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  • Enero/Febrero 2018Nº 88

Psicología infantil

Jugar en la naturaleza­

Cuando los niños trepan a un árbol o exploran el curso de un arroyo, lo hacen con todos sus sentidos. Además de la capacidad de concentración, el juego en espacios naturales beneficia también la conducta social.

 

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La naturaleza puede entusiasmarnos, ponernos a prueba físicamente, contribuir a nuestra relajación y recuperación, y mucho más. Su efecto en niños y adultos es notable y diverso. Para comprobar qué beneficios puede aportar en el desarrollo infantil, decidí rastrear, junto con mi alumno de doctorado Andreas Raith, los bancos de datos científicos en busca de estudios de los últimos 15 años que hablaran de ello. ¡Bingo! Los hallazgos demuestran que la naturaleza promueve la salud, el bienestar, la autoestima, el conocimiento medioambiental y la capacidad de concentración. Una investigación con niños que presentaban un trastorno por déficit de atención e hiperactividad revelaba que la capacidad de concentración de estos alumnos aumentaba tras un paseo de 20 minutos por el parque de la ciudad, cosa que no sucedía si la caminata había transcurrido por el centro urbano o una zona residencial. Incluso la visita a las áreas verdes les ayudaba, al menos a corto plazo, de manera similar al fármaco metilfenidato.

Según otros estudios, los niños que pasan mucho tiempo en la naturaleza también manifiestan un comportamiento social más marcado. Después de una semana de campamentos, los participantes mostraban mejores habilidades para la resolución de conflictos en comparación con el grupo de control que no había participado en esa experiencia. Dicha diferencia también se registra en relación con las granjas escuela. Investigaciones efectuadas en escuelas de Taiwán han revelado que en las aulas en las que los profesores habían colgado grandes macetas con plantas necesitaban tomar menos medidas disciplinarias en comparación con los alumnos que recibían la lección en clases desprovistas de plantas. Por otro lado, los niños que se ocupaban del mantenimiento de las plantas informaban que se sentían menos estresados. Además, en las aulas decoradas con macetas, los niños se sentían mejor.

Según una encuesta representativa llevada a cabo por el instituto de opinión alemán EMNID, en 2015 solo la mitad de los niños de entre 4 y 12 años de Alemania se había subido alguna vez a un árbol sin ayuda. Los análisis indicaban, asimismo, que los padres de hoy en día son menos permisivos que los de antes a la hora de dejar que sus hijos exploren la naturaleza sin supervisión. Cuando se les expone el tema, con frecuencia responden con los riesgos y peligros que suponen estas actividades. Está claro que un niño puede hacerse daño al tratar de alcanzar la rama más alta de un árbol o seguir el recorrido de un arroyo. Pero si acepta ese riesgo y supera el ejercicio con éxito, su cerebro libera opioides endógenos, los cuales generan una sensación de entusiasmo.

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