El secreto de Inés, adicta al teléfono inteligente

A los 14 años, Inés cambia drásticamente: de ser una niña estudiosa y tranquila se transforma en una adolescente irritable y dependiente de su móvil. Un incómodo secreto la ha cambiado

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En síntesis

Inés, una adolescente tranquila y estudiosa, se vuelve insoportable y reservada cuando sus padres deciden separarse. Sobre todo, se deteriora la relación con su madre.

Desde entonces, la joven no se desprende de su teléfono inteligente ni de la tableta digital. Además, se pasa horas conectada a las redes sociales. El diagnóstico es nomofobia: tiene miedo de no disponer de su móvil. También es adicta a los juegos de desafío en línea.

Su conducta se debe a una buena razón relacionada con la separación de sus padres. Mediante psicoterapia aprende a modificar sus hábitos con el móvil y a mejorar el trato con la madre.

Hace unos años, una madre se puso en contacto conmigo a través del correo electrónico para que conociera a su hija, Inés, quien, según explicaba, «estaba insoportable desde hacía varios meses y necesitaba hablar con un psicólogo». Por teléfono, la mujer puntualizó que acababa de separarse de su marido y que la relación con Inés se había vuelto muy tensa: «Enseguida monta en cólera, se enfada con rapidez sobre todo conmigo y tiende a aislarse en su habitación».

En la primera cita, recibí a la madre y a la hija. El padre, a quien también había convocado, no asistió. «Patricio no ha podido venir a causa del trabajo. Pero no pasa nada. Ya estoy yo», me indicó la mujer con un tono bastante familiar y una voz potente, a la par que aguda, en la sala de espera. Inés fruncía el ceño. Resultaba obvio que no quería estar allí. Por su apariencia, sin duda alguna era víctima de la moda: labios pintados color carmín, maquillaje en abundancia y vestimenta sofisticada, cuidando el más mínimo detalle. Era evidente que la joven prestaba una enorme atención a su aspecto físico.

La madre, en cuanto se sentó en la consulta, empezó a hablar muy rápido y alto, con un tono entrecortado y autoritario. No dejaba hablar a nadie, sobre todo a su hija. Su torrente de palabras era tan precipitado y continuo que parecía que sufría taquifemia, un trastorno de fluidez verbal. Poco a poco, su verborrea se volvió menos balbuceante, pero seguía siendo rápida e incoercible cuando relataba las dificultades de su hija: «Desde hace unos meses, no podemos decirle nada. Se pone a la defensiva enseguida y monta rápidamente en cólera. En el instituto, sus notas caen en picado. Se pasa todo el tiempo enganchada al móvil y a la tableta digital. A veces me da la impresión de que es bipolar: se enfada con rapidez, luego ya no hace nada y se encierra en su habitación. Nos preguntamos si no será también depresiva. Patricio y yo pensamos que alguien debería tratarla».

Una madre con habla logorréica

La joven, sentada en el sillón junto al de su madre, permanecía impasible, indiferente. Dejaba hablar a esta y se quedaba de simple espectadora. Observaba cómo su madre se agitaba y peroraba en vano. Mas aprecié un cambio cuando la mujer me explicó: «Su padre y yo nos hemos separado, pero nos llevamos bien. ¿No, cariño? Es verdad que el trabajo nos absorbe a los dos y que con la separación eso no va a mejorar». En ese momento, Inés me miró con insistencia, y su mirada ya no tenía nada de indiferente. Aunque su cuerpo seguía inmóvil y estático, su rostro se volvió muy expresivo desde el punto de vista emocional. Desprendía un aire dubitativo e interrogativo, como si se preguntara qué pensaba yo al respecto. En ese instante, interrumpí a la madre: «¿Y qué opina Inés de todo esto?»

La joven respondió sin mirar a su madre: «No sé por qué estoy aquí. Vengo para complacer a mis padres. Bueno, sobre todo a ella. Pero si tengo que hablar con un psicólogo, vale, estoy de acuerdo», afirmó mirándome.

Detengámonos un momento para analizar la historia de Inés: a los 14 años de edad, la matricularon en tercero de la ESO. Su hermanastro, de 19 años y nacido del primer matrimonio de su madre, cursaba arquitectura. De pequeño vivió en custodia compartida (cada dos semanas le tocaba con uno de los progenitores), hasta que de adolescente decidió vivir principalmente con su padre, arquitecto de profesión. Inés mantenía contacto con su hermanastro solo a través de las redes sociales, pues estudiaba en Canadá. El padre de Inés era periodista de prensa escrita y su madre trabajaba en el departamento de recursos humanos de una gran empresa de importación y exportación.

Cuando los conocí, ambos tenían 40 años de edad y su actividad laboral les ocupaba todo el tiempo. Siempre había sido así. Antes de ir a la guardería, Inés tuvo una niñera por unos meses. Durante toda la escuela infantil y primaria, sus padres se turnaban para llevarla al colegio por la mañana. Una canguro la recogía, la ayudaba a hacer los deberes, le preparaba la cena y, muy a menudo, la acostaba, ya que los padres volvían tarde del trabajo. «Nos acostumbramos a este ritmo», me comentó la madre.

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