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1 de Mayo de 2019
Neurociencia

El olvido, un aliado del aprendizaje

Muchas personas consideran que el olvido constituye un fallo en el rendimiento del cerebro. Sin embargo, se trata de un proceso necesario: sin esta capacidad, el pensamiento abstracto nos resultaría imposible.

Las neuronas del hipocampo son decisivas tanto para recordar como para olvidar. En la imagen se muestra el hipocampo de una rata. Los núcleos celulares se han teñido de amarillo y ciertas proteínas de los axones (los neurofilamentos), de azul. [Age Fotostock / Thomas Deerinck / NCMIR / Science Photo Library]

En síntesis

Olvidar no es siempre un fallo de memoria. Con frecuencia, se trata de un proceso esencial y activo. Solo las personas que olvidan pueden distinguir lo relevante de lo irrelevante, pensar de forma abstracta y resolver problemas. Además, el olvido ayuda a recordar.

El mecanismo celular del olvido se parece al del aprendizaje y se produce en las mismas sinapsis del hipocampo y de otras áreas cerebrales. Sin embargo, no está claro si eliminamos contenidos de la memoria o si es que estos se vuelven más inaccesibles.

Nuestros recuerdos cambian cada vez que los evocamos. En el caso de las personas con trastorno por estrés postraumático parece que la experiencia traumática se almacena sin que pueda modificarse. Los investigadores buscan medios para conseguirlo.

A pocas personas, por no decir a ninguna, les gusta admitir que han olvidado dónde han dejado las gafas o que la cita que habían acordado para esta tarde se les ha pasado completamente por alto. En pocas palabras, a nadie le gusta olvidar. También los investigadores de la memoria consideran que olvidar es el polo opuesto de recordar. Pero el olvido es mucho más que una laguna en la memoria: se trata de un componente esencial de esta última. Lo que notamos, experimentamos o planeamos para el futuro no depende solo de nuestros recuerdos presentes, sino también de todo lo que ya no sabemos. El proceso se asemeja al de una escultura de mármol, la cual se forma a partir de la roca que se elimina.

Nuestra vida es una sucesión de modificaciones, por lo que olvidar es decisivo para el cerebro. Para adaptarnos a las condiciones ambientales cambiantes necesitamos aprender información nueva, pero también olvidar y reciclar la que ya sabemos. El proceso de percepción resulta muy ilustrativo en este sentido: debemos conservar en la memoria aquello que vemos, tocamos, oímos, saboreamos u olemos durante un tiempo corto, solo hasta que recibimos la siguiente sensación.

Por ejemplo, ya que el procesamiento de la impresión visual en la retina tarda más tiempo que el de un sonido en el oído interno, almacenamos cada entrada en un sistema sensorial durante más o menos un cuarto de segundo. Si no sucediese de este modo, no podríamos asociar la voz con el movimiento de labios correspondien­te. Pero, en cuanto llega el siguiente estímulo sensorial, el antiguo ha de eliminarse para que no se solapen. Por tanto, la eliminación y el olvido de información no representan fallos ni interrupciones de la percepción, sino elementos importantes de los procesos necesarios para que se produzca dicha percepción. El almacenamiento y los recuerdos a más largo plazo, por el contrario, solo nos sirven para una minúscula parte de nuestras experiencias.

Cuando almacenamos información nueva, suelen sobrescribirse acontecimientos anteriores. Así, no nos resulta relevante dónde aparcamos el coche hace una semana ni dónde lo estacionamos con más frecuencia; en lugar de eso, tenemos que acordarnos de dónde lo hemos dejado por última vez. Practicamos esa forma de olvido selectivo continuamente, por ejemplo, con las contraseñas que ya son viejas o están caducadas.

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