ocurre en él se halla relacionado con las experiencias conscientes. Si, por ejemplo, el cerebelo, estructura que contiene más del triple de neuronas que la corteza cerebral, sufre una lesión grave, la consciencia permanece conservada en gran medida. Ello plantea la siguiente pregunta: ¿qué procesos neuronales mínimos se necesitan para que se cree la consciencia?

Una tarea central de la neurociencia radica en encontrar el llamado correlato neuronal de la consciencia (CNC), es decir, el conjunto mínimo de acontecimientos neuronales para que se produzca una percepción consciente específica, según define Christof Koch, del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro. ¿Qué circuitos o procesos posibilitan, por ejemplo, que en estos momentos esté viendo frases en una pantalla de ordenador y que no tenga dolor de muelas, por ejemplo?

Para buscar el CNC, los investigadores parten de la premisa de que la actividad neuronal responsable de una vivencia específica se aloja en un correlato más amplio de la consciencia en el que también intervienen las regiones cerebrales necesarias para la atención y la alerta. Separar estos planos puede resultar difícil, pero no imposible, como demuestran varios estudios clínicos.

Algunos filósofos ponen en duda que el enigma de la consciencia pueda resolverse alguna vez por medios científicos y empíricos. Thomas Nagel, de la Universidad de Nueva York, planteaba en 1974 en su popular artículo «¿Qué se siente al ser un murciélago?» que el carácter subjetivo es el aspecto determinante de la consciencia. Aunque las vivencias conscientes pueden ser muy diferentes (leer un texto en el monitor del ordenador o sufrir dolor de muelas), siempre las consideramos propias. Cuando tenemos hambre, no resulta necesario que nos pregunten a quién pertenece esa sensación; la cuestión ni siquiera tiene sentido. Por tanto, la consciencia siempre se encuentra vinculada a una perspectiva concreta y subjetiva de las vivencias. Usted, estimado lector, puede pensar en el hambre que siento, pero solo yo puedo experimentarla, igual que usted la suya.

Nagel cuestiona que nos podamos aproximar al carácter subjetivo de las vivencias conscientes con los métodos objetivos de las ciencias naturales, precisamente porque estos métodos prescinden de la perspectiva subjetiva. Cuando estudian el calor, los físicos no se preocupan de si usted o yo estamos acalorados o sudamos. En la consciencia, indica el investigador de la Universidad de Nueva York, se trata justamente de esta perspectiva de las vivencias. Por ello, cada paso hacia una mayor objetividad nos aleja de nuestro propósito.

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